viernes, 4 de enero de 2013

Manual del buen revolucionario.

No tengo experiencia en la organización de manifestaciones u otros eventos reivindicativos. Tampoco pertenezco a ningún partido político: no sólo no se me da bien tratar con otras personas, sino que además no he encontrado a ninguno que se adecúe lo suficiente a mis ideas como para someterme a su disciplina partidaria. Así que es posible que tenga bastantes similitudes con el lector medio de este artículo. Todo lo que escribo me parece lo suficientemente razonable como para estar cerca de lo factible. Si alguien que sepa más que yo me quiere dar lecciones de logística revolucionaria, bienvenido sea.

Aunque no soy experto en el pensamiento de izquierdas, porque tengo veinte años y aún me queda muchísimo por aprender, me parecen evidentes algunos aspectos de la actualidad que seguramente sean vistos de la misma manera por ti: que el rumbo actual del país nos está llevando por la vía rápida al desastre, que la única forma real de cambiar las cosas es a través de una revolución necesariamente violenta por la naturaleza de la lucha de clases y que los movimientos ciudadanos están desperdiciando un enorme potencial humano haciendo exhibiciones de retraso mental colectivo

Pasar del estado actual de las cosas a una guerra en la calle es una estupidez ingenua, algo imposible de conseguir. Así que me parece lógico suponer que la única manera de lograrlo es mediante una escalada de la tensión social a través de eventos que no requieran de una organización y de unos medios que, al menos yo, no veo al alcance de la mayoría. No sólo no hay medios de comunicación masivos favorables a la revolución sino que encima se encargan de desprestigiar todos los esfuerzos para conseguirla. Tampoco disponemos de la capacidad organizativa de un sindicato que mueva a las masas, porque estos ya no tienen intenciones revolucionarias y están secuestrados por cómplices de la oligarquía (¿a quién se le ocurrió que un sindicato debía estar subvencionado por el gobierno? En serio, ¿a quién?).

La experiencia muestra que una manifestación es algo relativamente sencillo de organizar, y es una herramienta muy útil si se usa correctamente: bien empleada, es la mejor demostración de fuerza que existe. No obstante, hasta ahora las manifestaciones no han servido para eso porque no se han colocado en el lugar adecuado para que la tensión se dispare, algo que sólo se consigue cuando los manifestantes entran en choque directo e llamativo con las fuerzas estatales. Al ocurrir esto es que la voluntad popular se enfrenta directamente con la voluntad de la clase dominante en el idioma universal de la Historia: las hostias.

¿Cuándo una manifestación es una demostración de fuerza?

Respuesta corta: cuando demuestra la voluntad de un importante sector de la sociedad de llevar la lucha a sus últimas consecuencias, más allá de las posibilidades de resistencia del estado.

Respuesta larga: ¿recordáis cuando un gorila le abrió la cabeza de un porrazo a un niño de trece años? ¿A que os dieron ganas de colgar un policía de cada farola? Así funciona la tensión social: cargada por episodios de violencia (física o de otros tipos) entre la clase dominante y la desposeída que quedan grabados en la mente colectiva según la primitiva ley del Talión: si ves que ha recibido uno de los que tú consideras “de los tuyos”, lo normal es que quieras devolverle el golpe “a ellos”. Construir la dialéctica del “nosotros y ellos” es vital para conseguir la cohesión ante el enemigo y fomentar la sensación de que formamos parte de un proyecto que nos envuelve, con sus objetivos a conseguir a través de la lucha colectiva, con todas sus derrotas y sus victorias que acabamos considerando como propias.

A lo mejor tú, en el momento de tener la línea policial a punto de cargar delante de ti, te vas corriendo a tu casa. Es la reacción normal, miles de hombres a lo largo de la historia han sobrevivido gracias al instinto de salir por patas. Pero de cada diez manifestantes escurridizos, uno se acordará del niño con la brecha en la frente y correrá a batirse contra cinco policías armados, sólo por la efímera satisfacción de colarle un puntapié a alguno de esos cabrones. Pero si en lugar de tener a diez manifestantes, tenemos a diez mil, entonces la cantidad de gente dispuesta a hacerle frente a la policía ya no es un perroflauta perturbado, sino un conglomerado de individuos que, en principio, constituye la evidencia de que a ciertas personas no les gusta el rumbo de las cosas, y lo que es más importante: al sentir que cuentan con el respaldo de la mayoría, más personas se animarán a plantarse frente a los azules. Y entonces es cuando la manifestación es una poderosa demostración de fuerza popular por lo que he comentado en la respuesta corta.

