viernes, 23 de noviembre de 2012

Uruguayo: tu patria es un cuento.

Si eres español este artículo te resultará interesante. Si sos uruguayo te conviene leer este artículo para que no te agarren de gil.

A principios del siglo XIX, Napoleón pretendía el dominio absoluto sobre Europa central y occidental. En su camino, como le ha ocurrido a todas las naciones europeas a lo largo de toda la historia siempre que han querido conquistar el mundo, estaba el Reino Unido. Siendo imposible para Bonaparte hacerle un bloqueo naval a los ingleses (la armada francesa quedó muy mermada tras la derrota francoespañola en Gibraltar), el Emperador de los Franceses decidió que si Mahoma no iba a la montaña, la montaña iría a Mahoma: se propuso bloquear todos los puertos europeos a naves inglesas. Dada la magnitud del plan, esto puede parecer una locura, pero estuvo a punto de conseguirlo; sólo faltaba bloquear los puertos portugueses (aliados del Reino Unido) para cerrarle las puertas del comercio europeo a Gran Bretaña. Invadir Portugal  por el mar era imposible dado el poder de la Royal Navy, así que la única manera de hacerlo era a través de España. Napoleón se reunió con el Rey de España y le pidió permiso para que las tropas imperiales cruzaran España para llegar a Portugal (Tratado de Fontainebleau, 1807). A cambio, España obtendría una parte del territorio portugués conquistado. Lo que nadie le avisó al rey español fue que Napoleón, además de querer dominar Portugal, pretendía que sus tropas entraran en España y se quedaran allí para siempre. El rey Fernando VII de España, en una muestra de sublime patriotismo, viajó a Bayona, donde estaba Napoleón, le dio una patada a la puerta de su despacho, se plantó frente a él y... le entregó la corona de España y le pidió que lo adoptara (tal como suena).

¿Quién podía imaginar tras ver este cuadro que en ese mundo que Napoleón pretendía conquistar también se incluía a España? El Rey no tenía forma de preverlo. Ja-ja.

Mientras tanto, el pueblo español desató una guerra contra el francés al creer que su monarca, en lugar de ser una rata inmunda, estaba secuestrado por Bonaparte en Bayona. Así, ante la ausencia de Fernando VII, se creó un consejo de regencia, la Junta Suprema Central, que tenía la labor de gobernar mientras no estuviera el rey. Ahora bien, por ese entonces España no tenía el tamaño que tiene ahora, sino que abarcaba, además del territorio peninsular, todos los virreinatos americanos, que se corresponden en la actualidad con toda Latinoamérica. Así, entre la población autóctona de las colonias sudacas surgió un dilema político importante: si el rey no estaba, ¿debían las colonias reconocer la autoridad de la Junta Suprema Central (residente en España e integrada mayoritariamente por españoles peninsulares) o crear sus propias juntas de gobierno para conducirse ellos mismos? Este dilema, resumiendo mucho las cosas, fue el punto de partida para la futura independencia de América Latina.

Sería estúpido pensar que la independencia de las colonias americanas españolas sólo tiene como causa la huida de Fernando VII. Como he comentado otras veces, todos los grandes procesos históricos suelen encontrar fundamento en las complejas relaciones económicas que los agentes sociales establecen entre sí, y esta ocasión no es una excepción: nos encontramos en la Sudamérica colonial tardía una interesante coyuntura muy relacionada con las luchas de clases existentes en la Europa de ese momento. Hablemos de esto.

