sábado, 29 de diciembre de 2012

El manifiesto del movimiento pragmático. Se ha acabado la tontería.

El movimiento ciudadano que desde hace unos años se desarrolla en nuestra nación ha llegado a un punto muerto, y se demuestra indispensable que demos todos el siguiente paso para seguir avanzando hacia el cambio, la revolución que todos queremos conseguir para traer el régimen de Justicia Social que anhelamos.

Diría que, sobre todo a partir del 15M, la ciudadanía inició una fase de participación masiva en manifestaciones multitudinarias, sobre todo en las grandes ciudades de todo el país. Cientos de miles de personas, a pesar del fraude de cifras defendido por el gobierno, se han congregado en la Puerta del Sol, en la Plaza 15M de Valencia o en la Plaça Catalunya. A pesar de constituir movilizaciones sin precedentes desde hacía décadas, y ser un avance importante hacia nuestros objetivos de acabar con el sistema corrupto que actualmente sufrimos, estas demostraciones de fuerza han sido estériles, y sin consecuencias relevantes en el proceder del gobierno: los recortes en los servicios sociales han continuado, los desahucios siguen produciéndose ante la falta de la reforma de la ley hipotecaria, y la restricción de derechos fundamentales se intensifica día a día, hasta tal punto que hace unos días PP y UPyD se olían las braguetas para totalitarizar la ley de huelgas, volviendo en un tris-tras a lo peor del S. XIX.

Si estas enormes congregaciones, a pesar de ser señal inequívoca de la indignación nacional, no han tenido efectos notables, es, en mi opinión, por una razón sencilla: a día de hoy aún no existe una lista de objetivos claros y concisos que nos guíen. Aunque nadie duda de sus buenas intenciones, la ambigüedad de nuestras reivindicaciones diluye la fuerza efectiva que tenemos como colectivo, como masa soberana, como nación autónoma, libre y concienciada. Pretender una "democracia real" es algo que lo dice todo y no lo dice nada. Por parte de la oligarquía económica es muy sencillo, a través de sus felatrices del poder político, contestar a mensajes que no constituyen exigencias reales, sino simple lloriqueos propios de un movimiento ciudadano aún inmaduro. No pasa nada, era necesario pasar por ello, pero ahora debemos ir a más.

Hace falta preguntarnos qué es lo que queremos conseguir. Sé que esto daría lugar a un debate interminable en el que existirían tantas posturas como personas, eternizando la discusión y paralizando la lucha. ¿Queremos nacionalizar la banca? ¿Expropiar los bienes eclesiásticos? ¿Reformar la distribución de impuestos en base a la riqueza? ¿Proclamar la República al mismo tiempo que se condena al Rey por alta traición por el caso 23F? Hay muchas cosas en las que seguro que estamos de acuerdo, pero mientras descubrimos estos puntos comunes hay gente que no tiene trabajo, a quien le falta vivienda y comida, niños que no están recibiendo una educación decente y serán un problema social muy grave de aquí a un par de décadas (lo sé porque vengo de un país en el que eso ha ocurrido), enfermos que están muriendo por deficiencias de un Sistema Nacional de Salud que está siendo metódicamente desmantelado, etc. Hace falta actuar ya, y soltar arengas pacifistas levantando las manitas mientras recibimos hostias de la policía para que al día siguiente se nos etiquete de radicales exaltados en el telediario de Televisión Española no es el camino.

No estoy hablando de dividirnos en células, armarnos hasta los dientes y salir a derrocar el estado a la fuerza (¡todavía no!), pero sí de enfocar nuestro movimiento hacia lo pragmático. A pesar de no haber tenido efectos sobre la "alta política", que diría el Rey Nuestro Señor, el 15M y otras convocatorias similares han tenido una consecuencia importantísima: han congregado grandes masas de gente más o menos concienciadas, dispuestas, como mínimo, a plantarse en un sitio concreto durante un par de horas gritando y agitando pancartas para mostrar su descontento. Puede que no te parezca importante, pero si ese enorme contingente de ciudadanos está en el lugar adecuado y en el momento adecuado, como ocurrió durante la ocupación de los alrededores del Congreso, que dio lugar a declaraciones infames como las que nos comparaba con el golpista Tejero, el hartazgo de la sociedad, que es al fin y al cabo lo que buscamos todos, que la gente se canse y diga "no aguanto más, hasta aquí hemos llegado, a mí no me dan más por el culo estos hijos de puta" será más sencillo de conseguir.

