sábado, 29 de diciembre de 2012

El manifiesto del movimiento pragmático. Se ha acabado la tontería.

El movimiento ciudadano que desde hace unos años se desarrolla en nuestra nación ha llegado a un punto muerto, y se demuestra indispensable que demos todos el siguiente paso para seguir avanzando hacia el cambio, la revolución que todos queremos conseguir para traer el régimen de Justicia Social que anhelamos.

Diría que, sobre todo a partir del 15M, la ciudadanía inició una fase de participación masiva en manifestaciones multitudinarias, sobre todo en las grandes ciudades de todo el país. Cientos de miles de personas, a pesar del fraude de cifras defendido por el gobierno, se han congregado en la Puerta del Sol, en la Plaza 15M de Valencia o en la Plaça Catalunya. A pesar de constituir movilizaciones sin precedentes desde hacía décadas, y ser un avance importante hacia nuestros objetivos de acabar con el sistema corrupto que actualmente sufrimos, estas demostraciones de fuerza han sido estériles, y sin consecuencias relevantes en el proceder del gobierno: los recortes en los servicios sociales han continuado, los desahucios siguen produciéndose ante la falta de la reforma de la ley hipotecaria, y la restricción de derechos fundamentales se intensifica día a día, hasta tal punto que hace unos días PP y UPyD se olían las braguetas para totalitarizar la ley de huelgas, volviendo en un tris-tras a lo peor del S. XIX.

Si estas enormes congregaciones, a pesar de ser señal inequívoca de la indignación nacional, no han tenido efectos notables, es, en mi opinión, por una razón sencilla: a día de hoy aún no existe una lista de objetivos claros y concisos que nos guíen. Aunque nadie duda de sus buenas intenciones, la ambigüedad de nuestras reivindicaciones diluye la fuerza efectiva que tenemos como colectivo, como masa soberana, como nación autónoma, libre y concienciada. Pretender una "democracia real" es algo que lo dice todo y no lo dice nada. Por parte de la oligarquía económica es muy sencillo, a través de sus felatrices del poder político, contestar a mensajes que no constituyen exigencias reales, sino simple lloriqueos propios de un movimiento ciudadano aún inmaduro. No pasa nada, era necesario pasar por ello, pero ahora debemos ir a más.

Hace falta preguntarnos qué es lo que queremos conseguir. Sé que esto daría lugar a un debate interminable en el que existirían tantas posturas como personas, eternizando la discusión y paralizando la lucha. ¿Queremos nacionalizar la banca? ¿Expropiar los bienes eclesiásticos? ¿Reformar la distribución de impuestos en base a la riqueza? ¿Proclamar la República al mismo tiempo que se condena al Rey por alta traición por el caso 23F? Hay muchas cosas en las que seguro que estamos de acuerdo, pero mientras descubrimos estos puntos comunes hay gente que no tiene trabajo, a quien le falta vivienda y comida, niños que no están recibiendo una educación decente y serán un problema social muy grave de aquí a un par de décadas (lo sé porque vengo de un país en el que eso ha ocurrido), enfermos que están muriendo por deficiencias de un Sistema Nacional de Salud que está siendo metódicamente desmantelado, etc. Hace falta actuar ya, y soltar arengas pacifistas levantando las manitas mientras recibimos hostias de la policía para que al día siguiente se nos etiquete de radicales exaltados en el telediario de Televisión Española no es el camino.

No estoy hablando de dividirnos en células, armarnos hasta los dientes y salir a derrocar el estado a la fuerza (¡todavía no!), pero sí de enfocar nuestro movimiento hacia lo pragmático. A pesar de no haber tenido efectos sobre la "alta política", que diría el Rey Nuestro Señor, el 15M y otras convocatorias similares han tenido una consecuencia importantísima: han congregado grandes masas de gente más o menos concienciadas, dispuestas, como mínimo, a plantarse en un sitio concreto durante un par de horas gritando y agitando pancartas para mostrar su descontento. Puede que no te parezca importante, pero si ese enorme contingente de ciudadanos está en el lugar adecuado y en el momento adecuado, como ocurrió durante la ocupación de los alrededores del Congreso, que dio lugar a declaraciones infames como las que nos comparaba con el golpista Tejero, el hartazgo de la sociedad, que es al fin y al cabo lo que buscamos todos, que la gente se canse y diga "no aguanto más, hasta aquí hemos llegado, a mí no me dan más por el culo estos hijos de puta" será más sencillo de conseguir.

Voy al grano, dejo de enrollarme: el actual caso de Alfon, detenido de manera ilegal, y por delitos que ni siquiera existen, es un símbolo ideal, que puede ser extremadamente fecundo, para una próxima movilización. Hace unos días unos cuantos cientos de personas, no sé si llegaron a los miles, se reunieron en la Puerta del Sol para pedir la libertad de nuestro compañero, y aunque se agradece ese tipo de gestos, realmente es poco probable que se consiga algo así. ¿Habéis visto la repercusión real del asunto, reflejada fielmente en las redes sociales, en los medios masivos de comunicación? ¿A que no? Suelo mirar cada dos por tres los telediarios y no los he visto mencionar Alfon nunca hasta ahora. 

Alfon es un símbolo de la represión estatal. Es un símbolo de la indiferencia que siente la oligarquía corrupta  que nos está gobernando, que se nos está riendo en la puta cara. Alfon es la oportunidad perfecta, por el gran poder de convocatoria que ha tenido, para conseguir una indignación útil para el movimiento. No sólo porque vayamos a conseguir su liberación, algo que sin duda es un asunto de justicia y debemos lograrlo, sino también porque puede convertirse en el origen de una serie de acciones que tengan trascendencia real. Que obliguen al gobierno a tenernos en cuenta. Que tengan una influencia determinante sobre las decisiones que la marioneta de la Moncloa y su Liga de la Injusticia tomen finalmente. Para que ese poder se haga efectivo, basta con obligarles a obedecernos (que es el orden natural de las cosas, que el gobierno obedezca a su pueblo en un régimen democrático) una vez, y que todos vean que si se pincha en el lugar adecuado, se obtiene la respuesta que se espera.

Os convoco, ciudadanos libres y emancipados, a una nueva movilización, la primera de las muchas que nos llevarán hacia la consecución de la victoria contra la opresión: el día acordado con otras plataformas ciudadanas, rodearemos durante el tiempo que haga falta los juzgados donde será procesado Alfon/el sitio donde se encuentra detenido/la comisaría donde fue a parar tras ser apresado, y asistiremos día tras día, a una hora adecuada, cuando la mayor parte de la gente no se encuentre trabajando y la concentración pueda ser masiva. Allí estaremos hasta que los medios de comunicación estén obligados a mirarnos, y hasta que el caso Alfon sea un asunto de debate nacional INELUDIBLE (no algo sólo comentado en Twitter), convirtiendo esto, para el gobierno, en una carga muy incómoda sobre la que estará obligado a pronunciarse. En caso de que Rajoy elija la vía de la ilegalidad, y Alfon siga encerrado, la movilización permanecerá y aumentará progresivamente en intensidad a medida que nuestra paciencia se vaya acabando: como es natural, los ciudadanos más irascibles (que siempre los hay) se verán obligados a enfrentarse con las fuerzas del orden como siempre ocurre, pero esta vez no será un episodio aislado, sino varios semanales, mensuales, trimestrales... Hasta que Alfon sea liberado. No estoy, por si algún iluminado decide atacarme por ese lado, amenazando a nadie, sino enunciando un hecho inevitable de tener éxito la movilización: el gobierno tiene la desagradable costumbre de reprimir la expresión popular con fuerza bruta, y si se nos reprime durante demasiado tiempo, llegará un momento en el que responderemos, ¿no creéis?

Ha acabado, como he dicho al principio, el momento de la manifestación estéril, de los grititos impotentes en Twitter y de las asambleas vecinales cuyo poder resolutivo real provoca hilaridad entre los poderosos. Es hora de la acción pragmática, precisa y expeditiva. La que se realiza para conseguir hechos concretos y realizables, no paraísos supraterrenales de fácil desmontaje. Sabemos que poseemos el respaldo de la nación, los números lo demuestran: la mayor parte de la población comienza a ser consciente de formar parte de una clase ultrajada y desposeída de su soberanía. Es hora, en definitiva, de convertir esa indignación dispersa en movilización incisiva y relevante.

Salud y Justicia, compañeros.

Ignacio Lezica Cabrera.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La construcción de algo nuevo.

Hasta ahora, he dedicado varios artículos a enumerar lo que en este país se está haciendo mal: cómo una clase domina a la otra y cómo la última, no consciente de sí misma, no planta cara. Veamos ahora qué puede cambiarse para salvar la situación. Las revoluciones tienen dos etapas: una de destrucción del orden antiguo, y una de construcción del nuevo. La destrucción del régimen antiguo es sencilla una vez que se ha identificado lo que no funciona, y suele generar consenso: casi todos estamos de acuerdo en señalar que el sistema va mal y que ha de ser erradicado. Ahora bien, la fase de construcción es otro cantar, porque todos tenemos ideas propias sobre cómo debería ser el mundo, y es normal que difieran entre sí, sobre todo dentro de la izquierda (leer libros de historia sobre la infinidad de corrientes de pensamiento izquierdista y sus enfrentamientos para más información).

¿Por qué hay que romperlo todo y fusilar a unos cuantos?

En mi opinión, la verdadera revolución, al producirse, da lugar a tales cambios en las relaciones de producción de sus individuos que afecta intensamente al enfoque vital de los mismos, es decir, a la perspectiva con la que sujetos encaran su existencia. En el Antiguo Régimen feudal, el individuo asumía la jerarquía del vasallaje como algo inevitable y necesario por la voluntad de Dios. Tras las revoluciones burguesas, el ciudadano no toleró privilegios impuestos sin razón de mérito, y se dijo a sí mismo que a base de trabajo duro podía moverse desde la base de la pirámide social a su cúspide. Y aún a riesgo de repetirme (lo cuento más detalladamente en artículos anteriores), eso fue así porque las relaciones de producción entre los miembros de la sociedad cambiaron radicalmente: de un sistema en el que el nivel de riqueza era hereditario e inmutable, a un sistema dinámico en el que se podía ganar o perder dinero como quien juega al Monopoly.

