miércoles, 2 de enero de 2013

Diarios de un sudaca: aún no es el momento, pero todo llegará.

Llegué a España con 12 años, en 2004. Ante la triste perspectiva de futuro en una nación empobrecida y en crisis como el Uruguay de principios de década (los tiempos del corralito en Argentina, ¿recuerdan?), mis padres decidieron emigrar porque consideraron que era ésa mi única oportunidad de prosperar: recuerdo de manera vívida aterrarme viendo en el telediario cómo una horda de personas bien vestidas y con buen aspecto, tal que podrían ser mis padres, arrancaban los portones de un almacén de alimentos para saquear todo lo que encontraran. Tras el episodio, una viejita se acercaba al lugar de los hechos y se metía disimuladamente una lechuga maltrecha que había sobrevivido al expolio, tirada en medio del suelo. No había una alternativa allí: o ser pobre o dejar de serlo a la fuerza. Y muchos, tanto allí como aquí, somos de culo demasiado inquieto como para que nos la metan.

En un país en el que los precios son similares a los europeos pero los sueldos son, de promedio, de unos 150 euros al mes, para viajar a otro continente no basta con tener la voluntad de hacerlo. Si uno se ve obligado a elegir entre comer y pagar la luz, la posibilidad de comprar un billete de avión es harto lejana. Así que fue necesario venderlo todo para conseguirlo. Nada se salvó: casa, moto, muebles, ropa, vajilla, etc. En general, vendimos todo lo que no cupiera en las maletas. Un fin de semana me levanté de la cama y vi a medio barrio metido en mi casa revolviendo todas nuestras pertenencias para ver cómo podían hacer leña del árbol caído, comprando a precio de chatarra lo que para nosotros eran posesiones de toda una vida. Para que te hagas una mínima idea del sacrificio que nos supuso el proceso, imagina que siendo un niño te obligan a desprenderte de todo lo que quieres para embarcarte en un proyecto que ni siquiera comprendes: no sólo abandonar juguetes, sino también toda familia que no sean tus padres (incluidos abuelos que muchas veces hicieron de segundos padres y a los que no podrás ver morir) y amigos junto a los que has crecido. Eso fue lo que me pasó a mí, y probablemente a la mayoría de niños inmigrantes.

Septiembre de 2004. Tras meses de incertidumbre, siendo engañados por caseros que se aprovechaban de nuestra ignorancia, teniendo que ir de la sede de Cáritas a la de la Cruz Roja para que nos ayuden a tener comida, o compartiendo un piso infestado de cucarachas con un lituano maltratador y un boliviano alcohólico y mujeriego, las cosas parecieron encaminarse. Empecé a ir al instituto, vivíamos en un hogar decente y no faltaba la comida, porque mis padres encontraron trabajo. Cuando estábamos en Uruguay, mi madre fue elegida entre cientos de personas para desempeñar un cargo de administración de empresas. Empezó trabajando en una mutualista pequeña y acabó en una clínica enorme. Aquí, por supuesto, se vio obligada a limpiarle el culo a una vieja y a soportar los gritos de su marido senil. Jamás la vi quejarse delante de mí, aunque sabía que a solas lloraba de la angustia y la humillación de sentirse menospreciada, por pobre y por sudaca, a pesar de estar mucho mejor preparada que la mayoría de personas que la miraban por encima del hombro. Pero aún así, mis padres pensaron que había valido la pena: me encontraba en un país europeo y próspero, donde la posibilidad de estudiar y conseguir la estabilidad económica que ellos nunca habían tenido estaba al alcance de mis esfuerzos. Obtener la tan ansiada tranquilidad después de la pobreza que yo recordaba (recuerdo) desde que tenía memoria, parecía cada vez más cerca.

Hoy en día, mi madre cobra 300 euros por 6 horas diarias, en un trabajo con unas exigencias físicas que, junto a su hipertensión y la diabetes, le están quitando días de vida a cada jornada que se ve obligada trabajar. Ese dinero no le alcanza ni para la medicación que está obligada a consumir para vivir. Mi padre cobra el sueldo mínimo por trabajar como un esclavo, hastiado de los desprecios de un jefe que no tiene reparos en aprovecharse de alguien que se encuentra en una conocida situación desesperada, pero sin poder quejarse por miedo al desempleo. Si uno de los dos perdiera el trabajo, algo bastante probable dadas las circunstancias económicas, yo no podría continuar mis estudios: España se perdería un médico con vocación, porque para una familia desposeída pagar la carrera de medicina es una tarea imposible.