Voy al grano, dejo de enrollarme: el actual caso de Alfon, detenido de manera ilegal, y por delitos que ni siquiera existen, es un símbolo ideal, que puede ser extremadamente fecundo, para una próxima movilización. Hace unos días unos cuantos cientos de personas, no sé si llegaron a los miles, se reunieron en la Puerta del Sol para pedir la libertad de nuestro compañero, y aunque se agradece ese tipo de gestos, realmente es poco probable que se consiga algo así. ¿Habéis visto la repercusión real del asunto, reflejada fielmente en las redes sociales, en los medios masivos de comunicación? ¿A que no? Suelo mirar cada dos por tres los telediarios y no los he visto mencionar Alfon nunca hasta ahora. 

Alfon es un símbolo de la represión estatal. Es un símbolo de la indiferencia que siente la oligarquía corrupta  que nos está gobernando, que se nos está riendo en la puta cara. Alfon es la oportunidad perfecta, por el gran poder de convocatoria que ha tenido, para conseguir una indignación útil para el movimiento. No sólo porque vayamos a conseguir su liberación, algo que sin duda es un asunto de justicia y debemos lograrlo, sino también porque puede convertirse en el origen de una serie de acciones que tengan trascendencia real. Que obliguen al gobierno a tenernos en cuenta. Que tengan una influencia determinante sobre las decisiones que la marioneta de la Moncloa y su Liga de la Injusticia tomen finalmente. Para que ese poder se haga efectivo, basta con obligarles a obedecernos (que es el orden natural de las cosas, que el gobierno obedezca a su pueblo en un régimen democrático) una vez, y que todos vean que si se pincha en el lugar adecuado, se obtiene la respuesta que se espera.

Os convoco, ciudadanos libres y emancipados, a una nueva movilización, la primera de las muchas que nos llevarán hacia la consecución de la victoria contra la opresión: el día acordado con otras plataformas ciudadanas, rodearemos durante el tiempo que haga falta los juzgados donde será procesado Alfon/el sitio donde se encuentra detenido/la comisaría donde fue a parar tras ser apresado, y asistiremos día tras día, a una hora adecuada, cuando la mayor parte de la gente no se encuentre trabajando y la concentración pueda ser masiva. Allí estaremos hasta que los medios de comunicación estén obligados a mirarnos, y hasta que el caso Alfon sea un asunto de debate nacional INELUDIBLE (no algo sólo comentado en Twitter), convirtiendo esto, para el gobierno, en una carga muy incómoda sobre la que estará obligado a pronunciarse. En caso de que Rajoy elija la vía de la ilegalidad, y Alfon siga encerrado, la movilización permanecerá y aumentará progresivamente en intensidad a medida que nuestra paciencia se vaya acabando: como es natural, los ciudadanos más irascibles (que siempre los hay) se verán obligados a enfrentarse con las fuerzas del orden como siempre ocurre, pero esta vez no será un episodio aislado, sino varios semanales, mensuales, trimestrales... Hasta que Alfon sea liberado. No estoy, por si algún iluminado decide atacarme por ese lado, amenazando a nadie, sino enunciando un hecho inevitable de tener éxito la movilización: el gobierno tiene la desagradable costumbre de reprimir la expresión popular con fuerza bruta, y si se nos reprime durante demasiado tiempo, llegará un momento en el que responderemos, ¿no creéis?

Ha acabado, como he dicho al principio, el momento de la manifestación estéril, de los grititos impotentes en Twitter y de las asambleas vecinales cuyo poder resolutivo real provoca hilaridad entre los poderosos. Es hora de la acción pragmática, precisa y expeditiva. La que se realiza para conseguir hechos concretos y realizables, no paraísos supraterrenales de fácil desmontaje. Sabemos que poseemos el respaldo de la nación, los números lo demuestran: la mayor parte de la población comienza a ser consciente de formar parte de una clase ultrajada y desposeída de su soberanía. Es hora, en definitiva, de convertir esa indignación dispersa en movilización incisiva y relevante.

Salud y Justicia, compañeros.

Ignacio Lezica Cabrera.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La construcción de algo nuevo.

Hasta ahora, he dedicado varios artículos a enumerar lo que en este país se está haciendo mal: cómo una clase domina a la otra y cómo la última, no consciente de sí misma, no planta cara. Veamos ahora qué puede cambiarse para salvar la situación. Las revoluciones tienen dos etapas: una de destrucción del orden antiguo, y una de construcción del nuevo. La destrucción del régimen antiguo es sencilla una vez que se ha identificado lo que no funciona, y suele generar consenso: casi todos estamos de acuerdo en señalar que el sistema va mal y que ha de ser erradicado. Ahora bien, la fase de construcción es otro cantar, porque todos tenemos ideas propias sobre cómo debería ser el mundo, y es normal que difieran entre sí, sobre todo dentro de la izquierda (leer libros de historia sobre la infinidad de corrientes de pensamiento izquierdista y sus enfrentamientos para más información).

¿Por qué hay que romperlo todo y fusilar a unos cuantos?