Esta forma de vivir, la que incentiva la escalada social a través del enriquecimiento producto del trabajo duro, ha degenerado con el paso de las décadas. En la actualidad, parece ser que el único objetivo vital válido es el enriquecimiento, entendido como la acumulación de bienes materiales: la realización personal sólo es posible practicando el negocio lucrativo, cuyo éxito o fracaso nos definen como persona. Esto ha llevado a la devaluación inevitable de otros aspectos de la vida: la individualidad antes que la solidaridad, el despilfarro antes que la austeridad (la austeridad que libera, no la pobreza impuesta que pretenden cargarnos encima últimamente), la compulsividad en lugar de la reflexión, y el dogmatismo que evita tener que reflexionar antes que el pensamiento crítico. Y es lógico, porque todos estos valores que están siendo sistemáticamente reprimidos son el punto de origen de la verdadera felicidad, ésa que no precisa de nada más que el amor hacia las cosas sencillas e inmutables. Alguien feliz no necesita comprar; ¿para qué, si ya tiene todo lo que necesita? Así que es mejor sumir a las personas en una superficialidad histérica, en una idiocia generalizada que les hace comprar cosas para intentar suplir el vacío que nunca se llenará con un iPad o unas vacaciones en Cancún (que por cierto, vaya lugar de mierda para irse de vacaciones), pero como no hay más alternativas que elegir entre una marca u otra, se entra en un círculo vicioso del que no puede escaparse sin renunciar a la vida en sociedad. La idiotez, la irracionalidad y la falta de pensamiento crítico son las mejores armas del sistema, porque a poco que uno se detenga a pensar (¡herejía!), es posible darse cuenta de que podemos prescindir de tres cuartas partes de lo que poseemos o más, y si esa revelación se extendiera entre la gente, entonces nadie compraría nada y los privilegios de la élite se derrumbarían junto con todo el chiringuito que tienen montado. Así que mejor silenciar a las voces críticas: "no me interesa la política, son todos iguales". Y así es como muere la ciudadanía. Por idiota.

La historia de Ciudadano Kane es la de alguien que, aún poseyéndolo todo, sigue siendo un infeliz y no entiende por qué, un problema que afecta a muchos en el mundo del mercado libre.

Un sistema que premia el enriquecimiento material por encima de cualquier otra cosa (incluido el bienestar de las personas) es un sistema incompatible con la democracia, y punto. Esto es así por razones obvias que he comentado en artículos anteriores, pero resumiéndolas: el afán de acumulación es el origen de la explotación del hombre por el hombre, porque a pesar de vivir en un mundo con recursos suficiente para todos (y quien piense lo contrario es un ignorante), quien no se conforma con su parte y quiere la de los demás intentará arrebatar lo que legítimamente no le corresponde, por la fuerza. Y el capitalismo no es más que eso: un sistema en el que algunos obsesionados con poseer arrebatan lo indispensable para vivir a los demás, en este caso a través de la explotación laboral. Esto hay que cambiarlo si es que nos interesa que primen otros valores por encima de los mezquinos antes mencionados. Si lo que se busca es un régimen de libertad, solidaridad, honestidad y justicia, entonces, para mí, eso sólo puede conseguirse de una forma: a través de la educación, sobre todo la infantil. Así que empecemos a enumerar lo que queda por construir.

La educación.

La educación es prioridad nacional, porque de ella depende la consistencia presente y futura del nuevo sistema. En consecuencia, el presupuesto destinado a la educación debe ser proporcional a su importancia. Por encima de vaivenes políticos, el sistema educativo tiene una misión fundamental: convertir al ciudadano en un sujeto crítico y libre, con defensas intelectuales suficientes como para alejarse de dogmas y fanatismos. Las libertades individuales conjugadas con la solidaridad son de indispensable asunción por parte de la ciudadanía, por encima de cualquier otro conocimiento. Antes que técnicos, los individuos deben aprender a ser personas. 

La educación moral y cívica no busca ser un medio de adoctrinamiento alienante, sino de enseñanza constructiva. Hace unos años la derecha española se rasgaba las vestiduras por la asignatura Educación para la ciudadanía implantada por los socialistas, como si en ella se lavara el cerebro de los niños para que salieran del colegio con la hoz y el martillo bajo el brazo, cuando realmente lo que se enseñaba eran los mismos valores éticos que parecen estar perdiendo su validez ante el consumismo voraz. Quien considere un lavado cerebral inculcar en los niños la defensa activa de los derechos humanos es un indeseable que debe estar encerrado.

Niño flipándolo con un libro. ¿Quién necesita cocaína?

Un código moral férreo y un pensamiento crítico puede que no acarreen la aprobación fanática hacia todo lo que haga el gobierno, pero sí traerán la capacidad de entablar un debate nacional que llegue a consensos útiles, los que son consecuencia de la discusión productiva de las ideas por parte de gente que no se deja manipular y que se interesa por lo que pasa a su alrededor. Sin ese tipo de gente, ya podemos tener todas las condiciones materiales para la revolución, pero lo que surgirá de la destrucción de las instituciones actuales será una mierda peor. Sólo alguien lo suficientemente lúcido como para saber qué le conviene y qué no le conviene (a fin de cuentas es algo tan simple como eso) puede desempeñar de manera correcta el papel que le corresponde como ciudadano. El pensamiento crítico ha sido, es y será siempre la base de todo sistema racional y próspero.

El pueblo es el estado, el estado es el pueblo.

El estado no debe ser algo externo e impuesto a la nación, sino la herramienta necesaria para que ésta pueda gobernarse a sí misma, estableciendo las leyes que permitan la convivencia ciudadana en libertad. El estado no es una institución opresora ni paternalista, sino la estructura institucional que bajo la soberanía del pueblo ofrece los servicios necesarios para la población gracias al trabajo de todos. Diciéndolo de manera más sencilla: el estado no está por encima del pueblo, porque EL ESTADO ES EL PUEBLO RIGIÉNDOSE A SÍ MISMO, dotándose de las normas y servicios necesarios para vivir en paz y progreso, algo imposible si viviéramos en la anarquía.

Los servicios ofrecidos por el estado, como la sanidad, la educación o las subvenciones, no son dádivas y regalos concedidos por un estado paternal y benevolente. Los servicios estatales no son "gratuitos", como algún retrasado mental ha soltado por ahí para argumentar que "el estado del bienestar no es sostenible": el estado mismo se sustenta gracias al esfuerzo económico nacional en forma de impuestos y tributos, y si existe es porque ésa es la voluntad suprema y vinculante de la Patria, es decir, de la mayoría de ciudadanos.

El papel del político en el estado.

Es imposible desposeer de su poder al político y reducirlos a simples gestores. Y eso es así porque todo gestor tiene en su mano el destino de lo que gestiona. Y como en este caso lo gestionado es la vida de millones de personas, es evidente que los políticos poseen un poder enorme. Ahora bien, debe remarcarse (la nación deben tenerlo clarísimo) que el político tiene poder sólo porque la nación se lo delega bajo ciertas estrictas condiciones. Entre ellas, la de obrar siempre en pos del bien común a largo plazo, no dejándose llevar por intereses personales oscuros: el político, al asumir la enorme y pesada responsabilidad del poder público, es depositario de la confianza popular. Traicionar esa confianza a través de la corrupción es la más alta infamia social que pueda alcanzarse, y debe ser castigada en consecuencia (y no hablo de ejecuciones, sino de expropiaciones absolutas y cadena perpetua, que sobre todo lo primero les duele más que la muerte).

Las instituciones del estado deben manifestar la supremacía de la soberanía popular. Existen muchas fórmulas para conseguir esto, y yo no soy ningún experto en derecho, pero creo que se podrían implantar unas cuantas cosas. Entre ellas: 

  1. La modificación de la ley electoral para hacerla más justa y cercana a la voluntad del electorado.
  2. Eliminación de la cámara alta, configuración unicameral del parlamento, que pasa a tener sus escaños divididos en dos grupos: una mitad con diputados miembros de partidos políticos electos por legislaturas de cuatro o cinco años y otra mitad con representantes populares elegidos desde asambleas vecinales, renovados anualmente. De esa manera se limita la influencia de los partidos políticos, frecuentemente manejados por intereses ajenos a los de la Nación.
  3. Potenciar el plebiscito como expresión de poder ciudadano. Entre los procedimientos habilitados para someter a consulta yo incluiría: las iniciativas legislativas populares y los referendos mensuales sobre leyes debatidas en el parlamento, poder de veto sobre el poder legislativo cameral, posibilidad de ejercer moción de censura sobre el ejecutivo, disolución del parlamento y convocatoria de elecciones, etc.

Seguro que hay más ideas por ahí que no se me han ocurrido.

La importancia del patriotismo.

Hay que fomentar un patriotismo popular, ajeno a la autoridad de grandes próceres e ideales trasnochados, centrado en la voluntad de una nación que se gobierna a sí misma. Es necesario abandonar la estupidez protofascista del sacrificio del individuo por el colectivo, eso sólo lleva al fanatismo alienante. En su lugar, debe haber una defensa férrea de los nuevos valores que he comentado arriba: el orgullo de una nación madura y autónoma que no necesita reyes ni dictadores para conducirse y que ha sabido encontrar el camino para que sólo vivan en la miseria y la ignorancia quienes no tienen voluntad de esforzarse. 

La Patria es esto, no una estatua ecuestre o militares desfilando el 12 de octubre. 

Ser antipatriota, en este nuevo nacionalismo, no es no llevar una banderita en el coche o no saberse el himno. Todo eso está muy bien y crea sentimiento de unión, pero la verdadera repulsa nacional debería caer sobre idiotas no interesados sobre el devenir de la Patria, aquellos inútiles carentes de inquietudes de ningún tipo que pasan por la vida como los animales y las plantas, sin hacer nada más que ser nicho de procesos fisiológicos. Y eso debe ser así no sólo porque quien reniega de la política reniega del bienestar general, sino sobre todo porque tiene consecuencias funestas sobre el bienestar físico y moral propio, y eso es un ejemplo contradictorio con el modelo educacional comentado arriba. Los malos ejemplos deben mostrarse como lo que son: algo que no debe imitarse.

La religión.

Algo tan importante como la religión ha de tener un papel en el nuevo orden, y ese papel es el de ser exterminada. La religión es un dogma pernicioso para el pensamiento crítico y la madurez intelectual de los ciudadanos adultos y mentalmente coherentes. Es caldo de cultivo ideal para el fanatismo y la irracionalidad sea cual sea su manifestación: cristianismo, islam, budismo... cualquier misticismo que propone la existencia de mundos inmateriales mejores que éste es la cuna de idiotas apolíticos, feladores de tiranos opresores como han demostrado ser todas las autoridades religiosas a lo largo de la historia.

Al ser un impedimento para la libertad de los ciudadanos para pensar por sí mismos y ser responsables y consecuentes de sus actos, la libertad religiosa ha de ser necesariamente restringida: la filosofía de estado es un agnosticismo, ateísmo en la práctica, que se impartirá obligatoriamente en las escuelas públicas y privadas (si es que estas últimas se permiten). Las demostraciones de fe en lugares de acceso público serán condenadas judicialmente igual que ahora lo es ir desnudo por la calle: si alguien quiere jugar a ser imbécil, que lo haga en su casa donde no corrompa la mente de pequeños aún permeables a las ideas fantasiosas, incapaces de diferenciar lo racional de lo que no lo es.

En consonancia con esto, huelga decir que todas las instituciones religiosas serán prohibidas, y sus bienes confiscados para beneficio de la Nación. Los altos cargos eclesiásticos no sólo se verán privados de sus posesiones (que también serán expropiadas), sino que además serán procesados por atentado contra la libertad de pensamiento y crímenes de lesa patria. No hay piedad contra los impulsores de la sinrazón, demasiado daño han hecho ya.

Conclusión.