Como explico en publicaciones anteriores, el fin del Antiguo Régimen feudal ocurrió en gran parte por el acceso de la burguesía al poder político tras acumular en los siglos anteriores un poder económico tal que el funcionamiento de los estados occidentales dependía de dinero burgués (sí, más o menos igual que ahora). En Sudamérica, esta burguesía cuya influencia está en aumento se encuentra representada por la figura del criollo: el descendiente de españoles que, habiendo nacido en las colonias, no se sentían especialmente vinculados a la metrópoli como los nacidos en la Península. La burguesía criolla acabó viendo en el dominio colonial español una traba para su enriquecimiento: el comercio en los virreinatos americanos estaba gravado con pesados impuestos con el fin de explotar la riqueza de las colonias en beneficio de la España peninsular. Además, las relaciones internacionales de España solían afectar negativamente a los negocios criollos: era imposible para ellos comerciar con países como el Reino Unido porque, aún siendo beneficioso para ambas partes, España no lo permitía por estar en guerra con los ingleses. Resumiendo: el dominio español sobre las colonias americanas era una enorme molestia para el afán de enriquecimiento de la pujante burguesía criolla, que por otra parte tampoco podía optar a cambiar las cosas desde la política porque todo el poder de las instituciones coloniales estaba a cargo de funcionarios que sólo podían ser nacidos en España, a quien debían lealtad ante todo.

Por esta razón las ideas de la Ilustración (que, recordemos, defendían el libre mercado y el dominio político de la burguesía) arraigaron tan bien entre los criollos americanos. Habiendo condiciones económicas favorables a la revolución burguesa inminente (la clase social económicamente dominante no está contenta con el sistema político) y un cuerpo ideológico que guíe el proceso e involucre a las masas (la Ilustración), sólo bastaba la chispa circunstancial que encendiera la hoguera. Dicha chispa fue, volviendo al principio, la cobardía sumisa del Rey Fernando al huir de España, brindándole a los criollos la excusa perfecta para arrebatar el poder a los representantes españoles en las colonias.

Así, ante el dilema que planteaba al inicio del artículo, los criollos optaron por la decisión que más convenía a sus intereses: no reconocer a la Junta Suprema Central española ni a los virreyes de España en América. Para guardar las apariencias y legitimar su rebeldía, los patriotas americanos se pusieron lo que en la historiografía se conoce como "la máscara de Fernando VII": los acaudalados americanos razonaban que a quien debían lealtad era al Rey de España, no al pueblo de España. Al desaparecer del mapa el rey, la soberanía retornaba a las colonias, por los que no se sentían obligados a someterse a una institución creada por el pueblo español (la Junta Suprema Central) a la que nada los unía. De hecho, durante muchos años los independentistas americanos pretendieron crear estados independientes pero monárquicos, con Fernando VII como rey. Ante la negativa de Fernando se consideró la posibilidad de pedírselo a otros (su prima Carlota estuvo cerca de ser la reina de Argentina), pero el rechazo de cualquier príncipe europeo a aceptar la corona de un estado revolucionario los obligó a que, al redactar la Constitución, la mayoría optara por el modelo republicano (una importante excepción fue el Imperio Mexicano).

Fernando VII con su habitual cara de infame traidor orgulloso de serlo. Que la bandera argentina sea igual que la banda real borbónica no es casualidad, sino que forma parte de la mascarada: tanto revolucionarios como realistas decían luchar en nombre del rey.

En el Virreinato del Río de la Plata, la revolución se extendió desde Buenos Aires al interior argentino con razonable éxito. Ante el peligro que corrían sus vidas, el virrey y su corte de funcionarios leales a España huyeron a Montevideo, donde se atrincheraron esperando refuerzos de la Península (unos refuerzos que jamás llegarían por la guerra que se libraba en España contra los franceses). El gobierno bonaerense consideró necesario enviar una expedición a la Banda Oriental (actual Uruguay) que acabase con las fuerzas españolas. Esta expedición se encontraba comandada por el general José Gervasio Artigas. Aunque Artigas es reconocido hoy en día en Uruguay como el Padre de la Patria, lo cierto es que él no deseaba en absoluto la independencia uruguaya, sino la integración de la Provincia Oriental en una Liga Federal que agrupara al resto de provincias argentinas. Es más, el gobernador de Buenos Aires llegó a ofrecerle a Artigas la independencia de la Banda Oriental (le convenía deshacerse de la influencia de un caudillo federalista como Artigas) y éste lo rechazó indignado: Artigas quería que el futuro Uruguay formara un solo estado federal con lo que hoy es Argentina.