En mi opinión, la verdadera revolución, al producirse, da lugar a tales cambios en las relaciones de producción de sus individuos que afecta intensamente al enfoque vital de los mismos, es decir, a la perspectiva con la que sujetos encaran su existencia. En el Antiguo Régimen feudal, el individuo asumía la jerarquía del vasallaje como algo inevitable y necesario por la voluntad de Dios. Tras las revoluciones burguesas, el ciudadano no toleró privilegios impuestos sin razón de mérito, y se dijo a sí mismo que a base de trabajo duro podía moverse desde la base de la pirámide social a su cúspide. Y aún a riesgo de repetirme (lo cuento más detalladamente en artículos anteriores), eso fue así porque las relaciones de producción entre los miembros de la sociedad cambiaron radicalmente: de un sistema en el que el nivel de riqueza era hereditario e inmutable, a un sistema dinámico en el que se podía ganar o perder dinero como quien juega al Monopoly.

Esta forma de vivir, la que incentiva la escalada social a través del enriquecimiento producto del trabajo duro, ha degenerado con el paso de las décadas. En la actualidad, parece ser que el único objetivo vital válido es el enriquecimiento, entendido como la acumulación de bienes materiales: la realización personal sólo es posible practicando el negocio lucrativo, cuyo éxito o fracaso nos definen como persona. Esto ha llevado a la devaluación inevitable de otros aspectos de la vida: la individualidad antes que la solidaridad, el despilfarro antes que la austeridad (la austeridad que libera, no la pobreza impuesta que pretenden cargarnos encima últimamente), la compulsividad en lugar de la reflexión, y el dogmatismo que evita tener que reflexionar antes que el pensamiento crítico. Y es lógico, porque todos estos valores que están siendo sistemáticamente reprimidos son el punto de origen de la verdadera felicidad, ésa que no precisa de nada más que el amor hacia las cosas sencillas e inmutables. Alguien feliz no necesita comprar; ¿para qué, si ya tiene todo lo que necesita? Así que es mejor sumir a las personas en una superficialidad histérica, en una idiocia generalizada que les hace comprar cosas para intentar suplir el vacío que nunca se llenará con un iPad o unas vacaciones en Cancún (que por cierto, vaya lugar de mierda para irse de vacaciones), pero como no hay más alternativas que elegir entre una marca u otra, se entra en un círculo vicioso del que no puede escaparse sin renunciar a la vida en sociedad. La idiotez, la irracionalidad y la falta de pensamiento crítico son las mejores armas del sistema, porque a poco que uno se detenga a pensar (¡herejía!), es posible darse cuenta de que podemos prescindir de tres cuartas partes de lo que poseemos o más, y si esa revelación se extendiera entre la gente, entonces nadie compraría nada y los privilegios de la élite se derrumbarían junto con todo el chiringuito que tienen montado. Así que mejor silenciar a las voces críticas: "no me interesa la política, son todos iguales". Y así es como muere la ciudadanía. Por idiota.

La historia de Ciudadano Kane es la de alguien que, aún poseyéndolo todo, sigue siendo un infeliz y no entiende por qué, un problema que afecta a muchos en el mundo del mercado libre.

Un sistema que premia el enriquecimiento material por encima de cualquier otra cosa (incluido el bienestar de las personas) es un sistema incompatible con la democracia, y punto. Esto es así por razones obvias que he comentado en artículos anteriores, pero resumiéndolas: el afán de acumulación es el origen de la explotación del hombre por el hombre, porque a pesar de vivir en un mundo con recursos suficiente para todos (y quien piense lo contrario es un ignorante), quien no se conforma con su parte y quiere la de los demás intentará arrebatar lo que legítimamente no le corresponde, por la fuerza. Y el capitalismo no es más que eso: un sistema en el que algunos obsesionados con poseer arrebatan lo indispensable para vivir a los demás, en este caso a través de la explotación laboral. Esto hay que cambiarlo si es que nos interesa que primen otros valores por encima de los mezquinos antes mencionados. Si lo que se busca es un régimen de libertad, solidaridad, honestidad y justicia, entonces, para mí, eso sólo puede conseguirse de una forma: a través de la educación, sobre todo la infantil. Así que empecemos a enumerar lo que queda por construir.

La educación.

La educación es prioridad nacional, porque de ella depende la consistencia presente y futura del nuevo sistema. En consecuencia, el presupuesto destinado a la educación debe ser proporcional a su importancia. Por encima de vaivenes políticos, el sistema educativo tiene una misión fundamental: convertir al ciudadano en un sujeto crítico y libre, con defensas intelectuales suficientes como para alejarse de dogmas y fanatismos. Las libertades individuales conjugadas con la solidaridad son de indispensable asunción por parte de la ciudadanía, por encima de cualquier otro conocimiento. Antes que técnicos, los individuos deben aprender a ser personas. 

