viernes, 28 de diciembre de 2012

La construcción de algo nuevo.

Hasta ahora, he dedicado varios artículos a enumerar lo que en este país se está haciendo mal: cómo una clase domina a la otra y cómo la última, no consciente de sí misma, no planta cara. Veamos ahora qué puede cambiarse para salvar la situación. Las revoluciones tienen dos etapas: una de destrucción del orden antiguo, y una de construcción del nuevo. La destrucción del régimen antiguo es sencilla una vez que se ha identificado lo que no funciona, y suele generar consenso: casi todos estamos de acuerdo en señalar que el sistema va mal y que ha de ser erradicado. Ahora bien, la fase de construcción es otro cantar, porque todos tenemos ideas propias sobre cómo debería ser el mundo, y es normal que difieran entre sí, sobre todo dentro de la izquierda (leer libros de historia sobre la infinidad de corrientes de pensamiento izquierdista y sus enfrentamientos para más información).

¿Por qué hay que romperlo todo y fusilar a unos cuantos?

En mi opinión, la verdadera revolución, al producirse, da lugar a tales cambios en las relaciones de producción de sus individuos que afecta intensamente al enfoque vital de los mismos, es decir, a la perspectiva con la que sujetos encaran su existencia. En el Antiguo Régimen feudal, el individuo asumía la jerarquía del vasallaje como algo inevitable y necesario por la voluntad de Dios. Tras las revoluciones burguesas, el ciudadano no toleró privilegios impuestos sin razón de mérito, y se dijo a sí mismo que a base de trabajo duro podía moverse desde la base de la pirámide social a su cúspide. Y aún a riesgo de repetirme (lo cuento más detalladamente en artículos anteriores), eso fue así porque las relaciones de producción entre los miembros de la sociedad cambiaron radicalmente: de un sistema en el que el nivel de riqueza era hereditario e inmutable, a un sistema dinámico en el que se podía ganar o perder dinero como quien juega al Monopoly.

Esta forma de vivir, la que incentiva la escalada social a través del enriquecimiento producto del trabajo duro, ha degenerado con el paso de las décadas. En la actualidad, parece ser que el único objetivo vital válido es el enriquecimiento, entendido como la acumulación de bienes materiales: la realización personal sólo es posible practicando el negocio lucrativo, cuyo éxito o fracaso nos definen como persona. Esto ha llevado a la devaluación inevitable de otros aspectos de la vida: la individualidad antes que la solidaridad, el despilfarro antes que la austeridad (la austeridad que libera, no la pobreza impuesta que pretenden cargarnos encima últimamente), la compulsividad en lugar de la reflexión, y el dogmatismo que evita tener que reflexionar antes que el pensamiento crítico. Y es lógico, porque todos estos valores que están siendo sistemáticamente reprimidos son el punto de origen de la verdadera felicidad, ésa que no precisa de nada más que el amor hacia las cosas sencillas e inmutables. Alguien feliz no necesita comprar; ¿para qué, si ya tiene todo lo que necesita? Así que es mejor sumir a las personas en una superficialidad histérica, en una idiocia generalizada que les hace comprar cosas para intentar suplir el vacío que nunca se llenará con un iPad o unas vacaciones en Cancún (que por cierto, vaya lugar de mierda para irse de vacaciones), pero como no hay más alternativas que elegir entre una marca u otra, se entra en un círculo vicioso del que no puede escaparse sin renunciar a la vida en sociedad. La idiotez, la irracionalidad y la falta de pensamiento crítico son las mejores armas del sistema, porque a poco que uno se detenga a pensar (¡herejía!), es posible darse cuenta de que podemos prescindir de tres cuartas partes de lo que poseemos o más, y si esa revelación se extendiera entre la gente, entonces nadie compraría nada y los privilegios de la élite se derrumbarían junto con todo el chiringuito que tienen montado. Así que mejor silenciar a las voces críticas: "no me interesa la política, son todos iguales". Y así es como muere la ciudadanía. Por idiota.

La historia de Ciudadano Kane es la de alguien que, aún poseyéndolo todo, sigue siendo un infeliz y no entiende por qué, un problema que afecta a muchos en el mundo del mercado libre.