¿Pegarnos con la policía va a traer la Revolución Social?

No directamente. Son muchos, están bien equipados, infinitamente mejor entrenados que cualquiera de nosotros, tienen una organización y disciplina de la que carecemos y, encima, tienen medios prácticamente ilimitados. Pensar que puede vencerse al estado burgués a través de la simple fuerza bruta, es decir, a través de la victoria sobre sus fuerzas del orden (el brazo ejecutor de la opresión), es una locura.

Entonces, ¿para qué hacernos pegar?

Porque antes de que la población tenga que enfrentarse con el ejército, el poder capitulará. Los gobernantes saben que pueden reprimir a pequeñas fracciones rebeldes de la población. Pero en el momento en el que la cantidad de personas dispuestas a luchar contra el gobierno es tal que la única manera de contener la revolución es la exterminación física de millones de ciudadanos, entonces se rendirán (¡esperemos, jaja!). Así ha sido a lo largo de toda la historia, y así será en esta ocasión.

Ya nos han pegado bastante, mamá, ¿cuánto falta para la revolución?

Maticemos lo anteriormente dicho. No se trata simplemente de hacernos pegar, sino de hacernos pegar de manera organizada, con la intención de lograr un objetivo concreto que todos tengamos en mente a la hora de recibir los porrazos. Nadie se mete voluntariamente en un sitio en el que sabe que corre riesgos su integridad física si no es porque tiene la convicción de que hay una buena razón para ello. Ése es uno de los problemas del movimiento ciudadano actual: no hay objetivos concretos, sólo proclamas ambiguas como “¡democracia real ya!”. ¿Qué mierda es una democracia real? Pensemos en lo que queremos conseguir. Pongamos que el objetivo último es algo tan simple de conseguir como la revolución social (toma aire para decir lo que viene a continuación, porque es una frase larga): la toma del poder por parte de los trabajadores para provocar un cambio en las estructuras de estado que fuerce una remodelación de las relaciones de producción entre sus ciudadanos, de forma tal que prime el bienestar de la clase trabajadora, gran mayoría de la población.

Está chupado entonces, ¿no? 

NO. Eso último que he dicho es un buen objetivo, pero casi tan ambiguo para las masas como lo de la "democracia real ya". Así que hay que simplificar y priorizar: luchamos para tomar el poder y ejecutar las acciones políticas necesarias para traer la justicia social y la democracia, algo que sólo puede conseguirse combatiendo contra quienes intentan evitarlo. Pero eso se hace pasito a pasito. Si pretendemos que los trabajadores luchen por sus derechos, entonces tenemos que conseguir que salgan de casa. Ahí es cuando entra en movimiento la primera fase de toda lucha: la toma de conciencia de clase, la que hace que te des cuenta de que formas parte de un enorme contingente de pringaos igual de jodidos que tú, con un cabreo monumental encima y con la posibilidad de acabar con la explotación al alcance de la mano si se tiene voluntad y se trabaja en equipo.

¿Y eso cómo lo hacemos?

Encontrando un primer motivo que nos arremoline a todos en torno a un objetivo inmediato. En un artículo anterior, yo propuse la liberación de Alfon porque me parece un símbolo de unión ideal, algo en lo que todos coincidimos y que no exige más que ir y plantarse frente al sitio donde está apresado. Pero pueden ser otros objetivos. Rodear el congreso para impedir el fraude de la actividad parlamentaria es uno muy bueno. Sellar la Moncloa para hacer imposible la entrada y salida de personas también es una excelente maniobra. Hay muchas posibilidades que ya se encuentran en discusión, y todas tienen una característica común: son una afrenta real al estado, una que les jode bien porque son impotentes ante ella, no pueden obrar sin ponerse en evidencia. Y encima, nos ayuda a todos a ser más conscientes de nuestra propia fuerza colectiva, algo indispensable, como he dicho antes, para llegar a la Revolución Social.

¿Ya está?