Hace una semana leí en Twitter comentarios de usuarios liberales. Esos que se hacen llamar anarcocapitalistas y que están a favor de los recortes en servicios estatales. Esos que dicen que la riqueza es consecuencia directa de la valía de un hombre para desempeñarse en la vida. Esos que dicen que las grandes masas de dinero de los millonarios no se obtienen con explotación, sino con sacrificio. Esos que dicen que quien es pobre es porque no tiene voluntad de trabajo. Esos que dicen que el estado del bienestar es insostenible, entre otras cosas, porque la clase trabajadora es un cúmulo de vagos que pretenden vivir de los demás sin dar un palo al agua. Para toda esa gente, tengo un mensaje expresado desde una calmada y casi objetiva convicción: sois una panda de inmundos hijos de puta y espero que cuando se nos acabe la paciencia y salgamos a la calle os saquemos de vuestras mansiones y os obliguemos a trabajar como no habéis trabajado en toda vuestra puta vida para que aprendáis lo que es el sacrificio verdadero y cómo es eso de "vivir de los demás" como supuestamente hacemos todos. Porque para esta gente, mis padres, que se parten el cuerpo para que no me falte casa ni comida, son unos vagos de mierda al fin y al cabo. Y si nos dejamos guiar por los hechos (recortes en servicios sociales, desmantelamiento de la sanidad pública que mantiene con vida a mi madre...), al parecer son tan vagos y han cometido un crimen tan espantoso que son merecedores de un castigo: la muerte.

Con este artículo no pretendo dar lástima. Mucha gente lo ha pasado (y lo está pasando) mucho peor que yo. Gente que ha tenido que cruzar el Mediterráneo en una cáscara de nuez o que han acabado siendo esclavizados por mafias. Niños que acabarán siendo delincuentes o algo peor porque han sido abandonados por la sociedad en su derecho de recibir una educación que los convierta en ciudadanos. Personas que ahora no tienen un ordenador y una conexión a Internet para hacer llegar su situación al mundo, sino que están viviendo a la intemperie sin saber si tendrán un plato de comida delante cuando llegue la noche. Lo que pretendo que entendáis es lo gracioso que nos resulta a algunos cuando algún portavoz supuestamente progresista hace un llamamiento a la "desobediencia civil", a la "resistencia pacífica" y al "ejercicio no violento de la protesta". Cuando líderes de opinión de la mal llamada izquierda, suben a la palestra a erigirse en representantes de la voluntad popular para arremeter contra la corrupción, como si ésa fuera la causa de nuestra pobreza. O contra los coches oficiales. O contra el estado de las autonomías y a favor del federalismo. O a liderar esa quimera que les encanta: "la refundación de la democracia", la consecución de una "democracia real" ("¡ya!", aclaran los angelitos). Y todo ello, enmarcado en fotos que luego subirán desde su iPad pagado al contado, a cuenta de sus militantes.

Déjenme decirles algo, señores de la izquierda: no tienen ustedes ni puta idea de lo que es ser pobre ni la causa de ello. No tienen ni idea de lo que es trabajar y trabajar para el beneficio de otros y no ver la luz al final del túnel jamás. Que te pidan sacrificios y apretar el cinturón para que lo obtenido de esto siempre caiga en los mismos bolsillos. Y si al principio creí que era una simple cuestión de ignorancia, ahora concibo la posibilidad de que sea, también, simple y pura malicia. Existe una verdad indiscutible que quizá sólo se nos revele a los que somos pobres: el producto de los esfuerzos de la clase trabajadora está siendo invertido en beneficios para los empresarios, no para los verdaderos creadores de riqueza. A partir de ahí, podemos empezar a discutir. Pero el próximo que prometa que si gobierna bajará los sueldos a los políticos, que extenderá unos meses más la prestación por desempleo, que eliminará las diputaciones provinciales o cualquier otra medida populista y demagógica más, se puede ir a tomar por el culo y, si tiene un mínimo de vergüenza, que se calle la boca y se afloje la corbata, que no está dejando que le llegue riego al cerebro.