Los españoles, ante el ingreso de Artigas en la Banda Oriental (1811), decidieron pedir ayuda a los portugueses, pues era para España preferible perder un territorio en favor de una monarquía absoluta como Portugal que hacerlo en favor de los independentistas, lo que podría alentar otros movimientos revolucionarios en América. Así es como los portugueses envían sus tropas a la Banda Oriental, rompiendo el asedio que Artigas había puesto sobre Montevideo y barriéndolo a él y a su ejército de la zona (lo que vino a llamarse luego "éxodo del pueblo oriental"). Así, Portugal se anexa la Banda Oriental nombrándola "Provincia Cisplatina". De esta manera empieza una guerra entre Portugal (que en unos pocos años pasaría a ser ya el independiente Imperio del Brasil) y las Provincias Unidas del Río de la Plata (el estado por el que luchaba Artigas, que más tarde sería renombrado como República Argentina). En esta guerra se disputaba el control sobre la Banda Oriental y el Río de la Plata. Como mediador entre ambos países estaba el Reino Unido, con fuertes intereses comerciales sobre la zona. Por esto es natural encontrarse con que en la Convención Preliminar de Paz de 1828 que buscaba poner fin a la guerra, el Imperio Británico logra que en el tratado de paz se incluyan cláusulas favorables a sus intereses: la Banda Oriental no sería ni de Brasil ni de las Provincias Unidas, sino un nuevo estado independiente (el Estado Oriental del Uruguay, más tarde República Oriental del Uruguay). De esta manera los ingleses se aseguraron que los argentinos no tuvieran un control absoluto del Río de la Plata (pues éste pasaba a ser limítrofe entre Uruguay y Argentina) sin necesidad de entregárselo a Brasil. Siendo el Uruguay un pequeño estado tapón que los británicos podrían manipular como se les antojase, Inglaterra tenía asegurada la libre navegación por el Plata, lo cual le abría las puertas al interior de América del Sur para colocar sus productos. El artífice de esta hermosa y astuta maniobra diplomática fue Lord Ponsomby, representante de Su Majestad Británica en el antiguo Virreinato español. Así explicaba Ponsomby a sus superiores lo conveniente de su intervención en la Convención Preliminar de Paz:
"Los intereses y la seguridad del comercio británico, serían grandemente aumentados en un Estado en que los gobernantes cultivaran una amistad por Inglaterra. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América, debemos perpetuar una división geográfica de Estados que beneficie a Inglaterra. Por largo tiempo los orientales no tendrán marina y no tendrán la posibilidad de impedir el comercio inglés".
 De todo esto, habiendo nacido en la República Oriental, saco una conclusión interesante: no existían diferencias culturales e históricas suficientes como para justificar la independencia del Uruguay respecto a la Argentina. Todos los movimientos revolucionarios publicitados en Uruguay como pasos hacia la emancipación de la nación (la campaña de Artigas, el desembarco de los Treinta y Tres Orientales, la Declaración de la Independencia de 1825...) no tenían como objetivo conseguir la independencia de la Banda Oriental, sino su anexión a la futura República Argentina de la que jamás debería haberse separado. Miremos un fragmento de la mal llamada declaratoria de la independencia uruguaya:

"La Honorable Sala de Representantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata, en virtud de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente reviste, para resolver y sancionar todo cuanto tienda á la felicidad de ella, declara: que su voto general, constante, solemne y decidido, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, á que siempre perteneció por los vínculos más sagrado que el mundo conoce. Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente:
Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer periodo de la regeneración política de dichas Provincias"
La fundación de Uruguay como estado independiente no fue producto de un largo proceso de lucha contra los Imperios español y portugués (esta lucha fue, en cualquier caso, para liberar a la Banda Oriental de dichos imperios e incorporarla al resto de la Argentina), sino que el Uruguay nació debido a una casualidad histórica: lo beneficiosa que resultaba su creación para los intereses británicos en la zona.