La educación moral y cívica no busca ser un medio de adoctrinamiento alienante, sino de enseñanza constructiva. Hace unos años la derecha española se rasgaba las vestiduras por la asignatura Educación para la ciudadanía implantada por los socialistas, como si en ella se lavara el cerebro de los niños para que salieran del colegio con la hoz y el martillo bajo el brazo, cuando realmente lo que se enseñaba eran los mismos valores éticos que parecen estar perdiendo su validez ante el consumismo voraz. Quien considere un lavado cerebral inculcar en los niños la defensa activa de los derechos humanos es un indeseable que debe estar encerrado.

Niño flipándolo con un libro. ¿Quién necesita cocaína?

Un código moral férreo y un pensamiento crítico puede que no acarreen la aprobación fanática hacia todo lo que haga el gobierno, pero sí traerán la capacidad de entablar un debate nacional que llegue a consensos útiles, los que son consecuencia de la discusión productiva de las ideas por parte de gente que no se deja manipular y que se interesa por lo que pasa a su alrededor. Sin ese tipo de gente, ya podemos tener todas las condiciones materiales para la revolución, pero lo que surgirá de la destrucción de las instituciones actuales será una mierda peor. Sólo alguien lo suficientemente lúcido como para saber qué le conviene y qué no le conviene (a fin de cuentas es algo tan simple como eso) puede desempeñar de manera correcta el papel que le corresponde como ciudadano. El pensamiento crítico ha sido, es y será siempre la base de todo sistema racional y próspero.

El pueblo es el estado, el estado es el pueblo.

El estado no debe ser algo externo e impuesto a la nación, sino la herramienta necesaria para que ésta pueda gobernarse a sí misma, estableciendo las leyes que permitan la convivencia ciudadana en libertad. El estado no es una institución opresora ni paternalista, sino la estructura institucional que bajo la soberanía del pueblo ofrece los servicios necesarios para la población gracias al trabajo de todos. Diciéndolo de manera más sencilla: el estado no está por encima del pueblo, porque EL ESTADO ES EL PUEBLO RIGIÉNDOSE A SÍ MISMO, dotándose de las normas y servicios necesarios para vivir en paz y progreso, algo imposible si viviéramos en la anarquía.

Los servicios ofrecidos por el estado, como la sanidad, la educación o las subvenciones, no son dádivas y regalos concedidos por un estado paternal y benevolente. Los servicios estatales no son "gratuitos", como algún retrasado mental ha soltado por ahí para argumentar que "el estado del bienestar no es sostenible": el estado mismo se sustenta gracias al esfuerzo económico nacional en forma de impuestos y tributos, y si existe es porque ésa es la voluntad suprema y vinculante de la Patria, es decir, de la mayoría de ciudadanos.

El papel del político en el estado.

Es imposible desposeer de su poder al político y reducirlos a simples gestores. Y eso es así porque todo gestor tiene en su mano el destino de lo que gestiona. Y como en este caso lo gestionado es la vida de millones de personas, es evidente que los políticos poseen un poder enorme. Ahora bien, debe remarcarse (la nación deben tenerlo clarísimo) que el político tiene poder sólo porque la nación se lo delega bajo ciertas estrictas condiciones. Entre ellas, la de obrar siempre en pos del bien común a largo plazo, no dejándose llevar por intereses personales oscuros: el político, al asumir la enorme y pesada responsabilidad del poder público, es depositario de la confianza popular. Traicionar esa confianza a través de la corrupción es la más alta infamia social que pueda alcanzarse, y debe ser castigada en consecuencia (y no hablo de ejecuciones, sino de expropiaciones absolutas y cadena perpetua, que sobre todo lo primero les duele más que la muerte).

Las instituciones del estado deben manifestar la supremacía de la soberanía popular. Existen muchas fórmulas para conseguir esto, y yo no soy ningún experto en derecho, pero creo que se podrían implantar unas cuantas cosas. Entre ellas: 

  1. La modificación de la ley electoral para hacerla más justa y cercana a la voluntad del electorado.
  2. Eliminación de la cámara alta, configuración unicameral del parlamento, que pasa a tener sus escaños divididos en dos grupos: una mitad con diputados miembros de partidos políticos electos por legislaturas de cuatro o cinco años y otra mitad con representantes populares elegidos desde asambleas vecinales, renovados anualmente. De esa manera se limita la influencia de los partidos políticos, frecuentemente manejados por intereses ajenos a los de la Nación.
  3. Potenciar el plebiscito como expresión de poder ciudadano. Entre los procedimientos habilitados para someter a consulta yo incluiría: las iniciativas legislativas populares y los referendos mensuales sobre leyes debatidas en el parlamento, poder de veto sobre el poder legislativo cameral, posibilidad de ejercer moción de censura sobre el ejecutivo, disolución del parlamento y convocatoria de elecciones, etc.