De todas las ideas comentadas, he procurado hacer hincapié en la siguiente: no existe ningún sistema aceptable sin ciudadanos inquietos. La apatía ante la política, es, a largo plazo, el abandono hacia la tiranía. Es entregar la llave de tus cadenas al primer dictador hijo de puta que pase por ahí. La lucidez intelectual es condición sine qua non para la felicidad y la libertad, alguien que vive en la ignorancia es un esclavo, y los esclavos están hechos para vivir sirviendo, no mandando en sus propias vidas. Si quieres ser un esclavo no hace falta que te preocupes pensando en revoluciones, ya deberías estar conforme con la sodomía a la que estás sometido a diario. Pero si quieres ser un liberto, entonces lee, piensa y critica. No  me importa si todo lo que acabo de escribir te parece una estupidez si tienes razones para pensarlo, razones que estás dispuesto a debatir conmigo. Como ya dije una vez, los cobardes temen el debate porque a lo mejor les demuestra que se equivocan, y no quieren equivocarse porque les costaría el esfuerzo de replantearse su mundo. La persona libre se alegra de equivocarse porque es una ocasión para aprender algo nuevo.

El cura Hidalgo, padre de la Patria mexicana, rompiendo las cadenas de la esclavitud.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

La batalla de Las Piedras, parte primera.

Mientras dirigía su caballo hacia la colina recortada en el horizonte, el teniente Aosta recordaba, nostálgico, sus lecturas juveniles en el palacete familiar de Buenos Aires. Echado bajo el sauce del patio, mientras las criadas lavaban las ropas en la palangana y sus hermanos menores corrían de allá para acá, el joven oficial, aún un niño de catorce años, leía con fascinación casi religiosa el magacín francés "Journal de la guerre", publicado trimestralmente, que llegaba hasta el Río de la Plata tras una larga travesía por el Atlántico. La revista describía, a medio camino entre lo técnico y lo literario, las batallas y hazañas bélicas más famosas de la historia, desde los espartanos de las Termópilas hasta las órdenes del petit caporal en Austerlitz, desde las campañas de Escipión, el Africano, hasta el choque de religiones frente a Lepanto. Aunque le avergonzaba reconocerlo, aquellos relatos tan alejados de la realidad, carentes de la desesperación, el horror y el miedo de la guerra real, sustituidos por cuentos sobre el honor, la gloria y la valentía heroica, habían tenido una influencia importante en Aosta al decidir enrolarse en la Academia de Mandos del Real Ejército de las Indias Occidentales. De no haber sido por el Journal de la guerre, aquel argentino habría dedicado su vida, probablemente, a las mismas rutinas de despacho en el negocio paterno que acabaron envolviendo a sus hermanos, en lugar de remontar colinas a caballo para otear el paisaje antes de que una batalla lo transformara para siempre, que es precisamente lo que se disponía a hacer aquella mañana del 18 de mayo de 1811.

Para entonces ya habían pasado muchos años desde las tardes bajo el sauce leyendo relatos fantasiosos. Toda la ingenuidad que llevaba consigo antes de la experiencia que adquiriría después fue muriendo progresivamente con cada batalla en la que participó. Las numerosas veces en las que arriesgó el pellejo ante el enemigo le fueron dotando poco a poco de esa dolorosa lucidez de aquellos que, en lugar de morirse, desafían a la estadística manteniéndose con vida tras haber estado bajo fuego o bailando entre estocadas en varias ocasiones. Todas aquellas vivencias irían templando, con el tiempo, las ilusiones de una juventud tranquila para convertirlas en certezas de un hombre consciente de la naturaleza brutal de la guerra.

Poco después de graduarse en el año 10, ocurrieron los sucesos de mayo en Buenos Aires. La burguesía porteña, harta de las imposiciones fiscales de la metrópoli y entusiasmada por las ideas ilustradas que viajaban clandestinamente desde una Europa que hervía en pasiones revolucionarias, se alzó en armas contra España; primero jurando fidelidad al Rey, más tarde defendiendo enardecidamente proclamas republicanas. El teniente Aosta, oficial culto y con unas cuantas lecturas traídas del Viejo Continente (no sólo relatos bélicos, sino también los obligados ensayos de Montaigne, Rousseau y Voltaire que todos los jóvenes intelectuales con ganas de presumir en el ateneo debían haber leído), no tardó en ofrecerse al ejército revolucionario en el cabildo abierto y con la voz en alto para que todos, sobre todo las hijas de buena familia allí presentes, pudieran admirarle. Las circunstancias favorecían los delirios de Aosta: era miembro de un movimiento idealista dispuesto a emancipar al pueblo a la luz de la Razón, rompiendo las herrumbrosas cadenas del dominio español para conseguir la ansiada Libertad, la deidad venerada de los nuevos tiempos. En sus ensueños, el oficial burgués se imaginaba destacando como brillante estratega entre sus iguales y asegurándose la gloria y el registro de su nombre en los heroicos anales de la Patria naciente. El teniente, durante los angustiosos dias en los que esperaba la orden de movilización del Directorio de las Provincias Unidas, esperaba ansioso poder comandar esas geométricamente bellas formaciones de cientos de hombres uniformados y disciplinados para seguir sus órdenes con rigor marcial, tal como se ilustraba en el magacín francés. El mozo porteño se sentía, cuando ya subía al coche tirado por caballos que lo transportaría a la frontera de Entre Ríos y la Banda Oriental, absolutamente satisfecho con el destino que creía tener por delante.

El golpe contra la realidad fue duro. En lugar de un futuro de honores, laureles y el amor de sus subalternos, lo que le esperaba al otro lado del río Uruguay fue una partida de gauchos sucios, con la melena greñuda y las ropas raídas, mugrientas y malolientes. Además de analfabetos, aquellos ¿hombres? parecían orgullosos de su miserable ignorancia, indómitos ante el que consideraban un señorito de la capital que no sabía nada sobre la vida y la guerra, algo en lo que, a pesar de todo, acertaban. Aquellos sujetos, más que soldados, eran matones pagados por Buenos Aires. Mercenarios. Vándalos. Contrabandistas. Ladrones de ganado y de mujeres, faltos de cualquier sentido del honor personal, la Patria, la solidaridad o la vergüenza. Indisciplinados por naturaleza, el teniente Aosta no tardó en comprender que la ortodoxia militar no tendría cabida al trabajar con los gauchos. ¿Formaciones? ¿Descargas de línea? Imposible. Esperar que mantuvieran un orden cerrado mientras les llovía plomo de mosquete era una estupidez: antes se matarían unos a otros para usarse como escudos humanos que permanecer quietos (como abombaos, dirían ellos), mientras veían desplomarse hombres a su alrededor. Si inalcanzable era que mantuvieran el orden al recibir los disparos, no era mucho más plausible que lo hicieran para realizarlos. El nerviosismo y la cólera propios de la batalla harían imposible que esperaran una orden para disparar; antes se pondrían a pegar tiros a diestra y siniestra sin coordinación alguna como si fueran simios armados. Pero aunque esta coordinación existiera, la carencia de armas de fuego entre ellos impediría que actuasen como la infantería de línea de verdad, la europea. El facón reemplazaba al mosquete (que pocos sabrían utilizar) entre los gauchos, a los que no podía negárseles, no obstante, una habilidad excepcional para destriparse unos a otros sin necesidad de una razón de peso. Así, esta disposición a la matanza colérica e irracional los hacía, a pesar de todo, particularmente buenos para las cargas, algo fácil de deducir si uno imagina a esta horda de bárbaros con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, la mandíbula desencajada, boca abierta con espuma en las comisuras y saliva precipitándose al frente con cada rugido animalesco, con el facón en alto y empujándose unos a otros al cargar, intentando reservarse a los soldados con dientes de oro, anillos u otros objetos de valor para más tarde ganarse unas monedas vendiéndolos en la pulpería local, mientras limpiaban los restos de sangre y sesos del cuchillo pasando el filo por el vestido de la prostituta que tenían sentada en la falda.

Ya casi llegando a la cima de la colina, Aosta se preguntaba cómo habían sido convencidos por el general Artigas los oficiales del Ejército Oriental para enfrentarse a los españoles y a su ejército regular en una batalla convencional con tres cuartas partes de las fuerzas revolucionarias integradas por las bestias antes mencionadas. Hasta aquel día de mayo, el teniente no había utilizado jamás a su tropa para un enfrentamiento cara a cara, al descubierto, con el enemigo. Ello, pensó al conocer a sus subordinados, supondría el exterminio. Las primeras acciones del porteño en la Banda Oriental le ayudaron a comprender cómo combatir junto a aquellos hombres. La falta de disciplina no sería un problema, pensó Aosta, si el ataque era tan rápido, contundente y sorpresivo que el enemigo no tuviera tiempo para responder. Esta táctica respondía a lo que, según había leído, hacían los milicianos españoles contra el Ejército Imperial en la península. Así fue como comenzó la guerra de guerrillas en la Banda Oriental. Era imposible derrotar a los regulares españoles enfrentándoles de cara, así que Aosta hubo de buscar maneras alternativas de perjudicarles. La operación más frecuente era el asalto a sus rutas de suministros, normalmente protegidas por pocos efectivos. La maniobra no requería grandes elaboraciones tácticas, sino sólo mantenerse escondido, esperar al momento adecuado, y lanzarse violentamente sobre las sorprendidas víctimas. Los ataques a las caravanas españolas eran, además, doblemente atractivas para los gauchos, que veían en ellas una oportunidad perfecta para el saqueo: si los consideraban de valor, los bárbaros robaban hasta los botones de las chaquetas de los cadáveres.

Aosta comprendió pronto que era indispensable ganarse el respeto de los gauchos si pretendía tener algo de autoridad sobre ellos, una empresa complicada dado que los valores que normalmente sometían a los hombres con los que el joven solía tratar (la jerarquía militar, los estudios, la riqueza, los contactos influyentes) no sólo no impresionaban al gaucho, sino que muchas veces le inspiraban desprecio. Si había algo que el gaucho admirara en un hombre, eso era la valentía y el arrojo en combate sin muchas palabras. Las arengas grandilocuentes, se dio cuenta el teniente, mejor se quedaban en los relatos. Además de eso, también era apreciada la habilidad para dominar al caballo. Aosta fue lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que adiestrar al gaucho sería inútil, y que debía ser él quien habría de adaptarse a la situación que le había tocado. Otros jóvenes oficiales criollos no serían tan lúcidos como él y acabarían, después de despreciar abiertamente el salvajismo de los gauchos, con los riñones de cartuchera a la tercera noche de acampada y su partida desbandada en la campaña. Así fue que, sin esperar más oportunidades, el teniente  dirigió su caballo hacia sus milicianos cuando esperaban entre unos árboles para realizar su primera emboscada. En silencio, esperando junto a ellos el momento de atacar sin repetir las órdenes que ya había dado escuetamente durante la planificación, vieron todos acercarse el carro cargado de alimentos y suministros militares, escoltado por cinco jinetes de Blandengues. En cuanto el objetivo estuvo en el lugar adecuado, el teniente Aosta espoleó su caballo dándole un latigazo con las riendas y, sin mirar atrás, se lanzó como una flecha hacia los desprevenidos españoles esquivando árboles y cascotes, con la vista fija hacia adelante y el sable desenvainado y en alto. Inflando el pecho y apretando la mandíbula, Aosta cayó sobre la escolta revoleando el filo y batiéndose con dos Blandengues a la vez, confundidos estos al ver salir de entre los árboles una sombra soltando tajos en todas direcciones. Mientras tanto, oyó a su tropa galopar para enfrentarse al resto de enemigos, que no tardaron en ser derribados de sus caballos y apuñalados con saña entre gritos e inútiles peticiones de piedad. Tras estar compartiendo cortes y estocadas con sus dos adversarios durante un par de minutos, los gauchos consideraron que el señorito ya había demostrado que tenía huevos suficientes, así que, satisfechos con la bravura demostrada por Aosta, despacharon a los dos Blandengues enterrándoles los facones por la espalda y le dirigieron al oficial algunas respetuosas inclinaciones de cabeza en silencio. Tras aquel, y otros episodios de temeraria y exhibicionista estupidez, el argentino fue ganándose la confianza de sus hombres, quienes se sentían respetados por su superior (jamás lo tratarían como si lo fuera) y cómodos con su trato sin paternalismos ni prepotencias, motivo de ejecución entre los gauchos, por alguien de una casta elitista tendiente a ello.