En todas las aulas de las escuelas públicas uruguayas hay un cuadro de Blanes en el que se ilustra a Artigas en las puertas de la muralla de Montevideo para inculcar a los infantes la importancia del Prócer en la independencia de la nación. Si vamos a la Historia verdadera, la que no es bonita pero es real, lo que debería haber en las aulas es un retrato de Lord Ponsomby, verdadero fundador del Uruguay. Es triste, porque Ponsomby, como se ve en la imagen de abajo, tiene poca pinta de uruguayo con la piel pálida, las mejillas sonrojadas y esas medallas militares que hasta es posible que no las haya robado sino ganado por méritos propios.

El Padre de la Patria Uruguaya, un inglés. Ni en mis peores pesadillas podría haber imaginado algo tan horrendo como esto.

Al igual que ocurre hoy en día en Cataluña, aunque el nacionalismo uruguayo no tenga mucho fundamento histórico (tuvo que crearse rápido y mal para que no pareciera que se trataba de un capricho inglés, y hoy en día se vertebra sobre algo tan trivial como el fútbol), lo cierto es que en la actualidad Uruguay constituye una nación con rasgos propios que, aún teniendo infinitud de similitudes con la Nación Argentina, se ha diferenciado como un ente social autónomo. En mi opinión, por todo lo que he dicho Uruguay debería unirse en confederación con el resto de provincias argentinas. Curiosamente, gracias a esas peculiaridades uruguayas que han nacido con el paso del tiempo, si llego a gritar eso en voz alta en el centro de Montevideo me faltaría cuerpo para encajar todos los navajazos que me lloverían por doquier. ¡Arriba Uruguay!

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El nacionalismo y sus especies.

El hombre es, como otros animales, un animal gregario, y esto es innegable. Los conjuntos humanos responden a diferentes estructuras en función del momento histórico, pero la aglomeración de individuos existe desde el origen de la especie, de lo cual se induce que, independientemente del trasfondo cultural (variable a través del tiempo), existe una necesidad biológica en la persona que la insta a juntarse con otras.

En tiempos del cazador-recolector, agruparse aumentaba las probabilidades de éxito en la búsqueda de alimento. Más tarde, una vez descubierta la agricultura, los hombres abandonaron el nomadismo y poco a poco fueron formando colectivos cada vez más grandes, al mismo tiempo que la complejidad de sus sociedades crecía con la especialización del trabajo y el intercambio de bienes materiales y culturales.

La relación entre el individuo y el grupo, su sociedad, varía en cada etapa histórica, como hemos dicho. Concuerdo plenamente con Marx en que esta relación es, sobre todo, económica: la manera en la que el individuo intercambia bienes con la sociedad y su posición en el proceso productivo es lo que más influye en la definición de su papel social, no sólo a nivel económico, también a nivel político y cultural. ¿Qué pasó respecto a esto a finales del S. XVIII?

Ocurrió, como muchas veces he contado ya, la victoria de la burguesía en su lucha de clases con la nobleza y el clero, poniendo patas arriba el orden social imperante. Las nuevas relaciones de producción, caracterizadas por la hegemonía del capitalista, el obsesivo aumento de la productividad y la proletarización de las masas, trajeron consigo toda una serie de nuevos valores sociales (se ve aquí la influencia de lo económico en lo cultural): el trabajo como algo que dignifica, la riqueza como signo de estatus social, el elogio del individualismo, etc. En lo que nos toca, trataremos una de estas nuevas ideas más a fondo: la nación y el nacionalismo. A partir de aquí, veamos los dos tipos de nacionalismo que existen.

El nacionalismo burgués.

Es el patriotismo de toda la vida, el de jurar la bandera, sacrificar la vida por ella y dar vivas a la Constitución. Dentro de la nación, según el nacionalismo burgués, se encuentran todos los individuos de una región histórica independientemente de su posición socioeconómica. Así, más allá de que seas un vagabundo que vive bajo un puente alimentándose del musgo que encuentra entre las piedras o un empresario industrial que esnifa polvo de oro, se asume que existe un vínculo trascendental entre los ciudadanos que "une sus destinos en lo universal" (palabras de Ortega y Gasset) por ser parte de la misma Patria,