Seguro que hay más ideas por ahí que no se me han ocurrido.

La importancia del patriotismo.

Hay que fomentar un patriotismo popular, ajeno a la autoridad de grandes próceres e ideales trasnochados, centrado en la voluntad de una nación que se gobierna a sí misma. Es necesario abandonar la estupidez protofascista del sacrificio del individuo por el colectivo, eso sólo lleva al fanatismo alienante. En su lugar, debe haber una defensa férrea de los nuevos valores que he comentado arriba: el orgullo de una nación madura y autónoma que no necesita reyes ni dictadores para conducirse y que ha sabido encontrar el camino para que sólo vivan en la miseria y la ignorancia quienes no tienen voluntad de esforzarse. 

La Patria es esto, no una estatua ecuestre o militares desfilando el 12 de octubre. 

Ser antipatriota, en este nuevo nacionalismo, no es no llevar una banderita en el coche o no saberse el himno. Todo eso está muy bien y crea sentimiento de unión, pero la verdadera repulsa nacional debería caer sobre idiotas no interesados sobre el devenir de la Patria, aquellos inútiles carentes de inquietudes de ningún tipo que pasan por la vida como los animales y las plantas, sin hacer nada más que ser nicho de procesos fisiológicos. Y eso debe ser así no sólo porque quien reniega de la política reniega del bienestar general, sino sobre todo porque tiene consecuencias funestas sobre el bienestar físico y moral propio, y eso es un ejemplo contradictorio con el modelo educacional comentado arriba. Los malos ejemplos deben mostrarse como lo que son: algo que no debe imitarse.

La religión.

Algo tan importante como la religión ha de tener un papel en el nuevo orden, y ese papel es el de ser exterminada. La religión es un dogma pernicioso para el pensamiento crítico y la madurez intelectual de los ciudadanos adultos y mentalmente coherentes. Es caldo de cultivo ideal para el fanatismo y la irracionalidad sea cual sea su manifestación: cristianismo, islam, budismo... cualquier misticismo que propone la existencia de mundos inmateriales mejores que éste es la cuna de idiotas apolíticos, feladores de tiranos opresores como han demostrado ser todas las autoridades religiosas a lo largo de la historia.

Al ser un impedimento para la libertad de los ciudadanos para pensar por sí mismos y ser responsables y consecuentes de sus actos, la libertad religiosa ha de ser necesariamente restringida: la filosofía de estado es un agnosticismo, ateísmo en la práctica, que se impartirá obligatoriamente en las escuelas públicas y privadas (si es que estas últimas se permiten). Las demostraciones de fe en lugares de acceso público serán condenadas judicialmente igual que ahora lo es ir desnudo por la calle: si alguien quiere jugar a ser imbécil, que lo haga en su casa donde no corrompa la mente de pequeños aún permeables a las ideas fantasiosas, incapaces de diferenciar lo racional de lo que no lo es.

En consonancia con esto, huelga decir que todas las instituciones religiosas serán prohibidas, y sus bienes confiscados para beneficio de la Nación. Los altos cargos eclesiásticos no sólo se verán privados de sus posesiones (que también serán expropiadas), sino que además serán procesados por atentado contra la libertad de pensamiento y crímenes de lesa patria. No hay piedad contra los impulsores de la sinrazón, demasiado daño han hecho ya.

Conclusión.

De todas las ideas comentadas, he procurado hacer hincapié en la siguiente: no existe ningún sistema aceptable sin ciudadanos inquietos. La apatía ante la política, es, a largo plazo, el abandono hacia la tiranía. Es entregar la llave de tus cadenas al primer dictador hijo de puta que pase por ahí. La lucidez intelectual es condición sine qua non para la felicidad y la libertad, alguien que vive en la ignorancia es un esclavo, y los esclavos están hechos para vivir sirviendo, no mandando en sus propias vidas. Si quieres ser un esclavo no hace falta que te preocupes pensando en revoluciones, ya deberías estar conforme con la sodomía a la que estás sometido a diario. Pero si quieres ser un liberto, entonces lee, piensa y critica. No  me importa si todo lo que acabo de escribir te parece una estupidez si tienes razones para pensarlo, razones que estás dispuesto a debatir conmigo. Como ya dije una vez, los cobardes temen el debate porque a lo mejor les demuestra que se equivocan, y no quieren equivocarse porque les costaría el esfuerzo de replantearse su mundo. La persona libre se alegra de equivocarse porque es una ocasión para aprender algo nuevo.

El cura Hidalgo, padre de la Patria mexicana, rompiendo las cadenas de la esclavitud.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

La batalla de Las Piedras, parte primera.