Un último apunte: aprende a diferenciar lo que es útil para la causa de lo que no lo es. Reunir decenas de miles de personas en la Puerta del Sol no jode a nadie más que a los vendedores que tienen sus tiendas en los alrededores. Una concentración allí no puede durar de manera indefinida porque los asistentes no tienen la sensación de estar logrando nada (como de hecho ocurre), y encima las cadenas de televisión tendrán un motivo para sacar a los pequeños empresarios madrileños quejándose de que los perroflautas les hunden el negocio. Es una acción vacía, estéril, que acaba diluyéndose con el paso del tiempo sin consecuencias. Lo contrario ocurre con los ejemplos que antes he puesto: rodear el Congreso, la Moncloa o la prisión de Alfon será necesariamente percibido como una amenaza por parte del gobierno, porque basta una pequeña chispa para que estalle una oleada de violencia que les dará dolores de cabeza: las fuerzas del orden no defienden de la misma manera una calle anónima en donde nada está en juego que el Congreso, donde la entrada de manifestantes puede liar la de Dios. Los ciudadanos se animarán a asistir porque presentirán (con razón) que se encuentran cerca de la causa de su desgracia: el parlamento donde los empresarios tienen a sus verdugos o la cárcel donde retienen a uno de los nuestros.

Últimas impresiones.

La conformación de un gran colectivo de individuos dispuestos a enfrentarse al estado y destronar a los oligarcas a la fuerza tendrá consecuencias de gran calado y, hasta cierto punto, impredecibles. Una vez que el motor se ponga en marcha y la revolución sea una posibilidad real, la creación activa de conciencia de clase pasará a un segundo plano y deberemos discutir qué construiremos sobre las ruinas del sistema anterior. Será éste un punto crítico en el que la misma intervención que se necesita para luchar contra el estado, se deberá invertir en el debate. Sólo así se evitan las "revoluciones secuestradas", como ha demostrado la historia. Aún falta para eso.

Por ahora, lo prioritario es concienciar acerca de varias cosas: que no es una opción la vía pacífica hacia el cambio, que ya estamos siendo víctimas de la violencia burguesa sin que nosotros hagamos nada más que salir a cantar a la calle, que todos formamos parte de una verdadera nación (no el cuento de la banderita y el 12 de octubre) de ciudadanos oprimidos y con intereses comunes, y que sólo la lucha contra quienes nos mantienen alienados nos va a sacar del pozo: esta crisis económica no es coyuntural, no se va a acabar, no volveremos a la Jauja de los televisores de plasma y los chalets. Esto sólo va a ir a peor, porque el delicado equilibrio de poderes que contuvo nuestras reivindicaciones durante décadas se ha roto. Ahora no queda sino batirnos, que diría el Quevedo de Alatriste.

¡Salud y Justicia!

miércoles, 2 de enero de 2013

Diarios de un sudaca: aún no es el momento, pero todo llegará.

Llegué a España con 12 años, en 2004. Ante la triste perspectiva de futuro en una nación empobrecida y en crisis como el Uruguay de principios de década (los tiempos del corralito en Argentina, ¿recuerdan?), mis padres decidieron emigrar porque consideraron que era ésa mi única oportunidad de prosperar: recuerdo de manera vívida aterrarme viendo en el telediario cómo una horda de personas bien vestidas y con buen aspecto, tal que podrían ser mis padres, arrancaban los portones de un almacén de alimentos para saquear todo lo que encontraran. Tras el episodio, una viejita se acercaba al lugar de los hechos y se metía disimuladamente una lechuga maltrecha que había sobrevivido al expolio, tirada en medio del suelo. No había una alternativa allí: o ser pobre o dejar de serlo a la fuerza. Y muchos, tanto allí como aquí, somos de culo demasiado inquieto como para que nos la metan.

En un país en el que los precios son similares a los europeos pero los sueldos son, de promedio, de unos 150 euros al mes, para viajar a otro continente no basta con tener la voluntad de hacerlo. Si uno se ve obligado a elegir entre comer y pagar la luz, la posibilidad de comprar un billete de avión es harto lejana. Así que fue necesario venderlo todo para conseguirlo. Nada se salvó: casa, moto, muebles, ropa, vajilla, etc. En general, vendimos todo lo que no cupiera en las maletas. Un fin de semana me levanté de la cama y vi a medio barrio metido en mi casa revolviendo todas nuestras pertenencias para ver cómo podían hacer leña del árbol caído, comprando a precio de chatarra lo que para nosotros eran posesiones de toda una vida. Para que te hagas una mínima idea del sacrificio que nos supuso el proceso, imagina que siendo un niño te obligan a desprenderte de todo lo que quieres para embarcarte en un proyecto que ni siquiera comprendes: no sólo abandonar juguetes, sino también toda familia que no sean tus padres (incluidos abuelos que muchas veces hicieron de segundos padres y a los que no podrás ver morir) y amigos junto a los que has crecido. Eso fue lo que me pasó a mí, y probablemente a la mayoría de niños inmigrantes.