Antes de toda sarta de medidas dulzonas pero inefectivas para solucionar el problema real, debemos preguntarnos cómo acabar con éste, cómo acabar con la explotación de la clase trabajadora en un sistema hecho a la medida de una pequeña minoría acomodada. Y esto, señores, que se llama lucha de clases (¿les suena un tal Marx?), encuentra solución en algo al alcance de cualquiera: los libros de historia. Una lectura (ni siquiera necesita ser muy concienzuda para comprenderlo, aunque si lo es, mejor) basta para darse cuenta de que las revoluciones nunca se han hecho quitando coches oficiales o diciendo "¡éstas son nuestras armas!" mientras la policía, cuerpo mercenario de la clase infame, parte cráneos a niños de trece años. Las revoluciones, por ser la toma del poder arrebatándoselo a una clase que se aferra a él como si fuera una garrapata, se hace a la fuerza. Y la revolución a la fuerza es salir a la calle. Pero no a competir para ver quién dibuja el cartelito más ingenioso o quién se hace más fotos pasadas por Instagram. No: salir a la calle a tomar el poder, a demostrar la incapacidad de la policía para contener la voluntad popular consciente de sí misma, a entrar a los edificios estatales y reclamar lo que es nuestro y nunca debió dejar de pertenecernos: la soberanía que tenemos como nación libre y trabajadora, arquitecta de su propio destino, fuerte como un colectivo pero respetuosa con los derechos del individuo.

La próxima vez que salgas a la calle a manifestarte, no te lo tomes como un juego si no quieres llevarte una sorpresa. Ahí fuera se está llevando a cabo una guerra social que por ahora se mantiene oculta(da). Sutil. Enmascarada por la pasividad de unos cuantos borregos. Pero cada vez somos más quiénes ya no toleramos la bota sobre nuestras cabezas. Quienes hemos dicho "¡basta!", pero sin indignación vacía y de panfleto, sino procedente de la lucidez que otorga la lectura de la historia y otros ejemplos de cultura. Y los que somos así, los pobres, los que somos parias de la tierra de verdad y no jugamos a serlo, sabemos que estamos librando una lucha. Y cuando la lucha estalle en serio, violenta, cruel y masiva como han sido todas las guerras, espero que no te pille en la calle, con el móvil en la mano y cara de gilipollas por no entender qué está pasando y preguntándote qué haces tú ahí en lugar de haberte quedado en casa. Con tu iPad.

6 comentarios:

  1. ¡Hola Ignacio!

    Conmovedora tu historia, y muy razonable tu postura. Yo sigo negándome a aceptar la violencia como la salida para esto, pero entiendo perfectamente que todos los que están tan jodidos (o más) que tú, lo piensen.

    Ojalá no haga falta llegar a tales extremos.

    Un abrazo.

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    1. Ojalá no lo hiciera. Es una pena que nuestros deseos no se reflejen en la realidad.

      Un abrazo y gracias por leerme.

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  2. El problema es que "esos que se hacen llamar anarcocapitalistas" (como tú bien dices) aún son muchos, sobretodo por aquí por Valencia, y mucho pijo-facha fan de Franco, Hitler and company también, por eso aquí siempre gana el PP. Me parece que viniste a la comunidad autónoma equivocada.

    Yo sólo fui a las primeras manifestaciones porque me conozco, soy de sangre caliente y no sé responder pacíficamente a un porrazo de un perro rabioso de esos que se hacen llamar policías. Obviamente no podría hacer nada, así que acabarían hinchándome a porrazos y detenido, encima a ellos les daría un satisfacción.

    ¿Has pensado en volver a Uruguay? Porque yo lo haría, no tengo ni idea pero me imagino que aquello habrá mejorado mucho desde entonces. Además seguro que tus padres estarían encantados de volver.

    Saludos y suerte.

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    1. He pensado en volver. Siendo sincero, la causa principal por la que no lo he hecho es que allá, aunque la situación es mejor que hace diez años, sigue existiendo una economía tercermundista con trabajos precarios y, lo que es peor, con unos niveles altísimos de inseguridad ciudadana debido a la criminalidad. No quiero viajar a un país donde no sólo no sé si prosperaré, sino que además es probable que me peguen un tiro ppr algo tan estúpido como venir de Europa.

      Y de manera secundaria, también influye que siento a España como mi país. Aquí me he formado y he adquirido mi perspectiva vital. Empatizo con su cultura y su historia y las percibo como propias. Aquí tengo a mis amigos y a mi novia. Las cosas no están tan mal (aún) como para dejar todo de lado e irme a otro sitio. Migrar es una experiencia dura que preferiría no tener que volver a vivir.

      Un saludo y gracias por la lectura.

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  3. Pues yo no sólo te digo que no te vayas sino que te animo a quedarte y seguir compartiendo tus inquietudes porque pienso que lo que más necesita este país en estos momentos son personas como tú. ánimo y a seguir adelante!

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  4. Hola Ignacio, acabo de leer tu post y no he podido evitar rememorar ciertos pasajes de mi propia vida. También inmigrante y también de Uruguay, yo he venido a la hermosa España hace ya casi 11 años, y comparto y siento muchísimos de tus pensamientos.

    Una alegría encontrarte por la red, y también, aunque no te conozca, de saber que progresas y de que las cosas vayan mejor.

    Un abrazo.

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