Mientras dirigía su caballo hacia la colina recortada en el horizonte, el teniente Aosta recordaba, nostálgico, sus lecturas juveniles en el palacete familiar de Buenos Aires. Echado bajo el sauce del patio, mientras las criadas lavaban las ropas en la palangana y sus hermanos menores corrían de allá para acá, el joven oficial, aún un niño de catorce años, leía con fascinación casi religiosa el magacín francés "Journal de la guerre", publicado trimestralmente, que llegaba hasta el Río de la Plata tras una larga travesía por el Atlántico. La revista describía, a medio camino entre lo técnico y lo literario, las batallas y hazañas bélicas más famosas de la historia, desde los espartanos de las Termópilas hasta las órdenes del petit caporal en Austerlitz, desde las campañas de Escipión, el Africano, hasta el choque de religiones frente a Lepanto. Aunque le avergonzaba reconocerlo, aquellos relatos tan alejados de la realidad, carentes de la desesperación, el horror y el miedo de la guerra real, sustituidos por cuentos sobre el honor, la gloria y la valentía heroica, habían tenido una influencia importante en Aosta al decidir enrolarse en la Academia de Mandos del Real Ejército de las Indias Occidentales. De no haber sido por el Journal de la guerre, aquel argentino habría dedicado su vida, probablemente, a las mismas rutinas de despacho en el negocio paterno que acabaron envolviendo a sus hermanos, en lugar de remontar colinas a caballo para otear el paisaje antes de que una batalla lo transformara para siempre, que es precisamente lo que se disponía a hacer aquella mañana del 18 de mayo de 1811.

Para entonces ya habían pasado muchos años desde las tardes bajo el sauce leyendo relatos fantasiosos. Toda la ingenuidad que llevaba consigo antes de la experiencia que adquiriría después fue muriendo progresivamente con cada batalla en la que participó. Las numerosas veces en las que arriesgó el pellejo ante el enemigo le fueron dotando poco a poco de esa dolorosa lucidez de aquellos que, en lugar de morirse, desafían a la estadística manteniéndose con vida tras haber estado bajo fuego o bailando entre estocadas en varias ocasiones. Todas aquellas vivencias irían templando, con el tiempo, las ilusiones de una juventud tranquila para convertirlas en certezas de un hombre consciente de la naturaleza brutal de la guerra.

Poco después de graduarse en el año 10, ocurrieron los sucesos de mayo en Buenos Aires. La burguesía porteña, harta de las imposiciones fiscales de la metrópoli y entusiasmada por las ideas ilustradas que viajaban clandestinamente desde una Europa que hervía en pasiones revolucionarias, se alzó en armas contra España; primero jurando fidelidad al Rey, más tarde defendiendo enardecidamente proclamas republicanas. El teniente Aosta, oficial culto y con unas cuantas lecturas traídas del Viejo Continente (no sólo relatos bélicos, sino también los obligados ensayos de Montaigne, Rousseau y Voltaire que todos los jóvenes intelectuales con ganas de presumir en el ateneo debían haber leído), no tardó en ofrecerse al ejército revolucionario en el cabildo abierto y con la voz en alto para que todos, sobre todo las hijas de buena familia allí presentes, pudieran admirarle. Las circunstancias favorecían los delirios de Aosta: era miembro de un movimiento idealista dispuesto a emancipar al pueblo a la luz de la Razón, rompiendo las herrumbrosas cadenas del dominio español para conseguir la ansiada Libertad, la deidad venerada de los nuevos tiempos. En sus ensueños, el oficial burgués se imaginaba destacando como brillante estratega entre sus iguales y asegurándose la gloria y el registro de su nombre en los heroicos anales de la Patria naciente. El teniente, durante los angustiosos dias en los que esperaba la orden de movilización del Directorio de las Provincias Unidas, esperaba ansioso poder comandar esas geométricamente bellas formaciones de cientos de hombres uniformados y disciplinados para seguir sus órdenes con rigor marcial, tal como se ilustraba en el magacín francés. El mozo porteño se sentía, cuando ya subía al coche tirado por caballos que lo transportaría a la frontera de Entre Ríos y la Banda Oriental, absolutamente satisfecho con el destino que creía tener por delante.