Este tipo de nacionalismo es un método muy eficaz para controlar a las masas que hubo de crearse una vez que la Ilustración pareció dar la estocada mortal a la religión (el otro tradicional método de control social). Cuando se enaltece la Patria es siempre para convencer a la ciudadanía de que perpetre acciones que, lejos de beneficiar a ella misma, beneficia invariablemente a la burguesía de su país. Grandes ejemplos de esto son las guerras imperialistas actuales, donde cientos de miles de desgraciados van gustosos a morir al desierto creyendo defender a su nación cuando realmente defienden los intereses de multinacionales del petróleo que pretenden exprimir hasta la última gota de oro negro del país conquistado.  O los procesos independentistas de Cataluña, donde lo que de verdad intenta conseguirse es pasa el bastón de mando de una burguesía centralista española a otra separatista catalana, valiéndose esta última de la idiotez de las masas para conseguirlo.

¿Qué hace ese muerto de hambre empuñando un sable junto a un banquero? ¡Que le corte el cuello antes de que intente darle un préstamo!

El nacionalismo burgués es un nacionalismo alienante, es decir, que pervierte la realidad para conducir a los individuos a hacer cosas que no harían si realmente se preocuparan en proteger sus verdaderos intereses. ¿Por qué creo que esto es así? Porque la legitimación intelectual de este nacionalismo no se sostiene ante el contraste crítico con los hechos: lo que realmente justifica la unión nacional de las personas es que posean objetivos existenciales similares, y esto sólo es posible si su manera de subsistir (es decir, de ganarse la vida) responde al mismo esquema. ¿En qué se parece el modo de vida de un banquero que veranea todos los años en Cancún con el de un funcionario al que acaban de joder rebajándole el suelo y quitándole la paga extra? En nada. No puede justificarse el vínculo nacional entre toda la población si existe un sector de la misma que se descoyunta para poder comer y pagar las deudas y otro sector que vive la dolce vita tocándose las pelotas en un despacho. ¿Existe, pues, un nacionalismo legítimo? Sí, ya te lo explico.

El nacionalismo de clase.

El nacionalismo de clase considera que la Patria está integrada por ciudadanos que, además de compartir vínculos históricos y culturales, comparten un modo de vida caracterizado por las actividades económicas que deben realizar para subsistir. En este nacionalismo, pues, es un nacionalismo emancipador y no alienante, porque al defenderlo el ciudadano no está siendo manipulado para luchar por intereses ajenos, sino que defiende los suyos propios, al ser estos los mismos que tiene el resto de individuos de su nación.

El nacionalismo de clase aplicado a la clase trabajadora es importantísimo en su lucha de clases contra la burguesía, porque su asunción permite la adquisición de conciencia de clase, es decir, de conocimiento acerca de los verdaderos intereses que el trabajador debe defender para su beneficio y la identificación de la burguesía como colectivo que lo explota y parasita. Al adquirir conciencia de clase, el obrero se da cuenta de que comparte objetivos vitales con otros muchos sujetos y que es posible luchar todos juntos para aumentar las probabilidades de conseguirlos, como antes los cazadores-recolectores se agrupaban para aumentar las probabilidades de cazar un bisonte.

Volviendo al principio, es evidente que este nacionalismo de clase satisface de manera mucho más efectiva la necesidad de aglomeración social del hombre: la Patria de clase es un verdadero colectivo humano de individuos que no sólo comparten historia y cultura (que también), sino además la lucha común por la autonomía grupal y personal y la subsistencia, convirtiendo la nación en un sólido bloque de semejantes conscientes de serlo y satisfechos en sus necesidades de gregarismo.

Realmente el nacionalismo burgués es un nacionalismo de clase. Pero de clase burguesa, e intenta imponerse al resto de la sociedad.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La obsolescencia de la Revolución Social y cómo combatirla.

El tema es complejo y ha sido trabajado por historiadores y economistas mucho mejor preparados que yo, así que no diré nada nuevo al respecto. Marx erró en sus predicciones: el proletariado no se depauperó, la clase media creció en tamaño e importancia, la Revolución Social se dio en países no industrializados como Rusia, Vietnam o Cuba, etc. Los análisis al respecto tratan el asunto con una profundidad que está totalmente por encima de mis capacidades (sigo sin tener ni puta idea de economía); aún así, quiero escribir sobre un tema relacionado con el error de Marx: ahora que estamos en una situación completamente diferente a la del S. XIX y a la predicha por el alemán, ¿qué debe cambiar en el mensaje de los comunistas para guiar al pueblo hacia un régimen de Justicia Social?