De la mano de los gauchos, Aosta aprendió, puñalada a puñalada y degüello a degüello, que la guerra no era como los libros la describían. No era un combate entre caballeros, sino entre arrojados hijos de puta que daban puñaladas traperas a jóvenes a los que aún no les había crecido el bigote. No era entusiasmo por destacarse en la lucha, sino el miedo atroz que te retorcía el estómago minutos antes de cargar. No era el honor que detenía tu arma ante un adversario que se rendía, sino la ceguera homicida con la que se avanzaba hacia el enemigo y se le desmembraba a machetazos hasta que de él no quedara más que un festival de carne y tripas. No era escenario de muertes honorables y literarias, sino la mierda y la orina que manchaba los pantalones de un soldado al ver un palmo de acero atravesándole el pecho. No era, en definitiva, un motivo de orgullo y gloria. La guerra era un incómodo nerviosismo del que era imposible desprenderse y que no dejaba dormir, ni pensar, ni vivir. Era la angustia que oprimía el corazón al ver el tapiz de cuerpos abiertos en la tierra bañada con sangre. Era la intensa sensación de vacío melancólico que, mientras uno cabalgaba ante la inminencia del encuentro con la muerte una vez más, le hacía preguntarse si tanta muerte y tanto dolor estaban sirviendo de algo o todo el horror y el absurdo vivido acabaría siendo estéril, no más que un inútil e insignificante pie de foto en los libros de historia.

Todo eso se preguntaba Aosta mientras miraba analíticamente la disposición de las fuerzas españolas en la lejanía. Vio que tenían un par de baterías de artillería, rodeados los cañones de personal que parecía saber dispararlos. Los orientales sólo habían conseguido un par de cañones de una vieja nao portuguesa, en tan mal estado que no se sabía si al primer disparo mataría a los artilleros. El número de hombres era más o menos el mismo que el de los revolucionarios, pero mientras estos se agrupaban en cúmulos informes y desordenados, los europeos formaban cuadros de infantería más o menos simétricos. Erizados estos de mosquetes con bayonetas, los gauchos y criollos orientales afilaban los facones o comprobaban en silencio la resistencia de la cuerda de las boleadoras. Algo similar vio Aosta hacer a la caballería gaucha que ya había partido hacía quince minutos hacia su posición: ajustando la silla (los que la tuvieran) al vientre de los caballos y asegurándose de que el chiripá no sería obstáculo para desenvainar el filo o desmontar rápidamente. El plan de Artigas era bueno, pero arriesgado. También era simple, algo indispensable dado el material humano de que disponían. Algunos espías habían informado de que los efectivos españoles habían pasado la noche anterior emborrachándose en todas las pulperías de camino al campo de batalla, y que por alguna razón desconocida iban uniformados como infantería de marina. Quizá aquello facilitaría las cosas.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Uruguayo: tu patria es un cuento.

Si eres español este artículo te resultará interesante. Si sos uruguayo te conviene leer este artículo para que no te agarren de gil.

A principios del siglo XIX, Napoleón pretendía el dominio absoluto sobre Europa central y occidental. En su camino, como le ha ocurrido a todas las naciones europeas a lo largo de toda la historia siempre que han querido conquistar el mundo, estaba el Reino Unido. Siendo imposible para Bonaparte hacerle un bloqueo naval a los ingleses (la armada francesa quedó muy mermada tras la derrota francoespañola en Gibraltar), el Emperador de los Franceses decidió que si Mahoma no iba a la montaña, la montaña iría a Mahoma: se propuso bloquear todos los puertos europeos a naves inglesas. Dada la magnitud del plan, esto puede parecer una locura, pero estuvo a punto de conseguirlo; sólo faltaba bloquear los puertos portugueses (aliados del Reino Unido) para cerrarle las puertas del comercio europeo a Gran Bretaña. Invadir Portugal  por el mar era imposible dado el poder de la Royal Navy, así que la única manera de hacerlo era a través de España. Napoleón se reunió con el Rey de España y le pidió permiso para que las tropas imperiales cruzaran España para llegar a Portugal (Tratado de Fontainebleau, 1807). A cambio, España obtendría una parte del territorio portugués conquistado. Lo que nadie le avisó al rey español fue que Napoleón, además de querer dominar Portugal, pretendía que sus tropas entraran en España y se quedaran allí para siempre. El rey Fernando VII de España, en una muestra de sublime patriotismo, viajó a Bayona, donde estaba Napoleón, le dio una patada a la puerta de su despacho, se plantó frente a él y... le entregó la corona de España y le pidió que lo adoptara (tal como suena).

¿Quién podía imaginar tras ver este cuadro que en ese mundo que Napoleón pretendía conquistar también se incluía a España? El Rey no tenía forma de preverlo. Ja-ja.

Mientras tanto, el pueblo español desató una guerra contra el francés al creer que su monarca, en lugar de ser una rata inmunda, estaba secuestrado por Bonaparte en Bayona. Así, ante la ausencia de Fernando VII, se creó un consejo de regencia, la Junta Suprema Central, que tenía la labor de gobernar mientras no estuviera el rey. Ahora bien, por ese entonces España no tenía el tamaño que tiene ahora, sino que abarcaba, además del territorio peninsular, todos los virreinatos americanos, que se corresponden en la actualidad con toda Latinoamérica. Así, entre la población autóctona de las colonias sudacas surgió un dilema político importante: si el rey no estaba, ¿debían las colonias reconocer la autoridad de la Junta Suprema Central (residente en España e integrada mayoritariamente por españoles peninsulares) o crear sus propias juntas de gobierno para conducirse ellos mismos? Este dilema, resumiendo mucho las cosas, fue el punto de partida para la futura independencia de América Latina.

Sería estúpido pensar que la independencia de las colonias americanas españolas sólo tiene como causa la huida de Fernando VII. Como he comentado otras veces, todos los grandes procesos históricos suelen encontrar fundamento en las complejas relaciones económicas que los agentes sociales establecen entre sí, y esta ocasión no es una excepción: nos encontramos en la Sudamérica colonial tardía una interesante coyuntura muy relacionada con las luchas de clases existentes en la Europa de ese momento. Hablemos de esto.

Como explico en publicaciones anteriores, el fin del Antiguo Régimen feudal ocurrió en gran parte por el acceso de la burguesía al poder político tras acumular en los siglos anteriores un poder económico tal que el funcionamiento de los estados occidentales dependía de dinero burgués (sí, más o menos igual que ahora). En Sudamérica, esta burguesía cuya influencia está en aumento se encuentra representada por la figura del criollo: el descendiente de españoles que, habiendo nacido en las colonias, no se sentían especialmente vinculados a la metrópoli como los nacidos en la Península. La burguesía criolla acabó viendo en el dominio colonial español una traba para su enriquecimiento: el comercio en los virreinatos americanos estaba gravado con pesados impuestos con el fin de explotar la riqueza de las colonias en beneficio de la España peninsular. Además, las relaciones internacionales de España solían afectar negativamente a los negocios criollos: era imposible para ellos comerciar con países como el Reino Unido porque, aún siendo beneficioso para ambas partes, España no lo permitía por estar en guerra con los ingleses. Resumiendo: el dominio español sobre las colonias americanas era una enorme molestia para el afán de enriquecimiento de la pujante burguesía criolla, que por otra parte tampoco podía optar a cambiar las cosas desde la política porque todo el poder de las instituciones coloniales estaba a cargo de funcionarios que sólo podían ser nacidos en España, a quien debían lealtad ante todo.

Por esta razón las ideas de la Ilustración (que, recordemos, defendían el libre mercado y el dominio político de la burguesía) arraigaron tan bien entre los criollos americanos. Habiendo condiciones económicas favorables a la revolución burguesa inminente (la clase social económicamente dominante no está contenta con el sistema político) y un cuerpo ideológico que guíe el proceso e involucre a las masas (la Ilustración), sólo bastaba la chispa circunstancial que encendiera la hoguera. Dicha chispa fue, volviendo al principio, la cobardía sumisa del Rey Fernando al huir de España, brindándole a los criollos la excusa perfecta para arrebatar el poder a los representantes españoles en las colonias.

Así, ante el dilema que planteaba al inicio del artículo, los criollos optaron por la decisión que más convenía a sus intereses: no reconocer a la Junta Suprema Central española ni a los virreyes de España en América. Para guardar las apariencias y legitimar su rebeldía, los patriotas americanos se pusieron lo que en la historiografía se conoce como "la máscara de Fernando VII": los acaudalados americanos razonaban que a quien debían lealtad era al Rey de España, no al pueblo de España. Al desaparecer del mapa el rey, la soberanía retornaba a las colonias, por los que no se sentían obligados a someterse a una institución creada por el pueblo español (la Junta Suprema Central) a la que nada los unía. De hecho, durante muchos años los independentistas americanos pretendieron crear estados independientes pero monárquicos, con Fernando VII como rey. Ante la negativa de Fernando se consideró la posibilidad de pedírselo a otros (su prima Carlota estuvo cerca de ser la reina de Argentina), pero el rechazo de cualquier príncipe europeo a aceptar la corona de un estado revolucionario los obligó a que, al redactar la Constitución, la mayoría optara por el modelo republicano (una importante excepción fue el Imperio Mexicano).

Fernando VII con su habitual cara de infame traidor orgulloso de serlo. Que la bandera argentina sea igual que la banda real borbónica no es casualidad, sino que forma parte de la mascarada: tanto revolucionarios como realistas decían luchar en nombre del rey.