El golpe contra la realidad fue duro. En lugar de un futuro de honores, laureles y el amor de sus subalternos, lo que le esperaba al otro lado del río Uruguay fue una partida de gauchos sucios, con la melena greñuda y las ropas raídas, mugrientas y malolientes. Además de analfabetos, aquellos ¿hombres? parecían orgullosos de su miserable ignorancia, indómitos ante el que consideraban un señorito de la capital que no sabía nada sobre la vida y la guerra, algo en lo que, a pesar de todo, acertaban. Aquellos sujetos, más que soldados, eran matones pagados por Buenos Aires. Mercenarios. Vándalos. Contrabandistas. Ladrones de ganado y de mujeres, faltos de cualquier sentido del honor personal, la Patria, la solidaridad o la vergüenza. Indisciplinados por naturaleza, el teniente Aosta no tardó en comprender que la ortodoxia militar no tendría cabida al trabajar con los gauchos. ¿Formaciones? ¿Descargas de línea? Imposible. Esperar que mantuvieran un orden cerrado mientras les llovía plomo de mosquete era una estupidez: antes se matarían unos a otros para usarse como escudos humanos que permanecer quietos (como abombaos, dirían ellos), mientras veían desplomarse hombres a su alrededor. Si inalcanzable era que mantuvieran el orden al recibir los disparos, no era mucho más plausible que lo hicieran para realizarlos. El nerviosismo y la cólera propios de la batalla harían imposible que esperaran una orden para disparar; antes se pondrían a pegar tiros a diestra y siniestra sin coordinación alguna como si fueran simios armados. Pero aunque esta coordinación existiera, la carencia de armas de fuego entre ellos impediría que actuasen como la infantería de línea de verdad, la europea. El facón reemplazaba al mosquete (que pocos sabrían utilizar) entre los gauchos, a los que no podía negárseles, no obstante, una habilidad excepcional para destriparse unos a otros sin necesidad de una razón de peso. Así, esta disposición a la matanza colérica e irracional los hacía, a pesar de todo, particularmente buenos para las cargas, algo fácil de deducir si uno imagina a esta horda de bárbaros con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, la mandíbula desencajada, boca abierta con espuma en las comisuras y saliva precipitándose al frente con cada rugido animalesco, con el facón en alto y empujándose unos a otros al cargar, intentando reservarse a los soldados con dientes de oro, anillos u otros objetos de valor para más tarde ganarse unas monedas vendiéndolos en la pulpería local, mientras limpiaban los restos de sangre y sesos del cuchillo pasando el filo por el vestido de la prostituta que tenían sentada en la falda.

Ya casi llegando a la cima de la colina, Aosta se preguntaba cómo habían sido convencidos por el general Artigas los oficiales del Ejército Oriental para enfrentarse a los españoles y a su ejército regular en una batalla convencional con tres cuartas partes de las fuerzas revolucionarias integradas por las bestias antes mencionadas. Hasta aquel día de mayo, el teniente no había utilizado jamás a su tropa para un enfrentamiento cara a cara, al descubierto, con el enemigo. Ello, pensó al conocer a sus subordinados, supondría el exterminio. Las primeras acciones del porteño en la Banda Oriental le ayudaron a comprender cómo combatir junto a aquellos hombres. La falta de disciplina no sería un problema, pensó Aosta, si el ataque era tan rápido, contundente y sorpresivo que el enemigo no tuviera tiempo para responder. Esta táctica respondía a lo que, según había leído, hacían los milicianos españoles contra el Ejército Imperial en la península. Así fue como comenzó la guerra de guerrillas en la Banda Oriental. Era imposible derrotar a los regulares españoles enfrentándoles de cara, así que Aosta hubo de buscar maneras alternativas de perjudicarles. La operación más frecuente era el asalto a sus rutas de suministros, normalmente protegidas por pocos efectivos. La maniobra no requería grandes elaboraciones tácticas, sino sólo mantenerse escondido, esperar al momento adecuado, y lanzarse violentamente sobre las sorprendidas víctimas. Los ataques a las caravanas españolas eran, además, doblemente atractivas para los gauchos, que veían en ellas una oportunidad perfecta para el saqueo: si los consideraban de valor, los bárbaros robaban hasta los botones de las chaquetas de los cadáveres.