La clase obrera ya no "arrastra".

Las palabras tienen un significado definido por dos aspectos: la denotación (el significado objetivo que aparece en el diccionario) y la connotación, que está constituida por el conjunto de matices que la cultura agrega a la palabra.

El término "clase obrera" posee connotaciones que lo alejan de los trabajadores actuales (el objetivo publicitario del comunismo). Clase obrera connota la miseria de los obreros de hace un siglo, la reivindicación y el sacrificio arcaicos de un sector comunista que, acertadamente, es visto por el pueblo como anticuado. Un miembro promedio de la actual clase media, con un nivel de vida que le permite gozar de pequeños lujos como smartphones, laptops y televisores de plasma no puede, en principio, identificarse con el término "clase obrera".

La palabra "trabajadores", por otra parte, tiene el mismo significado que el término anterior, pero sus connotaciones la acercan al pueblo del S. XXI. Trabajadora es la mayor parte de la población, desde el obrero industrial al oficinista, del técnico de FP al profesor de instituto. Trabajador es, en general,el que debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, ya que no dispone de un capital que le permita vivir de las rentas del mismo. Es decir, el trabajador actual de la clase media equivale al antiguo proletariado industrial del siglo XIX: ambos deben constituir el sustrato social que actúa como agente histórico trayendo la Revolución Social.

Esto está superado. No se le puede pedir a la sociedad actual que se identifique en esta imagen.

El discurso de la Libertad.

El liberalismo de la Ilustración, a pesar de ser la base ideológica del capitalismo, inspiró un aporte esencial a la humanidad: los Derechos Fundamentales. Es la asunción de lo recogido en la Carta Internacional de los Derechos Humanos lo que civiliza al hombre e inicia el camino de su emancipación. Detrás de estos derechos yace un concepto fundamental: el de la Libertad, entendida como la eliminación del dominio del hombre sobre el hombre y, teniendo en cuenta la Regla de Oro de la ética ("no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti"), el respeto al libre albedrío del individuo al conducir su vida. El anarquismo extiende el discurso de la Libertad hasta ciertos puntos con los que no concuerdo, aunque en general sus ideas al respecto también me parece interesantes.

Ahora bien, conciliar Derechos Fundamentales y Libertad con el socialismo puede parecer difícil para unas masas acostumbradas a la asociación mediática de los regímenes comunistas (URSS, Cuba, Venezuela, Corea del Norte...) con dictaduras. De hecho, esta imagen del comunismo que le otorga rasgos totalitarios intrínsecos a la dictadura del proletariado (democrática por definición) es uno de los principales demonios con los que la vanguardia comunista debe combatir en pos de ganarse de nuevo a la opinión pública.

¿Cómo conseguir esto? Es complicado, sobre todo porque el capitalismo permite una serie de derechos básicos inmediatos con los que se labra una imagen de defensor de las libertades individuales (obsérvese el caso de los EEUU, que se autoproclaman Paladín de la Democracia en el mundo). El movimiento revolucionario, pues, tiene dos objetivos respecto a este tema:

  1. Convencer de que los Derechos Fundamentales liberales son importantes y merecen respeto dentro del socialismo (el 15M, en este aspecto, lo está haciendo bastante bien), luchando contra esa concepción que totalitariza el marxismo.
  2. Señalar que el capitalismo es incompatible con la Libertad al asentarse sobre la explotación y el robo a los trabajadores por parte de una casta parasitaria que fundamenta su poder en la riqueza creada por el pueblo explotado.
Estados Unidos deshaciéndose de la Libertad y la Democracia que les sobra.

El discurso del progreso.