Un sistema que premia el enriquecimiento material por encima de cualquier otra cosa (incluido el bienestar de las personas) es un sistema incompatible con la democracia, y punto. Esto es así por razones obvias que he comentado en artículos anteriores, pero resumiéndolas: el afán de acumulación es el origen de la explotación del hombre por el hombre, porque a pesar de vivir en un mundo con recursos suficiente para todos (y quien piense lo contrario es un ignorante), quien no se conforma con su parte y quiere la de los demás intentará arrebatar lo que legítimamente no le corresponde, por la fuerza. Y el capitalismo no es más que eso: un sistema en el que algunos obsesionados con poseer arrebatan lo indispensable para vivir a los demás, en este caso a través de la explotación laboral. Esto hay que cambiarlo si es que nos interesa que primen otros valores por encima de los mezquinos antes mencionados. Si lo que se busca es un régimen de libertad, solidaridad, honestidad y justicia, entonces, para mí, eso sólo puede conseguirse de una forma: a través de la educación, sobre todo la infantil. Así que empecemos a enumerar lo que queda por construir.

La educación.

La educación es prioridad nacional, porque de ella depende la consistencia presente y futura del nuevo sistema. En consecuencia, el presupuesto destinado a la educación debe ser proporcional a su importancia. Por encima de vaivenes políticos, el sistema educativo tiene una misión fundamental: convertir al ciudadano en un sujeto crítico y libre, con defensas intelectuales suficientes como para alejarse de dogmas y fanatismos. Las libertades individuales conjugadas con la solidaridad son de indispensable asunción por parte de la ciudadanía, por encima de cualquier otro conocimiento. Antes que técnicos, los individuos deben aprender a ser personas. 

La educación moral y cívica no busca ser un medio de adoctrinamiento alienante, sino de enseñanza constructiva. Hace unos años la derecha española se rasgaba las vestiduras por la asignatura Educación para la ciudadanía implantada por los socialistas, como si en ella se lavara el cerebro de los niños para que salieran del colegio con la hoz y el martillo bajo el brazo, cuando realmente lo que se enseñaba eran los mismos valores éticos que parecen estar perdiendo su validez ante el consumismo voraz. Quien considere un lavado cerebral inculcar en los niños la defensa activa de los derechos humanos es un indeseable que debe estar encerrado.

Niño flipándolo con un libro. ¿Quién necesita cocaína?

Un código moral férreo y un pensamiento crítico puede que no acarreen la aprobación fanática hacia todo lo que haga el gobierno, pero sí traerán la capacidad de entablar un debate nacional que llegue a consensos útiles, los que son consecuencia de la discusión productiva de las ideas por parte de gente que no se deja manipular y que se interesa por lo que pasa a su alrededor. Sin ese tipo de gente, ya podemos tener todas las condiciones materiales para la revolución, pero lo que surgirá de la destrucción de las instituciones actuales será una mierda peor. Sólo alguien lo suficientemente lúcido como para saber qué le conviene y qué no le conviene (a fin de cuentas es algo tan simple como eso) puede desempeñar de manera correcta el papel que le corresponde como ciudadano. El pensamiento crítico ha sido, es y será siempre la base de todo sistema racional y próspero.

El pueblo es el estado, el estado es el pueblo.

El estado no debe ser algo externo e impuesto a la nación, sino la herramienta necesaria para que ésta pueda gobernarse a sí misma, estableciendo las leyes que permitan la convivencia ciudadana en libertad. El estado no es una institución opresora ni paternalista, sino la estructura institucional que bajo la soberanía del pueblo ofrece los servicios necesarios para la población gracias al trabajo de todos. Diciéndolo de manera más sencilla: el estado no está por encima del pueblo, porque EL ESTADO ES EL PUEBLO RIGIÉNDOSE A SÍ MISMO, dotándose de las normas y servicios necesarios para vivir en paz y progreso, algo imposible si viviéramos en la anarquía.

Los servicios ofrecidos por el estado, como la sanidad, la educación o las subvenciones, no son dádivas y regalos concedidos por un estado paternal y benevolente. Los servicios estatales no son "gratuitos", como algún retrasado mental ha soltado por ahí para argumentar que "el estado del bienestar no es sostenible": el estado mismo se sustenta gracias al esfuerzo económico nacional en forma de impuestos y tributos, y si existe es porque ésa es la voluntad suprema y vinculante de la Patria, es decir, de la mayoría de ciudadanos.

El papel del político en el estado.