Aosta comprendió pronto que era indispensable ganarse el respeto de los gauchos si pretendía tener algo de autoridad sobre ellos, una empresa complicada dado que los valores que normalmente sometían a los hombres con los que el joven solía tratar (la jerarquía militar, los estudios, la riqueza, los contactos influyentes) no sólo no impresionaban al gaucho, sino que muchas veces le inspiraban desprecio. Si había algo que el gaucho admirara en un hombre, eso era la valentía y el arrojo en combate sin muchas palabras. Las arengas grandilocuentes, se dio cuenta el teniente, mejor se quedaban en los relatos. Además de eso, también era apreciada la habilidad para dominar al caballo. Aosta fue lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que adiestrar al gaucho sería inútil, y que debía ser él quien habría de adaptarse a la situación que le había tocado. Otros jóvenes oficiales criollos no serían tan lúcidos como él y acabarían, después de despreciar abiertamente el salvajismo de los gauchos, con los riñones de cartuchera a la tercera noche de acampada y su partida desbandada en la campaña. Así fue que, sin esperar más oportunidades, el teniente  dirigió su caballo hacia sus milicianos cuando esperaban entre unos árboles para realizar su primera emboscada. En silencio, esperando junto a ellos el momento de atacar sin repetir las órdenes que ya había dado escuetamente durante la planificación, vieron todos acercarse el carro cargado de alimentos y suministros militares, escoltado por cinco jinetes de Blandengues. En cuanto el objetivo estuvo en el lugar adecuado, el teniente Aosta espoleó su caballo dándole un latigazo con las riendas y, sin mirar atrás, se lanzó como una flecha hacia los desprevenidos españoles esquivando árboles y cascotes, con la vista fija hacia adelante y el sable desenvainado y en alto. Inflando el pecho y apretando la mandíbula, Aosta cayó sobre la escolta revoleando el filo y batiéndose con dos Blandengues a la vez, confundidos estos al ver salir de entre los árboles una sombra soltando tajos en todas direcciones. Mientras tanto, oyó a su tropa galopar para enfrentarse al resto de enemigos, que no tardaron en ser derribados de sus caballos y apuñalados con saña entre gritos e inútiles peticiones de piedad. Tras estar compartiendo cortes y estocadas con sus dos adversarios durante un par de minutos, los gauchos consideraron que el señorito ya había demostrado que tenía huevos suficientes, así que, satisfechos con la bravura demostrada por Aosta, despacharon a los dos Blandengues enterrándoles los facones por la espalda y le dirigieron al oficial algunas respetuosas inclinaciones de cabeza en silencio. Tras aquel, y otros episodios de temeraria y exhibicionista estupidez, el argentino fue ganándose la confianza de sus hombres, quienes se sentían respetados por su superior (jamás lo tratarían como si lo fuera) y cómodos con su trato sin paternalismos ni prepotencias, motivo de ejecución entre los gauchos, por alguien de una casta elitista tendiente a ello.

De la mano de los gauchos, Aosta aprendió, puñalada a puñalada y degüello a degüello, que la guerra no era como los libros la describían. No era un combate entre caballeros, sino entre arrojados hijos de puta que daban puñaladas traperas a jóvenes a los que aún no les había crecido el bigote. No era entusiasmo por destacarse en la lucha, sino el miedo atroz que te retorcía el estómago minutos antes de cargar. No era el honor que detenía tu arma ante un adversario que se rendía, sino la ceguera homicida con la que se avanzaba hacia el enemigo y se le desmembraba a machetazos hasta que de él no quedara más que un festival de carne y tripas. No era escenario de muertes honorables y literarias, sino la mierda y la orina que manchaba los pantalones de un soldado al ver un palmo de acero atravesándole el pecho. No era, en definitiva, un motivo de orgullo y gloria. La guerra era un incómodo nerviosismo del que era imposible desprenderse y que no dejaba dormir, ni pensar, ni vivir. Era la angustia que oprimía el corazón al ver el tapiz de cuerpos abiertos en la tierra bañada con sangre. Era la intensa sensación de vacío melancólico que, mientras uno cabalgaba ante la inminencia del encuentro con la muerte una vez más, le hacía preguntarse si tanta muerte y tanto dolor estaban sirviendo de algo o todo el horror y el absurdo vivido acabaría siendo estéril, no más que un inútil e insignificante pie de foto en los libros de historia.

Todo eso se preguntaba Aosta mientras miraba analíticamente la disposición de las fuerzas españolas en la lejanía. Vio que tenían un par de baterías de artillería, rodeados los cañones de personal que parecía saber dispararlos. Los orientales sólo habían conseguido un par de cañones de una vieja nao portuguesa, en tan mal estado que no se sabía si al primer disparo mataría a los artilleros. El número de hombres era más o menos el mismo que el de los revolucionarios, pero mientras estos se agrupaban en cúmulos informes y desordenados, los europeos formaban cuadros de infantería más o menos simétricos. Erizados estos de mosquetes con bayonetas, los gauchos y criollos orientales afilaban los facones o comprobaban en silencio la resistencia de la cuerda de las boleadoras. Algo similar vio Aosta hacer a la caballería gaucha que ya había partido hacía quince minutos hacia su posición: ajustando la silla (los que la tuvieran) al vientre de los caballos y asegurándose de que el chiripá no sería obstáculo para desenvainar el filo o desmontar rápidamente. El plan de Artigas era bueno, pero arriesgado. También era simple, algo indispensable dado el material humano de que disponían. Algunos espías habían informado de que los efectivos españoles habían pasado la noche anterior emborrachándose en todas las pulperías de camino al campo de batalla, y que por alguna razón desconocida iban uniformados como infantería de marina. Quizá aquello facilitaría las cosas.