En el Virreinato del Río de la Plata, la revolución se extendió desde Buenos Aires al interior argentino con razonable éxito. Ante el peligro que corrían sus vidas, el virrey y su corte de funcionarios leales a España huyeron a Montevideo, donde se atrincheraron esperando refuerzos de la Península (unos refuerzos que jamás llegarían por la guerra que se libraba en España contra los franceses). El gobierno bonaerense consideró necesario enviar una expedición a la Banda Oriental (actual Uruguay) que acabase con las fuerzas españolas. Esta expedición se encontraba comandada por el general José Gervasio Artigas. Aunque Artigas es reconocido hoy en día en Uruguay como el Padre de la Patria, lo cierto es que él no deseaba en absoluto la independencia uruguaya, sino la integración de la Provincia Oriental en una Liga Federal que agrupara al resto de provincias argentinas. Es más, el gobernador de Buenos Aires llegó a ofrecerle a Artigas la independencia de la Banda Oriental (le convenía deshacerse de la influencia de un caudillo federalista como Artigas) y éste lo rechazó indignado: Artigas quería que el futuro Uruguay formara un solo estado federal con lo que hoy es Argentina.

Los españoles, ante el ingreso de Artigas en la Banda Oriental (1811), decidieron pedir ayuda a los portugueses, pues era para España preferible perder un territorio en favor de una monarquía absoluta como Portugal que hacerlo en favor de los independentistas, lo que podría alentar otros movimientos revolucionarios en América. Así es como los portugueses envían sus tropas a la Banda Oriental, rompiendo el asedio que Artigas había puesto sobre Montevideo y barriéndolo a él y a su ejército de la zona (lo que vino a llamarse luego "éxodo del pueblo oriental"). Así, Portugal se anexa la Banda Oriental nombrándola "Provincia Cisplatina". De esta manera empieza una guerra entre Portugal (que en unos pocos años pasaría a ser ya el independiente Imperio del Brasil) y las Provincias Unidas del Río de la Plata (el estado por el que luchaba Artigas, que más tarde sería renombrado como República Argentina). En esta guerra se disputaba el control sobre la Banda Oriental y el Río de la Plata. Como mediador entre ambos países estaba el Reino Unido, con fuertes intereses comerciales sobre la zona. Por esto es natural encontrarse con que en la Convención Preliminar de Paz de 1828 que buscaba poner fin a la guerra, el Imperio Británico logra que en el tratado de paz se incluyan cláusulas favorables a sus intereses: la Banda Oriental no sería ni de Brasil ni de las Provincias Unidas, sino un nuevo estado independiente (el Estado Oriental del Uruguay, más tarde República Oriental del Uruguay). De esta manera los ingleses se aseguraron que los argentinos no tuvieran un control absoluto del Río de la Plata (pues éste pasaba a ser limítrofe entre Uruguay y Argentina) sin necesidad de entregárselo a Brasil. Siendo el Uruguay un pequeño estado tapón que los británicos podrían manipular como se les antojase, Inglaterra tenía asegurada la libre navegación por el Plata, lo cual le abría las puertas al interior de América del Sur para colocar sus productos. El artífice de esta hermosa y astuta maniobra diplomática fue Lord Ponsomby, representante de Su Majestad Británica en el antiguo Virreinato español. Así explicaba Ponsomby a sus superiores lo conveniente de su intervención en la Convención Preliminar de Paz:
"Los intereses y la seguridad del comercio británico, serían grandemente aumentados en un Estado en que los gobernantes cultivaran una amistad por Inglaterra. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América, debemos perpetuar una división geográfica de Estados que beneficie a Inglaterra. Por largo tiempo los orientales no tendrán marina y no tendrán la posibilidad de impedir el comercio inglés".
 De todo esto, habiendo nacido en la República Oriental, saco una conclusión interesante: no existían diferencias culturales e históricas suficientes como para justificar la independencia del Uruguay respecto a la Argentina. Todos los movimientos revolucionarios publicitados en Uruguay como pasos hacia la emancipación de la nación (la campaña de Artigas, el desembarco de los Treinta y Tres Orientales, la Declaración de la Independencia de 1825...) no tenían como objetivo conseguir la independencia de la Banda Oriental, sino su anexión a la futura República Argentina de la que jamás debería haberse separado. Miremos un fragmento de la mal llamada declaratoria de la independencia uruguaya:

"La Honorable Sala de Representantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata, en virtud de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente reviste, para resolver y sancionar todo cuanto tienda á la felicidad de ella, declara: que su voto general, constante, solemne y decidido, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, á que siempre perteneció por los vínculos más sagrado que el mundo conoce. Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente:
Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida á las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer periodo de la regeneración política de dichas Provincias"
La fundación de Uruguay como estado independiente no fue producto de un largo proceso de lucha contra los Imperios español y portugués (esta lucha fue, en cualquier caso, para liberar a la Banda Oriental de dichos imperios e incorporarla al resto de la Argentina), sino que el Uruguay nació debido a una casualidad histórica: lo beneficiosa que resultaba su creación para los intereses británicos en la zona.

En todas las aulas de las escuelas públicas uruguayas hay un cuadro de Blanes en el que se ilustra a Artigas en las puertas de la muralla de Montevideo para inculcar a los infantes la importancia del Prócer en la independencia de la nación. Si vamos a la Historia verdadera, la que no es bonita pero es real, lo que debería haber en las aulas es un retrato de Lord Ponsomby, verdadero fundador del Uruguay. Es triste, porque Ponsomby, como se ve en la imagen de abajo, tiene poca pinta de uruguayo con la piel pálida, las mejillas sonrojadas y esas medallas militares que hasta es posible que no las haya robado sino ganado por méritos propios.

El Padre de la Patria Uruguaya, un inglés. Ni en mis peores pesadillas podría haber imaginado algo tan horrendo como esto.

Al igual que ocurre hoy en día en Cataluña, aunque el nacionalismo uruguayo no tenga mucho fundamento histórico (tuvo que crearse rápido y mal para que no pareciera que se trataba de un capricho inglés, y hoy en día se vertebra sobre algo tan trivial como el fútbol), lo cierto es que en la actualidad Uruguay constituye una nación con rasgos propios que, aún teniendo infinitud de similitudes con la Nación Argentina, se ha diferenciado como un ente social autónomo. En mi opinión, por todo lo que he dicho Uruguay debería unirse en confederación con el resto de provincias argentinas. Curiosamente, gracias a esas peculiaridades uruguayas que han nacido con el paso del tiempo, si llego a gritar eso en voz alta en el centro de Montevideo me faltaría cuerpo para encajar todos los navajazos que me lloverían por doquier. ¡Arriba Uruguay!

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El nacionalismo y sus especies.

El hombre es, como otros animales, un animal gregario, y esto es innegable. Los conjuntos humanos responden a diferentes estructuras en función del momento histórico, pero la aglomeración de individuos existe desde el origen de la especie, de lo cual se induce que, independientemente del trasfondo cultural (variable a través del tiempo), existe una necesidad biológica en la persona que la insta a juntarse con otras.

En tiempos del cazador-recolector, agruparse aumentaba las probabilidades de éxito en la búsqueda de alimento. Más tarde, una vez descubierta la agricultura, los hombres abandonaron el nomadismo y poco a poco fueron formando colectivos cada vez más grandes, al mismo tiempo que la complejidad de sus sociedades crecía con la especialización del trabajo y el intercambio de bienes materiales y culturales.

La relación entre el individuo y el grupo, su sociedad, varía en cada etapa histórica, como hemos dicho. Concuerdo plenamente con Marx en que esta relación es, sobre todo, económica: la manera en la que el individuo intercambia bienes con la sociedad y su posición en el proceso productivo es lo que más influye en la definición de su papel social, no sólo a nivel económico, también a nivel político y cultural. ¿Qué pasó respecto a esto a finales del S. XVIII?

Ocurrió, como muchas veces he contado ya, la victoria de la burguesía en su lucha de clases con la nobleza y el clero, poniendo patas arriba el orden social imperante. Las nuevas relaciones de producción, caracterizadas por la hegemonía del capitalista, el obsesivo aumento de la productividad y la proletarización de las masas, trajeron consigo toda una serie de nuevos valores sociales (se ve aquí la influencia de lo económico en lo cultural): el trabajo como algo que dignifica, la riqueza como signo de estatus social, el elogio del individualismo, etc. En lo que nos toca, trataremos una de estas nuevas ideas más a fondo: la nación y el nacionalismo. A partir de aquí, veamos los dos tipos de nacionalismo que existen.

El nacionalismo burgués.

Es el patriotismo de toda la vida, el de jurar la bandera, sacrificar la vida por ella y dar vivas a la Constitución. Dentro de la nación, según el nacionalismo burgués, se encuentran todos los individuos de una región histórica independientemente de su posición socioeconómica. Así, más allá de que seas un vagabundo que vive bajo un puente alimentándose del musgo que encuentra entre las piedras o un empresario industrial que esnifa polvo de oro, se asume que existe un vínculo trascendental entre los ciudadanos que "une sus destinos en lo universal" (palabras de Ortega y Gasset) por ser parte de la misma Patria,

Este tipo de nacionalismo es un método muy eficaz para controlar a las masas que hubo de crearse una vez que la Ilustración pareció dar la estocada mortal a la religión (el otro tradicional método de control social). Cuando se enaltece la Patria es siempre para convencer a la ciudadanía de que perpetre acciones que, lejos de beneficiar a ella misma, beneficia invariablemente a la burguesía de su país. Grandes ejemplos de esto son las guerras imperialistas actuales, donde cientos de miles de desgraciados van gustosos a morir al desierto creyendo defender a su nación cuando realmente defienden los intereses de multinacionales del petróleo que pretenden exprimir hasta la última gota de oro negro del país conquistado.  O los procesos independentistas de Cataluña, donde lo que de verdad intenta conseguirse es pasa el bastón de mando de una burguesía centralista española a otra separatista catalana, valiéndose esta última de la idiotez de las masas para conseguirlo.

¿Qué hace ese muerto de hambre empuñando un sable junto a un banquero? ¡Que le corte el cuello antes de que intente darle un préstamo!

El nacionalismo burgués es un nacionalismo alienante, es decir, que pervierte la realidad para conducir a los individuos a hacer cosas que no harían si realmente se preocuparan en proteger sus verdaderos intereses. ¿Por qué creo que esto es así? Porque la legitimación intelectual de este nacionalismo no se sostiene ante el contraste crítico con los hechos: lo que realmente justifica la unión nacional de las personas es que posean objetivos existenciales similares, y esto sólo es posible si su manera de subsistir (es decir, de ganarse la vida) responde al mismo esquema. ¿En qué se parece el modo de vida de un banquero que veranea todos los años en Cancún con el de un funcionario al que acaban de joder rebajándole el suelo y quitándole la paga extra? En nada. No puede justificarse el vínculo nacional entre toda la población si existe un sector de la misma que se descoyunta para poder comer y pagar las deudas y otro sector que vive la dolce vita tocándose las pelotas en un despacho. ¿Existe, pues, un nacionalismo legítimo? Sí, ya te lo explico.

El nacionalismo de clase.

El nacionalismo de clase considera que la Patria está integrada por ciudadanos que, además de compartir vínculos históricos y culturales, comparten un modo de vida caracterizado por las actividades económicas que deben realizar para subsistir. En este nacionalismo, pues, es un nacionalismo emancipador y no alienante, porque al defenderlo el ciudadano no está siendo manipulado para luchar por intereses ajenos, sino que defiende los suyos propios, al ser estos los mismos que tiene el resto de individuos de su nación.