Es imposible desposeer de su poder al político y reducirlos a simples gestores. Y eso es así porque todo gestor tiene en su mano el destino de lo que gestiona. Y como en este caso lo gestionado es la vida de millones de personas, es evidente que los políticos poseen un poder enorme. Ahora bien, debe remarcarse (la nación deben tenerlo clarísimo) que el político tiene poder sólo porque la nación se lo delega bajo ciertas estrictas condiciones. Entre ellas, la de obrar siempre en pos del bien común a largo plazo, no dejándose llevar por intereses personales oscuros: el político, al asumir la enorme y pesada responsabilidad del poder público, es depositario de la confianza popular. Traicionar esa confianza a través de la corrupción es la más alta infamia social que pueda alcanzarse, y debe ser castigada en consecuencia (y no hablo de ejecuciones, sino de expropiaciones absolutas y cadena perpetua, que sobre todo lo primero les duele más que la muerte).

Las instituciones del estado deben manifestar la supremacía de la soberanía popular. Existen muchas fórmulas para conseguir esto, y yo no soy ningún experto en derecho, pero creo que se podrían implantar unas cuantas cosas. Entre ellas: 

  1. La modificación de la ley electoral para hacerla más justa y cercana a la voluntad del electorado.
  2. Eliminación de la cámara alta, configuración unicameral del parlamento, que pasa a tener sus escaños divididos en dos grupos: una mitad con diputados miembros de partidos políticos electos por legislaturas de cuatro o cinco años y otra mitad con representantes populares elegidos desde asambleas vecinales, renovados anualmente. De esa manera se limita la influencia de los partidos políticos, frecuentemente manejados por intereses ajenos a los de la Nación.
  3. Potenciar el plebiscito como expresión de poder ciudadano. Entre los procedimientos habilitados para someter a consulta yo incluiría: las iniciativas legislativas populares y los referendos mensuales sobre leyes debatidas en el parlamento, poder de veto sobre el poder legislativo cameral, posibilidad de ejercer moción de censura sobre el ejecutivo, disolución del parlamento y convocatoria de elecciones, etc.

Seguro que hay más ideas por ahí que no se me han ocurrido.

La importancia del patriotismo.

Hay que fomentar un patriotismo popular, ajeno a la autoridad de grandes próceres e ideales trasnochados, centrado en la voluntad de una nación que se gobierna a sí misma. Es necesario abandonar la estupidez protofascista del sacrificio del individuo por el colectivo, eso sólo lleva al fanatismo alienante. En su lugar, debe haber una defensa férrea de los nuevos valores que he comentado arriba: el orgullo de una nación madura y autónoma que no necesita reyes ni dictadores para conducirse y que ha sabido encontrar el camino para que sólo vivan en la miseria y la ignorancia quienes no tienen voluntad de esforzarse. 

La Patria es esto, no una estatua ecuestre o militares desfilando el 12 de octubre. 

Ser antipatriota, en este nuevo nacionalismo, no es no llevar una banderita en el coche o no saberse el himno. Todo eso está muy bien y crea sentimiento de unión, pero la verdadera repulsa nacional debería caer sobre idiotas no interesados sobre el devenir de la Patria, aquellos inútiles carentes de inquietudes de ningún tipo que pasan por la vida como los animales y las plantas, sin hacer nada más que ser nicho de procesos fisiológicos. Y eso debe ser así no sólo porque quien reniega de la política reniega del bienestar general, sino sobre todo porque tiene consecuencias funestas sobre el bienestar físico y moral propio, y eso es un ejemplo contradictorio con el modelo educacional comentado arriba. Los malos ejemplos deben mostrarse como lo que son: algo que no debe imitarse.

La religión.

Algo tan importante como la religión ha de tener un papel en el nuevo orden, y ese papel es el de ser exterminada. La religión es un dogma pernicioso para el pensamiento crítico y la madurez intelectual de los ciudadanos adultos y mentalmente coherentes. Es caldo de cultivo ideal para el fanatismo y la irracionalidad sea cual sea su manifestación: cristianismo, islam, budismo... cualquier misticismo que propone la existencia de mundos inmateriales mejores que éste es la cuna de idiotas apolíticos, feladores de tiranos opresores como han demostrado ser todas las autoridades religiosas a lo largo de la historia.

Al ser un impedimento para la libertad de los ciudadanos para pensar por sí mismos y ser responsables y consecuentes de sus actos, la libertad religiosa ha de ser necesariamente restringida: la filosofía de estado es un agnosticismo, ateísmo en la práctica, que se impartirá obligatoriamente en las escuelas públicas y privadas (si es que estas últimas se permiten). Las demostraciones de fe en lugares de acceso público serán condenadas judicialmente igual que ahora lo es ir desnudo por la calle: si alguien quiere jugar a ser imbécil, que lo haga en su casa donde no corrompa la mente de pequeños aún permeables a las ideas fantasiosas, incapaces de diferenciar lo racional de lo que no lo es.

