lunes, 18 de agosto de 2014

El mundo en guerra (segunda parte).

La violencia y el Estado, un matrimonio ideal.


Los ejércitos nunca son neutrales defensores de la Patria. Siempre responden a los intereses de la clase social que domina el estado.

Como ya explicaba en otro artículo, el estado (cualquier estado, en cualquier parte del mundo sea cual sea su sistema político) se fundamenta, en última instancia, en su capacidad para ejercer el monopolio de la violencia legítima. Esto quiere decir que en momentos de paz social, en los que el sistema político sobre el que se asienta el estado no es cuestionado por las masas, existe un consenso generalizado en aceptar que sea el estado (a través de las fuerzas policiales y el ejército) el único que tenga la legitimidad para usar la violencia. Esta "renuncia" de la sociedad a su derecho a usar la violencia, y la cesión correspondiente del mismo al estado, permite que todos vivamos en relativa calma, confiando en que serán las autoridades estatales las que se encargarán de impartir justicia y asegurar el orden, y que las calles no serán un tiroteo constante de unos intentando ajustar cuentas con otros, tomándose la justicia en mano propia.

Resulta que las mismas minorías que controlan el estado y utilizan sus armas para imponer sus intereses al resto de la sociedad (en nuestra sistema capitalista occidental, este papel corresponde a la clase millonaria capaz de poner o deponer ministros a voluntad), no sólo utilizan la violencia estatal para perpetuarse de puertas hacia adentro, sino que también pueden ejercerla contra otros estados. Las élites dirigentes están enfrentadas unas a otras por intereses económicos, luchando por dominar mercados y riquezas. Por poner un ejemplo simple y habitual de conflicto entre potencias imperialistas: cuando un empresario minero del País A y un empresario minero del País B aspiran ambos a la misma parcela de tierra para explotarla comercialmente, pueden ocurrir dos cosas; que por disparidad de poder económico uno acabe forzando al otro a ceder a golpe de talonario; o que sean incapaces de llegar a un acuerdo económico y se disputen, si las condiciones nacionales y militares les son propicias, la parcela de tierra a la fuerza, utilizando el ejército de sus estados como perros de presa particulares.

La realidad suele ser más complicada: siguiendo el ejemplo anterior, tendríamos a trusts que agrupan a cientos de empresarios del sector minero pagando a las principales multinacionales de la información para que hagan propaganda de guerra, preparando al pueblo para que se muestre favorable a intervenciones armadas realizadas, según las palabras de los medios, para defender la democracia, la libertad o alguna quimera por el estilo. La financiación que permite al trust minero pagarle a los medios masivos de comunicación se obtiene, en parte, gracias al apoyo que los complejos militares industriales aportan; serán ellos quienes vendan las armas que se utilizarán en la guerra, por lo que les conviene invertir dinero en el fomento de nuevas guerras. Cuando el horno está caliente, las empresas financistas de la guerra tocan las teclas debidas para que el Presidente del País A, en calidad de Jefe de Estado, declare la guerra al País B (o viceversa), y califique al régimen enemigo de dictatorial, autoritario, fascista, etc. Si los presidentes de A y B se ven invadidos por peligrosas ideas sobre una soberanía popular que no se pliega ante extorsiones y chantajes de millonarios, entonces los medios de comunicación privados (la mayoría en casi todos los países) se dedican a adoctrinar a la población tachando al presidente de dictador, autoritario o fascista hasta hacerlo caer del poder por presión de las masas. Si eso no funciona, harán boicot sobre el país utilizando el poder empresarial para provocar carestías artificialmente creadas y generar antipatía haca el gobierno. Si aún esto es insuficiente para sacar al peligroso presidente populista y demagogo del poder, entonces pagarán a los militares para que den un golpe de estado.

"¿Acoso mediático, boicot económico e intento de golpe de estado? Sí, nada que no pueda contrarrestarse con un Ejército Popular comprometido y medio millón de militantes en la calle. Palabra de populista".

De esta manera, la opinión pública es convencida de lo siguiente, a saber:

1) Que la iniciativa de la guerra procede del gobierno, aunque éste no sea más que un títere en manos de las empresas que impulsan el conflicto porque van a sacar tajada de él.
2) Que la guerra es lo que más conviene a los intereses nacionales, aunque el hipotético triunfo en la misma (siempre obtenido a costa de miles de muertos) sólo beneficie a intereses particulares.
3) Que los intereses que justifican la guerra son legítimos y humanitarios, aunque éstos no sean más que la avaricia y el afán de enriquecimiento de personas con más dinero que el que podrán gastar en siete vidas.

Ahora, veamos cómo se aplica esta teoría al escenario mundial actual.