Probablemente debido a la crítica del consumismo capitalista (que no sólo no debe abandonarse, sino además potenciarse) se ha creado en la conciencia colectiva el prejuicio que incompatibiliza el progreso tecnológico con el comunismo. Esta idiotez se ve reforzada por la idea de que los grandes avances tecnológicos y científicos de nuestro tiempo son consecuencia de la economía de libre mercado, a lo que se suma el carácter anticuado y obsoleto que, como hemos dicho antes, la gente suele atribuir al régimen socialista.

Debe hacerse hincapié en que la tecnología y la ciencia, además de ser conjugables con el comunismo, son unas de sus fuerzas productivas e intelectuales, igual que en el sistema capitalista. No obstante, a diferencia de lo que ocurre en este último, la tecnología bajo el socialismo siempre se producirá de manera sostenible en lo ecológico y humana en lo social, es decir, sin explotación del medio ambiente para conseguir los recursos necesarios para la construcción de tecnología ni de trabajadores que, aprovechándose los patrones de las miserables condiciones laborales de sus países, trabajen durante jornadas maratonianas bajo un régimen pseudoesclavista a cambio de un sueldo de mierda.

La producción tecnológica, en resumen, se socializará, en tanto que se orientará a la consecución del bien común y la felicidad del individuo, y no al enriquecimiento privado de multinacionales y a la alienación de las masas. A través de la educación, al mismo tiempo, se enseñará al pueblo a hacer un uso crítico y responsable de la tecnología para que aprendan a valorarla en su justa medida y no se conviertan en descerebrados dependientes de la misma; esto nos lleva al siguiente y último punto...

La educación: la clave de todo.

La construcción del socialismo implica un cambio necesario de mentalidad y actitud que sólo es asimilable a través de la educación: el ciudadano debe, ante todo, mirar a la realidad desde un punto de vista crítico y autónomo, lúcido gracias a la cultura, que le impide caer bajo la influencia de falacias y baratijas, valorando lo que le rodea de manera acertada al comprender que la verdadera felicidad sólo se consigue a través de una ética cuyos dictados son el libre pensamiento crítico y el deber con uno mismo y hacia los demás, es decir, la edificación de una perspectiva vital independiente y reflexiva conjugada con la solidaridad y la empatía que colmarán las necesidades sociales que todo ser humano ha de satisfacer para autorrealizarse. En resumen: la paz consigo mismo y con el exterior a través del conocimiento que brinda la cultura.

Al hablar de educación nos referimos a la de las nuevas generaciones, pero también a la de los adultos, tanto la de aquellos alienados por la derecha como la de los alienados por la izquierda: el socialismo no es una secta ni una tribu urbana donde individuos sin personalidad se consagran a un dogma para darle sentido a sus vidas. La asunción de la Revolución Social como una necesidad moral no procede de una revelación divina, sino del análisis racional y crítico que, a la luz de los hechos, indica que se debe avanzar hacia un sistema donde la Justicia Social sea la norma, abandonando la realidad corrupta e infame que sufrimos actualmente.

Retrato de unos idiotas.

Incitemos a la gente a leer, a informarse, a criticar y a debatir sin adoctrinamientos. Enseñémosles, de hecho, a dudar de todo y a escuchar todas las campanas antes de formarse un opinión. La propia inercia del conocimiento los llevará al pensamiento revolucionario, pues cualquier mente lúcida acaba dándose cuenta de que el mundo actual es una puta mierda y debe ser modificado.

Conclusión.

Puede que las predicciones de Marx fueran erróneas, pero el materialismo histórico sigue siendo un método válido para analizar la realidad política, social y económica, tal como demuestra su acertada explicación de la mecánica de clases de nuestra sociedad. Esta vez no nos centremos, mejor, en asumir el carácter necesario de las predicciones marxistas, porque ya se ha visto que éstas tienen un valor probabilístico asociado al azar de la condición humana y pueden fallar, como de hecho ha ocurrido. En lugar de eso, estudiando el funcionamiento de la Historia, pongamos en marcha los mecanismo que sabemos que la fuerzan a ir hacia el régimen de Justicia, deber, Democracia y Solidaridad que deseamos para la humanidad.