En consonancia con esto, huelga decir que todas las instituciones religiosas serán prohibidas, y sus bienes confiscados para beneficio de la Nación. Los altos cargos eclesiásticos no sólo se verán privados de sus posesiones (que también serán expropiadas), sino que además serán procesados por atentado contra la libertad de pensamiento y crímenes de lesa patria. No hay piedad contra los impulsores de la sinrazón, demasiado daño han hecho ya.

Conclusión.

De todas las ideas comentadas, he procurado hacer hincapié en la siguiente: no existe ningún sistema aceptable sin ciudadanos inquietos. La apatía ante la política, es, a largo plazo, el abandono hacia la tiranía. Es entregar la llave de tus cadenas al primer dictador hijo de puta que pase por ahí. La lucidez intelectual es condición sine qua non para la felicidad y la libertad, alguien que vive en la ignorancia es un esclavo, y los esclavos están hechos para vivir sirviendo, no mandando en sus propias vidas. Si quieres ser un esclavo no hace falta que te preocupes pensando en revoluciones, ya deberías estar conforme con la sodomía a la que estás sometido a diario. Pero si quieres ser un liberto, entonces lee, piensa y critica. No  me importa si todo lo que acabo de escribir te parece una estupidez si tienes razones para pensarlo, razones que estás dispuesto a debatir conmigo. Como ya dije una vez, los cobardes temen el debate porque a lo mejor les demuestra que se equivocan, y no quieren equivocarse porque les costaría el esfuerzo de replantearse su mundo. La persona libre se alegra de equivocarse porque es una ocasión para aprender algo nuevo.

El cura Hidalgo, padre de la Patria mexicana, rompiendo las cadenas de la esclavitud.


2 comentarios:

  1. Interesante. No se aleja demasiado de lo que solemos debatir cada vez que nos cruzamos. Aunque aún echo en falta medidas concretas a corto plazo y, lo más importante: accesibles desde ya para cualquiera que desee ponerlas en práctica. Porque es seguro que aún quedan algunas personas con capacidad crítica mezcladas en la masa de borregos y que despertarán si se dan las circunstancias para ello o si se les ofrecen oportunidades para que demuestren que están vivas.

    Me ha parecido desproporcionado el castigo propuesto a religiosos tomando en cuenta el antiguo refrán rioplatense: "la culpa no es del chancho, sino de quien le rasca el lomo". Esa expresión significa que la responsabilidad del mal no recae solamente en aquél que lo impulsa y se beneficia de él, sino que quien se deja engañar (voluntaria o involuntariamente) es en parte responsable pues es condicionante para que exista el primero. Sin ignorantes que buscan el enriquecimiento fácil no existirían los timadores, trileros, curas y demás vendedores de felicidad. Si lo que se busca es eliminar la religión, lo que se debe hacer es poner a disposición de la gente una educación de calidad que despierte su faceta crítica y que les permita ver el engaño. En cuanto la gente logre realizar unas conexiones sinápticas básicas verá que adorar a un judío zombie, hijo de sí mismo, es tan ridículo que supone un vergonzoso insulto a su propia inteligencia (eso solo es posible si la gente logra cultivar su inteligencia). Y así ya no existirá la Iglesia Católica, pues se quedará sin fieles, si a eso le sumamos que el Estado deje de subvencionarlas... en poco tiempo los curas deberán ponerse a trabajar, lo cual siempre es mejor que darles cama y comida de por vida en una cárcel. Además, dado el papel que han tenido las religiones en la historia de la humanidad, si de la noche a la mañana encarcelaras a todos los curas, imanes, monjes, abades y demás jerarquía religiosa tendrías unas masas borreguiles enfurecidas que tratarían de beber tu sangre, previo empalamiento, claro. Ergo: la eliminación de la religión es un proceso que tomará tiempo, pero es inevitable, se acelerará en la medida que la gente tenga la capacidad de pensar libremente. Cuanto antes se logre una educación de calidad, antes desaparecerá la religión.

    ERRATA: Capítulo "El pueblo es el estado, el estado es el pueblo", último párrafo, te falta una "l".

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  2. Sí... la justicia sobre la religión deberá demorarse un tiempo hasta que existan las condiciones adecuadas. Si no, nacería ese rechazo que comentás. El problema es que la religión no sólo es agente pasivo en el asunto, sino que realiza una tarea alienante a través del proselitismo (y no sólo durante la misa, también mediante obras de caridad y otras intervenciones económicas). Ese tipo de actividades contraproducentes deben tener freno inmediato.

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