Septiembre de 2004. Tras meses de incertidumbre, siendo engañados por caseros que se aprovechaban de nuestra ignorancia, teniendo que ir de la sede de Cáritas a la de la Cruz Roja para que nos ayuden a tener comida, o compartiendo un piso infestado de cucarachas con un lituano maltratador y un boliviano alcohólico y mujeriego, las cosas parecieron encaminarse. Empecé a ir al instituto, vivíamos en un hogar decente y no faltaba la comida, porque mis padres encontraron trabajo. Cuando estábamos en Uruguay, mi madre fue elegida entre cientos de personas para desempeñar un cargo de administración de empresas. Empezó trabajando en una mutualista pequeña y acabó en una clínica enorme. Aquí, por supuesto, se vio obligada a limpiarle el culo a una vieja y a soportar los gritos de su marido senil. Jamás la vi quejarse delante de mí, aunque sabía que a solas lloraba de la angustia y la humillación de sentirse menospreciada, por pobre y por sudaca, a pesar de estar mucho mejor preparada que la mayoría de personas que la miraban por encima del hombro. Pero aún así, mis padres pensaron que había valido la pena: me encontraba en un país europeo y próspero, donde la posibilidad de estudiar y conseguir la estabilidad económica que ellos nunca habían tenido estaba al alcance de mis esfuerzos. Obtener la tan ansiada tranquilidad después de la pobreza que yo recordaba (recuerdo) desde que tenía memoria, parecía cada vez más cerca.

Hoy en día, mi madre cobra 300 euros por 6 horas diarias, en un trabajo con unas exigencias físicas que, junto a su hipertensión y la diabetes, le están quitando días de vida a cada jornada que se ve obligada trabajar. Ese dinero no le alcanza ni para la medicación que está obligada a consumir para vivir. Mi padre cobra el sueldo mínimo por trabajar como un esclavo, hastiado de los desprecios de un jefe que no tiene reparos en aprovecharse de alguien que se encuentra en una conocida situación desesperada, pero sin poder quejarse por miedo al desempleo. Si uno de los dos perdiera el trabajo, algo bastante probable dadas las circunstancias económicas, yo no podría continuar mis estudios: España se perdería un médico con vocación, porque para una familia desposeída pagar la carrera de medicina es una tarea imposible.

Hace una semana leí en Twitter comentarios de usuarios liberales. Esos que se hacen llamar anarcocapitalistas y que están a favor de los recortes en servicios estatales. Esos que dicen que la riqueza es consecuencia directa de la valía de un hombre para desempeñarse en la vida. Esos que dicen que las grandes masas de dinero de los millonarios no se obtienen con explotación, sino con sacrificio. Esos que dicen que quien es pobre es porque no tiene voluntad de trabajo. Esos que dicen que el estado del bienestar es insostenible, entre otras cosas, porque la clase trabajadora es un cúmulo de vagos que pretenden vivir de los demás sin dar un palo al agua. Para toda esa gente, tengo un mensaje expresado desde una calmada y casi objetiva convicción: sois una panda de inmundos hijos de puta y espero que cuando se nos acabe la paciencia y salgamos a la calle os saquemos de vuestras mansiones y os obliguemos a trabajar como no habéis trabajado en toda vuestra puta vida para que aprendáis lo que es el sacrificio verdadero y cómo es eso de "vivir de los demás" como supuestamente hacemos todos. Porque para esta gente, mis padres, que se parten el cuerpo para que no me falte casa ni comida, son unos vagos de mierda al fin y al cabo. Y si nos dejamos guiar por los hechos (recortes en servicios sociales, desmantelamiento de la sanidad pública que mantiene con vida a mi madre...), al parecer son tan vagos y han cometido un crimen tan espantoso que son merecedores de un castigo: la muerte.