El nacionalismo de clase aplicado a la clase trabajadora es importantísimo en su lucha de clases contra la burguesía, porque su asunción permite la adquisición de conciencia de clase, es decir, de conocimiento acerca de los verdaderos intereses que el trabajador debe defender para su beneficio y la identificación de la burguesía como colectivo que lo explota y parasita. Al adquirir conciencia de clase, el obrero se da cuenta de que comparte objetivos vitales con otros muchos sujetos y que es posible luchar todos juntos para aumentar las probabilidades de conseguirlos, como antes los cazadores-recolectores se agrupaban para aumentar las probabilidades de cazar un bisonte.

Volviendo al principio, es evidente que este nacionalismo de clase satisface de manera mucho más efectiva la necesidad de aglomeración social del hombre: la Patria de clase es un verdadero colectivo humano de individuos que no sólo comparten historia y cultura (que también), sino además la lucha común por la autonomía grupal y personal y la subsistencia, convirtiendo la nación en un sólido bloque de semejantes conscientes de serlo y satisfechos en sus necesidades de gregarismo.

Realmente el nacionalismo burgués es un nacionalismo de clase. Pero de clase burguesa, e intenta imponerse al resto de la sociedad.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La obsolescencia de la Revolución Social y cómo combatirla.

El tema es complejo y ha sido trabajado por historiadores y economistas mucho mejor preparados que yo, así que no diré nada nuevo al respecto. Marx erró en sus predicciones: el proletariado no se depauperó, la clase media creció en tamaño e importancia, la Revolución Social se dio en países no industrializados como Rusia, Vietnam o Cuba, etc. Los análisis al respecto tratan el asunto con una profundidad que está totalmente por encima de mis capacidades (sigo sin tener ni puta idea de economía); aún así, quiero escribir sobre un tema relacionado con el error de Marx: ahora que estamos en una situación completamente diferente a la del S. XIX y a la predicha por el alemán, ¿qué debe cambiar en el mensaje de los comunistas para guiar al pueblo hacia un régimen de Justicia Social?

La clase obrera ya no "arrastra".

Las palabras tienen un significado definido por dos aspectos: la denotación (el significado objetivo que aparece en el diccionario) y la connotación, que está constituida por el conjunto de matices que la cultura agrega a la palabra.

El término "clase obrera" posee connotaciones que lo alejan de los trabajadores actuales (el objetivo publicitario del comunismo). Clase obrera connota la miseria de los obreros de hace un siglo, la reivindicación y el sacrificio arcaicos de un sector comunista que, acertadamente, es visto por el pueblo como anticuado. Un miembro promedio de la actual clase media, con un nivel de vida que le permite gozar de pequeños lujos como smartphones, laptops y televisores de plasma no puede, en principio, identificarse con el término "clase obrera".

La palabra "trabajadores", por otra parte, tiene el mismo significado que el término anterior, pero sus connotaciones la acercan al pueblo del S. XXI. Trabajadora es la mayor parte de la población, desde el obrero industrial al oficinista, del técnico de FP al profesor de instituto. Trabajador es, en general,el que debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, ya que no dispone de un capital que le permita vivir de las rentas del mismo. Es decir, el trabajador actual de la clase media equivale al antiguo proletariado industrial del siglo XIX: ambos deben constituir el sustrato social que actúa como agente histórico trayendo la Revolución Social.

Esto está superado. No se le puede pedir a la sociedad actual que se identifique en esta imagen.

El discurso de la Libertad.

El liberalismo de la Ilustración, a pesar de ser la base ideológica del capitalismo, inspiró un aporte esencial a la humanidad: los Derechos Fundamentales. Es la asunción de lo recogido en la Carta Internacional de los Derechos Humanos lo que civiliza al hombre e inicia el camino de su emancipación. Detrás de estos derechos yace un concepto fundamental: el de la Libertad, entendida como la eliminación del dominio del hombre sobre el hombre y, teniendo en cuenta la Regla de Oro de la ética ("no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti"), el respeto al libre albedrío del individuo al conducir su vida. El anarquismo extiende el discurso de la Libertad hasta ciertos puntos con los que no concuerdo, aunque en general sus ideas al respecto también me parece interesantes.

Ahora bien, conciliar Derechos Fundamentales y Libertad con el socialismo puede parecer difícil para unas masas acostumbradas a la asociación mediática de los regímenes comunistas (URSS, Cuba, Venezuela, Corea del Norte...) con dictaduras. De hecho, esta imagen del comunismo que le otorga rasgos totalitarios intrínsecos a la dictadura del proletariado (democrática por definición) es uno de los principales demonios con los que la vanguardia comunista debe combatir en pos de ganarse de nuevo a la opinión pública.

¿Cómo conseguir esto? Es complicado, sobre todo porque el capitalismo permite una serie de derechos básicos inmediatos con los que se labra una imagen de defensor de las libertades individuales (obsérvese el caso de los EEUU, que se autoproclaman Paladín de la Democracia en el mundo). El movimiento revolucionario, pues, tiene dos objetivos respecto a este tema:

  1. Convencer de que los Derechos Fundamentales liberales son importantes y merecen respeto dentro del socialismo (el 15M, en este aspecto, lo está haciendo bastante bien), luchando contra esa concepción que totalitariza el marxismo.
  2. Señalar que el capitalismo es incompatible con la Libertad al asentarse sobre la explotación y el robo a los trabajadores por parte de una casta parasitaria que fundamenta su poder en la riqueza creada por el pueblo explotado.
Estados Unidos deshaciéndose de la Libertad y la Democracia que les sobra.

El discurso del progreso.

Probablemente debido a la crítica del consumismo capitalista (que no sólo no debe abandonarse, sino además potenciarse) se ha creado en la conciencia colectiva el prejuicio que incompatibiliza el progreso tecnológico con el comunismo. Esta idiotez se ve reforzada por la idea de que los grandes avances tecnológicos y científicos de nuestro tiempo son consecuencia de la economía de libre mercado, a lo que se suma el carácter anticuado y obsoleto que, como hemos dicho antes, la gente suele atribuir al régimen socialista.

Debe hacerse hincapié en que la tecnología y la ciencia, además de ser conjugables con el comunismo, son unas de sus fuerzas productivas e intelectuales, igual que en el sistema capitalista. No obstante, a diferencia de lo que ocurre en este último, la tecnología bajo el socialismo siempre se producirá de manera sostenible en lo ecológico y humana en lo social, es decir, sin explotación del medio ambiente para conseguir los recursos necesarios para la construcción de tecnología ni de trabajadores que, aprovechándose los patrones de las miserables condiciones laborales de sus países, trabajen durante jornadas maratonianas bajo un régimen pseudoesclavista a cambio de un sueldo de mierda.

La producción tecnológica, en resumen, se socializará, en tanto que se orientará a la consecución del bien común y la felicidad del individuo, y no al enriquecimiento privado de multinacionales y a la alienación de las masas. A través de la educación, al mismo tiempo, se enseñará al pueblo a hacer un uso crítico y responsable de la tecnología para que aprendan a valorarla en su justa medida y no se conviertan en descerebrados dependientes de la misma; esto nos lleva al siguiente y último punto...

La educación: la clave de todo.

La construcción del socialismo implica un cambio necesario de mentalidad y actitud que sólo es asimilable a través de la educación: el ciudadano debe, ante todo, mirar a la realidad desde un punto de vista crítico y autónomo, lúcido gracias a la cultura, que le impide caer bajo la influencia de falacias y baratijas, valorando lo que le rodea de manera acertada al comprender que la verdadera felicidad sólo se consigue a través de una ética cuyos dictados son el libre pensamiento crítico y el deber con uno mismo y hacia los demás, es decir, la edificación de una perspectiva vital independiente y reflexiva conjugada con la solidaridad y la empatía que colmarán las necesidades sociales que todo ser humano ha de satisfacer para autorrealizarse. En resumen: la paz consigo mismo y con el exterior a través del conocimiento que brinda la cultura.

Al hablar de educación nos referimos a la de las nuevas generaciones, pero también a la de los adultos, tanto la de aquellos alienados por la derecha como la de los alienados por la izquierda: el socialismo no es una secta ni una tribu urbana donde individuos sin personalidad se consagran a un dogma para darle sentido a sus vidas. La asunción de la Revolución Social como una necesidad moral no procede de una revelación divina, sino del análisis racional y crítico que, a la luz de los hechos, indica que se debe avanzar hacia un sistema donde la Justicia Social sea la norma, abandonando la realidad corrupta e infame que sufrimos actualmente.

Retrato de unos idiotas.

Incitemos a la gente a leer, a informarse, a criticar y a debatir sin adoctrinamientos. Enseñémosles, de hecho, a dudar de todo y a escuchar todas las campanas antes de formarse un opinión. La propia inercia del conocimiento los llevará al pensamiento revolucionario, pues cualquier mente lúcida acaba dándose cuenta de que el mundo actual es una puta mierda y debe ser modificado.

Conclusión.

Puede que las predicciones de Marx fueran erróneas, pero el materialismo histórico sigue siendo un método válido para analizar la realidad política, social y económica, tal como demuestra su acertada explicación de la mecánica de clases de nuestra sociedad. Esta vez no nos centremos, mejor, en asumir el carácter necesario de las predicciones marxistas, porque ya se ha visto que éstas tienen un valor probabilístico asociado al azar de la condición humana y pueden fallar, como de hecho ha ocurrido. En lugar de eso, estudiando el funcionamiento de la Historia, pongamos en marcha los mecanismo que sabemos que la fuerzan a ir hacia el régimen de Justicia, deber, Democracia y Solidaridad que deseamos para la humanidad.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La cuestión catalana (I).

Hablemos de la independencia de Cataluña. Creo indispensable conocer el trasfondo histórico español para comprender de dónde viene todo el problema, y eso intentaré exponer en este artículo (y en otros que vendrán). Muchísimos analfabetos están pegando gritos a diestra y siniestra sin tener ni puta idea de Historia, lo cual me parece un ejercicio de atrevida ignorancia que debería estar penado con azotes en público. La opinión que pretendo defender sobre el asunto se irá desarrollando a lo largo de una serie de publicaciones, pero la adelanto, resumida, ya: 
  1. Cataluña no era una nación ni antes ni después de la llegada de los borbones. 
  2. El secesionismo catalán fue un invento de la burguesía barcelonesa del S. XIX para arrebatar poder político de Madrid. 
  3. El nacionalismo es un instrumento de alienación de las clases media y baja. 
  4. El modelo ideal para España es la República Federal.


El origen del problema: Carlos II no debería haber nacido.

"GÑERF".