La caída de la Unión Soviética: fin del mundo bipolar.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial (el último enfrentamiento abierto entre potencias) en 1945 hasta la disolución de la URSS en 1991, la política mundial estuvo caracterizada por el enfrentamiento imperialista entre dos superpotencias: la Unión Soviética y los Estados Unidos de América. A esta disputa geopolítica que caracterizó casi toda la segunda mitad del siglo XX se la llamó "Guerra Fría", porque a diferencia de las tradicionales "guerras calientes", ambos enemigos no llegaron a combatir directa, militarmente, el uno contra el otro, sino utilizando diversos medios: estados títeres que luchaban entre sí equipados y suministrados por su superpotencia correspondiente, boicots económicos igualmente violentos para los pueblos que los sufrían o, como en el caso de EEUU, implantando regímenes dictatoriales homicidas para evitar la caída de ciertos países en la esfera de influencia soviética.

La Guerra Fría ilustra muy bien lo comentado en el artículo anterior: ante el peligro de perder sus privilegios por la extensión de la Revolución Comunista, las élites dirigentes de las democracias occidentales ignoraron las utopías de libertad recogidas en sus constituciones y se dedicaron, sencillamente, a intentar exterminar, directa o indirectamente, al bloque soviético por el peligro que éste suponía para sus fortunas. Así, podemos encontrar a los adalides de la libertad estadounidense sembrando dictaduras militares en Latinoamérica entre los años 60 y 80 para frenar movimientos guerrilleros marxistas, financiando a fundamentalistas islámicos en Oriente Medio (sí, los mismos que ahora combaten) para que contuvieran la influencia cercana del socialismo ruso, o incluso masacrando directamente a la población civil en la Guerra de Corea y de Vietnam.

De la misma manera, cuando a principios de los años 90 la Unión Soviética estaba al borde del colapso económico, las élites funcionariales del Partido Comunista de la URSS (con Gorbachov y Yeltsin a la cabeza) se dejaron de utopías socialistas y de intransigencia ante el enemigo capitalista y fueron a lo pragmático: restaurar el capitalismo, privatizar a trozos la industria nacional y repartírsela entre los dirigentes, que pasaron, de la noche a la mañana, de ser defensores de la sociedad comunista a ser empresarios capitalistas: un "sálvese quien pueda" que hundió en la miseria al pueblo del antiguo bloque soviético pero permitió a Gorbachov y su corte de parásitos hijos de puta enriquecerse en la debacle. Lógicamente, en Occidente se conceptúa a Mijaíl Gorbachov como un luchador por la libertad, un disidente de la barbarie totalitaria comunista.

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La caída de la URSS tuvo consecuencias catastróficas para la población soviética, por más que intentara presentarse el suceso como una "apertura hacia la libertad". En la gráfica se ve la caída abrupta del PIB y del índice de bienestar subjetivo tras la disolución de la URSS y el desmantelamiento de las infraestructuras estatales que sostenían la Seguridad Social soviética.


El nuevo orden mundial: hegemonía estadounidense y mundo unipolar.

La caída de la Unión Soviética, por mucho que fuera publicitada como un hecho histórico positivo, como el fin de las tiranías totalitarias del siglo XX, rompió el delicado equilibrio de fuerzas de la Guerra Fría que contenía las ansias imperialistas en todo el mundo. La posibilidad de ser barrido por el arsenal nuclear de la superpotencia enemiga si uno se pasaba de listo, garantizaba el proceder necesariamente cauteloso de ambos imperios. Eliminada la URSS, nada se interponía en el camino de las grandes empresas estadounidenses de conquistar todos los mercados mundiales y llevar el sistema capitalista hasta el último rincón de la Tierra. Y entonces, los gobiernos estadounidenses bajo las órdenes de la oligarquía financiera e industrial, se dedicaron, literalmente, a dominar el mundo que antes les estaba vedado.

Desafortunadamente para ellos, el éxtasis de la victoria y la falta de lectura de libros de historia les llevó a subestimar al enemigo. Les llevó a olvidar el carácter efímero que, como todas las construcciones humanas, tienen los grandes imperios. Tras una década oscura para el resto de potencias, a mediados de la década del 2000 se hizo evidente que la capacidad económica y militar de los EEUU para mantener bajo su hegemonía al resto del mundo empezaba a verse desafiada por una serie de nuevas potencias emergentes: la República Popular China y un viejo enemigo, la Rusia de Putin, reconvertida en imperio capitalista que aún conserva ingentes recursos naturales, un ejército colosal y suficientes armas nucleares para destruir el Sistema Solar entero.

En el artículo siguiente explicaremos, finalmente, las guerras que actualmente se libran en distintos puntos del planeta (Ucrania, Siria, Palestina...) desde el contexto geopolítico de surgimiento de nuevas potencias industriales que amenazan el dominio estadounidense.

Este tipo tiene un papel clave en el devenir geopolítico del siglo entrante. Perturbador.

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