Con este artículo no pretendo dar lástima. Mucha gente lo ha pasado (y lo está pasando) mucho peor que yo. Gente que ha tenido que cruzar el Mediterráneo en una cáscara de nuez o que han acabado siendo esclavizados por mafias. Niños que acabarán siendo delincuentes o algo peor porque han sido abandonados por la sociedad en su derecho de recibir una educación que los convierta en ciudadanos. Personas que ahora no tienen un ordenador y una conexión a Internet para hacer llegar su situación al mundo, sino que están viviendo a la intemperie sin saber si tendrán un plato de comida delante cuando llegue la noche. Lo que pretendo que entendáis es lo gracioso que nos resulta a algunos cuando algún portavoz supuestamente progresista hace un llamamiento a la "desobediencia civil", a la "resistencia pacífica" y al "ejercicio no violento de la protesta". Cuando líderes de opinión de la mal llamada izquierda, suben a la palestra a erigirse en representantes de la voluntad popular para arremeter contra la corrupción, como si ésa fuera la causa de nuestra pobreza. O contra los coches oficiales. O contra el estado de las autonomías y a favor del federalismo. O a liderar esa quimera que les encanta: "la refundación de la democracia", la consecución de una "democracia real" ("¡ya!", aclaran los angelitos). Y todo ello, enmarcado en fotos que luego subirán desde su iPad pagado al contado, a cuenta de sus militantes.

Déjenme decirles algo, señores de la izquierda: no tienen ustedes ni puta idea de lo que es ser pobre ni la causa de ello. No tienen ni idea de lo que es trabajar y trabajar para el beneficio de otros y no ver la luz al final del túnel jamás. Que te pidan sacrificios y apretar el cinturón para que lo obtenido de esto siempre caiga en los mismos bolsillos. Y si al principio creí que era una simple cuestión de ignorancia, ahora concibo la posibilidad de que sea, también, simple y pura malicia. Existe una verdad indiscutible que quizá sólo se nos revele a los que somos pobres: el producto de los esfuerzos de la clase trabajadora está siendo invertido en beneficios para los empresarios, no para los verdaderos creadores de riqueza. A partir de ahí, podemos empezar a discutir. Pero el próximo que prometa que si gobierna bajará los sueldos a los políticos, que extenderá unos meses más la prestación por desempleo, que eliminará las diputaciones provinciales o cualquier otra medida populista y demagógica más, se puede ir a tomar por el culo y, si tiene un mínimo de vergüenza, que se calle la boca y se afloje la corbata, que no está dejando que le llegue riego al cerebro.

Antes de toda sarta de medidas dulzonas pero inefectivas para solucionar el problema real, debemos preguntarnos cómo acabar con éste, cómo acabar con la explotación de la clase trabajadora en un sistema hecho a la medida de una pequeña minoría acomodada. Y esto, señores, que se llama lucha de clases (¿les suena un tal Marx?), encuentra solución en algo al alcance de cualquiera: los libros de historia. Una lectura (ni siquiera necesita ser muy concienzuda para comprenderlo, aunque si lo es, mejor) basta para darse cuenta de que las revoluciones nunca se han hecho quitando coches oficiales o diciendo "¡éstas son nuestras armas!" mientras la policía, cuerpo mercenario de la clase infame, parte cráneos a niños de trece años. Las revoluciones, por ser la toma del poder arrebatándoselo a una clase que se aferra a él como si fuera una garrapata, se hace a la fuerza. Y la revolución a la fuerza es salir a la calle. Pero no a competir para ver quién dibuja el cartelito más ingenioso o quién se hace más fotos pasadas por Instagram. No: salir a la calle a tomar el poder, a demostrar la incapacidad de la policía para contener la voluntad popular consciente de sí misma, a entrar a los edificios estatales y reclamar lo que es nuestro y nunca debió dejar de pertenecernos: la soberanía que tenemos como nación libre y trabajadora, arquitecta de su propio destino, fuerte como un colectivo pero respetuosa con los derechos del individuo.

La próxima vez que salgas a la calle a manifestarte, no te lo tomes como un juego si no quieres llevarte una sorpresa. Ahí fuera se está llevando a cabo una guerra social que por ahora se mantiene oculta(da). Sutil. Enmascarada por la pasividad de unos cuantos borregos. Pero cada vez somos más quiénes ya no toleramos la bota sobre nuestras cabezas. Quienes hemos dicho "¡basta!", pero sin indignación vacía y de panfleto, sino procedente de la lucidez que otorga la lectura de la historia y otros ejemplos de cultura. Y los que somos así, los pobres, los que somos parias de la tierra de verdad y no jugamos a serlo, sabemos que estamos librando una lucha. Y cuando la lucha estalle en serio, violenta, cruel y masiva como han sido todas las guerras, espero que no te pille en la calle, con el móvil en la mano y cara de gilipollas por no entender qué está pasando y preguntándote qué haces tú ahí en lugar de haberte quedado en casa. Con tu iPad.