El 6 de noviembre de 1661 un chiste de la naturaleza fue dado a luz en el mundo. Carlos II, hijo de Felipe IV, nacía en Madrid despertando incómodas miradas entre las parteras que atendían a la reina consorte: aquel príncipe, heredero de la corona de Castilla, Aragón y todas las Españas y las Indias, era feo de cojones. Pero no era una fealdad normal, sino una fealdad producto de siglos de endogamia, de incesto programado por las dinastías europeas para sellar pactos; una fealdad cuyo origen genético también traía consigo toda una serie de síndromes y enfermedades a cuál más incapacitante para las tareas de gobierno que le estaban destinadas al joven Habsburgo. Leamos la descripción de Carlos II que hace un contemporáneo suyo:
El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia.
Resumiendo: Carlos II, además de feo, era retrasado mental. Como la naturaleza es sabia, también lo hizo estéril. Y entonces empezó el problema. Siendo que el rey moriría sin descendencia, se planteaba la crisis de la sucesión: ¿quién heredaría la corona de las Españas? No se trataba de un asunto baladí: el Imperio Español no abarcaba sólo los territorios de la Península Ibérica que tiene España en la actualidad, sino también Cerdeña, el Reino de las Dos Sicilias (la mitad sur de la Península Itálica y Sicilia), Flandes, todas las colonias españolas en América y en el Pacífico... Aquella dinastía que se llevara el Imperio Español obtendría un buen botín, ya que siendo tan grande el territorio en disputa la elección de uno u otro heredero podía modificar el equilibrio de poderes europeos del momento.

Los dos candidatos que tenían más probabilidades de heredar el trono español eran Felipe d'Anjou y el Archiduque Carlos de Austria. El primero era al que le correspondía la herencia de manera más legítima (los lazos de parentesco eran ligeramente más estrechos con Carlos II), pero al ser Borbón (dinastía reinante en Francia), si heredaba el Imperio Español los franceses ganarían muchísimo poder en Europa. El Archiduque Carlos, por otra parte, puede que no fuera el heredero más legítimo, pero era Habsburgo como el Rey de las Españas y su toma del poder no supondría un desequilibrio tan grande como el mencionado antes con Felipe porque estaba dispuesto a renunciar a sus derechos como heredero de la Monarquía Austríaca para conseguir los de la Española.

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Felipe d'Anjou, futuro Felipe V de España. El aspecto afeminado no es casual: no olvidemos que era francés.

Al final, Carlos II se decidió a dejar su Imperio en herencia a Felipe d'Anjou con la condición de que no fuera anexionado a los dominios de Francia, es decir, la Monarquía Hispánica habría de mantener su independencia. Felipe aceptó el trato y, con la muerte de Carlos II (tardó bastante en morirse a pesar de las taras de fábrica que traía) estalló una guerra en Europa, la conocida como la Guerra de Sucesión Española. En ella, unas monarquías apoyaron a Felipe y otras al Archiduque Carlos. Como era de esperar, Felipe recibió el apoyo de Francia, mientras que Carlos recibió la del resto de potencias europeas que temían una hegemonía francesa en el viejo continente: Austria, el Reino Unido, Prusia y el Sacro Imperio Romano-Germánico, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Portugal...

Por otra parte, dentro de España estalló una guerra civil entre los españoles partidarios de un bando u otro. El motivo que dividió a la población española fue, sobre todo, el tipo de Rey que se encontrarían al acabar la guerra, porque Felipe d'Anjou y el Archiduque Carlos defendían dos futuros muy diferentes para el Imperio Español. Para entender esto, tenemos que conocer qué modelo de estado constituía la España de entonces.

1469: ¿nacimiento de España? NO.

El 19 de octubre de 1469 dos reyes se casaron: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos. Para muchos facciosos analfabetos y otros ignorantes esta fecha marca el origen de España como estado-nación, lo cual es rotundamente falso. Primero, porque el concepto de nación no se crearía hasta tres siglos más tarde. Segundo, porque la unión dinástica supuso la coordinación de las políticas de ambas coronas, pero las dos mantuvieron todas sus instituciones, leyes y culturas propias. Para ilustrar esto, tengamos en cuenta que para moverse de un reino a otro había que pasar por una aduana en la frontera y que, al hacerlo, un castellano era considerado legalmente un extranjero en Aragón y viceversa. Las instituciones, por otra parte, también seguían diferentes modelos, y las leyes que las regulaban se encontraban recogidas en unos documentos jurídicos exclusivos de cada corona: los famosos fueros. Las lenguas de los funcionarios y la corte también eran diferentes: mientras que el catalán era la lengua que predominaba en la Corona de Aragón, el castellano cumplía la misma función en Castilla. Si Fernando de Aragón hubiera pagado a Colón en lugar de Isabel de Castilla, quizá hoy en día se hablaría catalán en toda Latinoamérica.

Esta situación de varios reinos, cada uno con sus leyes e instituciones bajo una única dinastía era la que aún existía a la muerte de Carlos II, el último Habsburgo que reinó en España. Ahora bien, como decíamos antes, Felipe d'Anjou y el Archiduque Carlos veían este modelo de imperio de diferente manera. Felipe d'Anjou, fiel a la tradición absolutista francesa, quería cargarse todas las particularidades regionales que pudieran existir en las coronas ibéricas y centralizar todo el poder unificando las dos coronas en un único reino, con un único cuerpo de leyes y con un solo modelo institucional. Pensemos que centralizando de tal manera el funcionamiento del estado Felipe ejercería de una forma mucho más eficaz su poder absoluto que teniendo que atender a diferentes legislaciones en función del territorio, o habiendo de responder y dar explicaciones ante instituciones como los primitivos parlamentos estamentales que existían en la Corona de Aragón. El Archiduque Carlos, por otra parte, prefería mantener el statu quo: se conservarían los fueros de los reinos españoles, asegurando la supervivencia del sistema en cada uno de ellos.

Todo esto se tradujo en que Felipe V, al tomar el poder en España, eliminó la validez de los fueros de la Corona de Aragón, asimilándola al modelo legal de la Corona de Castilla. A partir de entonces (año 1700) podemos hablar, por fin, de un Reino de España unificado bajo el funcionamiento de un modelo de gobierno común a todas sus partes. A las élites aragonesas esto no les hizo ni puta gracia, dado que la reforma de Felipe V les despojaba del poder del que hasta entonces gozaban. Esto es así hasta tal punto que algunos historiadores piensan que, en la práctica, la asunción de Felipe V supuso que la Corona de Castilla se anexionara la Corona de Aragón.

Así, como es lógico, en la Corona de Aragón no se aceptó a Felipe V como legítimo rey y abogó por el Archiduque Carlos, mientras lo contrario ocurría en Castilla. Al final, la Guerra de Sucesión Española fue ganada por Felipe V, lo que, además de iniciar una época de excelentes relaciones con Francia (era de esperar), también supuso importantes cesiones territoriales en el tratado de paz con las potencias enemigas (Tratado de Utretch, 1713). Pero para lo que nos toca, la principal consecuencia fueron los Decretos de Nueva Planta (redactados entre 1711 y 1715), que los independentistas catalanes actuales, en una muestra de suprema subnormalidad histórica, pretenden que el gobierno de Rajoy derogue. Estos decretos son los documentos legales que eliminan las instituciones y leyes de la Corona de Aragón (entre ellos, la antigua Generalitat de Cataluña, que volvería a nacer siglos después con la consecución de la autonomía). Así, el modelo centralista castellano, instrumento perfecto para la tiranía absoluta de Felipe V, se convierte en la norma en España.

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Batalla de Almansa, 1707. Importante derrota de los austracistas, que determinaría la pérdida de, entre otros, los fueros valencianos. 


La Guerra de Sucesión en Cataluña: "nos la pela, nen".

La falaz historiografía independentista catalana pretende presentar lo que acabo de contar como la trágica pérdida de independencia de una nación, pero tal interpretación es una idiotez. Como ya he dicho, el concepto de nación no nacería hasta tres siglos más tarde con las revoluciones burguesas. En el S. XVII, cuando ocurre la Guerra de Sucesión, el pueblo llano podía sentir algo de apego a la localidad donde vivía, su entorno inmediato, pero en general era indiferente a los grandes conflictos bélicos en donde se enfrentaban intereses que, ciertamente, les eran muy ajenos. Podían sufrir porque la tragedia de la guerra les hiciera perder a su familia o sus cosechas, pero no porque los altos señores feudales a los que no verían la cara en su vida dejaran de ser catalanes para pasar a ser castellanos. El concepto de nación sólo tiene sentido en un entorno en el que se puede hacer creer a la gente que se gobierna por su bien a través de unas instituciones  (ya sean éstas democráticas o dictatoriales). Es decir, la nación  es un conjunto de iguales unidos por vínculos históricos, sociales, culturales... que aspiran a gobernarse a sí mismos como pueblo consciente de serlo. En el modelo feudal, se tenía claro que la nobleza no gobernaba al resto de estamentos por el bien de estos, sino porque constituía una especie más perfecta de ser humano cuyo orden natural era el gobernar. Los campesinos tenían interiorizado que ellos no eran iguales en derechos a la nobleza. En un entorno como tal, difícilmente puede ser la pérdida de los fueros en Cataluña una derrota nacional sentida como tal por la población.

Es más, incluso aunque lo que pretenda defenderse sea la existencia de un estado totalmente independiente en Cataluña previo a la llegada de Felipe V, ello es discutible. El Principado de Cataluña no constituía un estado independiente, sino que, junto a otras regiones como Aragón o el Reino de Valencia conformaba la Corona de Aragón. Es innegable que la derogación de los fueros supuso una pérdida total de la autonomía que disfrutaba, pero antes de que ello ocurriera ya el devenir de la Corona de Aragón estaba ligado al de Castilla por ser ambas gobernados por el mismo monarca.  Por esto, quienes defienden que antes de Felipe V Cataluña era al resto de España lo mismo que pudiera serlo Francia o Inglaterra se equivocan.

¿Cataluña tenía sus propias instituciones? Cierto. ¿Cataluña tenía sus propias leyes? Cierto. ¿Cataluña disponía de su propia lengua? Cierto también. Ahora bien, Cataluña comparte con el resto de regiones españolas una serie de conexiones históricas y culturales que han existido durante siglos (cientos de años antes, incluso, de la Guerra de Sucesión) que, como hemos dicho antes, son el caldo de cultivo para una nación. Una nación integradora que, además de Cataluña, comprende al resto de España.

Niños bailando una sardana. España dejará de romperse cuando comprenda que esto es tan español como el flamenco.

lunes, 15 de octubre de 2012

La petite mort.

La guerra es la mejor escuela para el cirujano, dijo alguien en latín. Al menos en mi caso la cita se cumple no sólo para mi médica profesión, sino también para otros aspectos de la existencia, siendo la Revolución Nacional del 23 una escuela de la vida para mí, enseñándome más sobre la brutal condición humana que cualquier grueso tratado científico. En estos tiempos de paz que disfrutamos desde hace décadas gracias a la prudencia de nuestros gobernantes, a veces temo que las nuevas generaciones, habituadas a esa bestia mansa y enjaulada que es el hombre en sociedad, sean ignorantes de la verdadera naturaleza animal y depredadora que sale a la luz en tiempos de conflicto. Yo he sido testigo de la barbarie, y ya en el ocaso de mi vida quiero dejar constancia de ella para que los que están por venir la tengan muy presente a la hora de tomar decisiones importantes, ésas que determinan el devenir tanto de individuos como de naciones.

A la victoria republicana en la Batalla de Zaragoza le siguieron meses de incertidumbre. Lejos de asentar la República como una realidad firme e indiscutible, en esa época si bien la derrota absolutista fue un relevante impulso para la moral española, aún quedaban batallas por librar. En Zaragoza el Ejército Republicano aniquiló tres cuartas partes de los Hijos de San Luis, pero los quince mil supervivientes, aún dotados de capacidad operativa, se replegaron al sur de Francia para reorganizarse y golpear de nuevo. La concentración de tropas europeas fue especialmente intensa en el Rosellón, lo que dio a la República la oportunidad perfecta para recuperar el territorio cedido a Francia hacía casi dos siglos en el Tratado de los Pirineos. Así, las autoridades españolas ordenaron a nuestras fuerzas cruzar la frontera y acabar definitivamente con el enemigo allí, anexándonos la Cataluña Norte francesa en el proceso. De la campaña de reclutamiento resultante nació mi alistamiento al 3er Regimiento de Infantería de Línea "La Pepa" recién salido del Real Colegio de Cirujanos de Valencia.

Si tuviera que explicar por qué me alisté, diré que por la misma razón que en esa época motivó a muchos hacia la muerte: la estúpida idea de que la guerra era tal como la retrataban las novelas, es decir, como un romántico conflicto en el que valientes caballeros dispuestos a dar su vida con voluntariosa convicción y tenacidad protagonizan episodios frecuentes de emocionante heroísmo en pos de la defensa de la Patria y otros nobles ideales. Pronto todos comprendimos que la guerra tiene poco de idealismo, reinando en ella un pragmatismo frío y brutal que desprecia, si es necesario, las más básicas normas del honor.

No obstante, todos los rituales militares previos al combate parecen reforzar esas ilusiones literarias. A mi llegada al cuartel en la base de Gerona, donde se encontraba estacionado mi futuro regimiento, quedé deslumbrado por la disciplina, las formaciones, los uniformes y los cantos militares. Me encantaba verme a mí mismo desfilando con esos pantalones y levita azul de Prusia, con reveses de brillante dorado y bordes rojo sangre, charreteras y boina coloradas. Las miradas de admiración de los civiles al vernos marchar me inflaban el orgullo y la arrogancia, y cuando alguno de ellos reparaba en el brazalete argén que llevaba en el brazo derecho, aquél que me identificaba como cirujano del Ejército Republicano, sentía que ya podía darme por satisfecho en la vida: pocas sensaciones más sublimes que aquélla iba a sentir jamás, pensaba. 

La situación ante la batalla próxima era diferente a la de Zaragoza. Aquella vez una milicia inexperta y mal equipada se enfrentó a un ejército profesional, a personas exclusivamente entrenadas para la guerra. Entonces, esperando en la frontera norte de Cataluña para ser movilizados, seguíamos mal equipados, pero eran ya muchos quienes tenían experiencia de combate. Como un estudiante ávido de conocimiento escuchaba los relatos de antiguos obreros, banqueros y costureras que ahora ya eran valientes guerreros al servicio de la Nación e intentaba aprender de sus experiencias. Reuniéndose toda la 1ª División en La Junquera, muy cerca de la frontera con Francia, tuve oportunidad de hablar con otros cirujanos más experimentados que yo acerca de nuestra labor. Sus anécdotas de amputaciones, hemorragias y agonías en masa deberían haberme hecho sospechar que mi idílica visión de la guerra no se correspondía con la realidad, pero todo ello no hizo más que hacerme sentir importante ante el carácter vital del trabajo que los médicos allí desempeñábamos.

Tras unos días de espera, la operación comenzó. La 1ª División cruzaría la frontera y avanzaría hasta las cercanías de Perpiñán, donde se creía que se encontraba estacionado el enemigo. La 2ª División del Ejército Republicano, por otra parte, llevaba días marchando por territorio francés para rodear a los absolutistas por el norte, impidiendo la llegada de refuerzos y cortándoles el paso por si decidían huir. La marcha fue larga y dura. El fusil, las municiones de plomo, las botas de pólvora y la mochila cargada de lo indispensable sumaba alrededor de diez kilos. Yo, además, llevaba el instrumental quirúrgico: pinzas, escalpelos, tanzas de sutura, vendas, ungüentos...

Los campos nevados se extendían hasta el horizonte en las praderas francesas. Nuestra división marchaba como pequeños soldaditos de plomo en la majestuosidad argéntica de aquel paisaje. Flanqueados por los regimientos de caballería, la infantería formaba una gran columna de hombres vestidos de diferente manera según su regimiento. Los regimientos del Levante, en general, vestíamos uniformes azul oscuro con partes en dorado. Los de la Andalucía, lucían el verde con reveses en negro. Algunos regimientos leoneses iban de blanco con puños y charreteras rojas. Algo común a casi todos eran las boinas, características del ejército español tras la revolución. Así, una larga fila multicolor atravesaba el níveo paisaje.

El campo estaba sumergido en una densa neblina al amanecer, cuando nos encontrábamos a unos pocos kilómetros de la ciudad francesa. El cielo despejado no filtraba el sol, que incidía su luz sobre las pequeñas gotas de la niebla, el rocío del alba y el suelo nevado, haciéndonos marchar a través de un gran vacío blanco. Este paisaje fantasmal, pues, convertía los alrededores en un muro impenetrable a la vista más allá de unas decenas de metros.

Caminábamos en silencio, la mayoría aún medio dormidos, con los ojos cerrados y tropezando con las irregularidades del terreno. Los relinchos de los caballos y el crujido de las ruedas de los cañones eran los únicos sonidos diferentes al constante crepitar de nuestras botas contra la nieve. Por lo demás, un imperturbable silencio reinaba en aquel sitio. Un silencio que, por otra parte, parecía acentuar el frío contra el que nunca había tenido mucha resistencia. Yo apretaba la mandíbula con fuerza, no deseaba que mis camaradas me vieran tiritar y, ante la batalla a la que nos dirigíamos, tuvieran ideas equivocadas de mi valor. Pero se hacía difícil evitar temblar, incluso llevando puesto el grueso poncho de lana que había traído de casa: el rocío parecía atravesarlo como si fuera de papel. Mis manos pálidas y heladas se aferraban al fusil maldiciendo no poder abrigarse entre mis ropajes junto al resto del cuerpo.

No podíamos estar muy lejos de la ciudad. No mucho, al menos. Cuando desmontamos el campamento quedaban unas horas de viaje que la noche anterior los mandos habían decidido posponer hasta el día siguiente para llegar frescos a Perpiñán. Aunque más que el tiempo que tardaríamos en llegar, comenzaba a preocuparme el tiempo bajo el que tendríamos que combatir: el frío quizá desaparecería al entrar en calor con los primeros disparos, pero ¿cómo dispararíamos sin poder ver ni la punta de los mosquetes? Posar la vista sobre la niebla era contemplar extrañas siluetas y formas que despertaban nuestra inquietud. Lo que parecía un explorador enemigo sobre una colina se revelaba al acercarse como un simple árbol, y una línea erizada de bayonetas que se observaba a la distancia resultaba ser luego los limites vallados de un campo de cultivo. Intenté calmarme. Ellos no iban a arriesgarse a jugar al gato y al ratón entre la neblina: si nosotros no veíamos un pimiento, ellos tampoco. Todos los informes decían que nos esperarían en Perpiñán. No había razones para pensar lo contrario.

Y sin embargo, aún años después de aquel día me sigo preguntando si alguna de aquellas visiones a la distancia no sería, en efecto, algún explorador de los que delataron nuestra posición al enemigo.

Un estruendo recorrió el valle, y el ruido de los caballos, los cañones y las pisadas pareció silenciarse repentinamente. Horrendos zumbidos apagados, ese ruido característico de la bala al encontrar la carne, comenzaron a brotar a mi alrededor y decenas de hombres se desplomaron entre lamentos. Nuestro contingente respondió rápidamente con gritos y órdenes confusas. Una nueva estampida de fusiles precedió a una descarga que volvió a sembrar el campo de desgraciados. A mi izquierda, un fusilero se encogió y se llevó las manos al vientre, cayendo de rodillas con una expresión de incredulidad en el rostro. A unos metros al frente, dos disparos habían impactado sobre la cara de un artillero, convirtiéndosela en un amasijo de carne del que se proyectaban tentáculos de hueso, pelo y piel. Sus intentos de gritar hacían brotar burbujas de sangre de aquel horror. Caballos desbocados montados por jinetes muertos galopaban en todas direcciones, atropellando a quienes se interpusieran y pasando por encima de los moribundos. En tal situación, ver a los oficiales gritar órdenes con la pretensión de restaurar la disciplina resultaba casi ridículo. Los soldados corrían de un lado a otro buscando cobertura, a veces detrás de compañeros vivos. Pero los disparos habían provenido de todas direcciones, y la cantidad de heridos en el suelo era tan grande que tropezábamos con ellos o los pisábamos, sumando chillidos y gritos al alboroto. El desorden y la visibilidad tan pobre hacían imposible cualquier intento calmado de responder el fuego o protegerse de él.

Estando rodeado de heridos, no sabía dónde comenzar a hacer mi trabajo. En los entrenamientos solíamos arrastrar a un soldado que, con motivo de la instrucción, fingía haber sido alcanzado por los disparos. En teoría, debíamos elegir a los heridos por orden de rango, y luego moverlos hasta un sitio seguro, lejos del fuego enemigo, para poder intervenirle. Solíamos hacer las prácticas en campos de entrenamientos donde la infantería que nos disparaba eran líneas de maniquíes de madera, los árboles estaban estratégicamente colocados para cubrirnos de ellos y el paciente se dejaba mover dócilmente sin dar más que un par de gritos de dolor mal fingidos que a veces acababan en carcajada. En el campo de batalla comprendí que las cosas ocurrían de manera diferente. Para empezar, con aquella niebla todos los cuerpos tendidos eran igual de inidentificables. Me vi caminando entre ellos buscando un oficial mientras me desprendía de los brazos de los fusileros caídos que me rogaban ayuda: "¡sácame de aquí, hijo de puta, no me dejes!", "¡eres médico, cabrón, me voy a morir!". Tras vagar durante medio minuto encogiéndome ante las descargas del enemigo (las balas repicaban a mi alrededor, rematando a los moribundos y produciendo otros nuevos), encontré un sargento tendido boca arriba con los pantalones y el hombro manchados de sangre. Rápidamente le cogí de los correajes y comencé a arrastrarle, pero pronto comprendí que no tenía ni idea de hacia dónde me estaba moviendo. De hecho, me percaté entonces de que no estaba sobre la carretera por la que la división se desplazaba, de que no sabía dónde ésta estaba; ni siquiera sabía en qué dirección estaba España o Perpiñán. En los cinco o seis metros a mi alrededor que mi vista podía observar, sólo había un lecho uniforme de cuerpos que se retorcían. Miré de nuevo al sargento que tenía cogido y vi que tenía la vista fija en la nada. Lo zarandeé un poco y no reaccionó. El instinto de conservación comenzó a susurrarme al oído que soltara aquel cadáver, que me deshiciera de mi mochila para correr más rápido, que mandara a tomar por culo a los heridos (por los que poco podía hacerse en aquellas circunstancias) y huyera hacia cualquier sitio como un moro ante una bañera antes de que me pegaran un tiro.